Miércoles. 23.08.2017 |

Mai Saki refleja en sus fotos ‘El camino de la vergüenza’

Mai Saki refleja en sus fotos ‘El camino de la vergüenza’
Salamanca 24horas

La exposición permanecerá hasta el 18 de mayo en la Sala Unamuno, con imágenes del periplo de la artista por los campos de refugiados de Idomei, la isla de Lesbos o las fronteras de Macedonia

La Sala Unamuno acoge desde este viernes a las 18:00 horas hasta el 18 de mayo la exposición de fotografía ‘El camino de la vergüenza’ de Mai Saki. Podrá visitarse de lunes a jueves de 18:00 a 21:00 horas.

En términos meramente descriptivos, la exposición es una recopilación de 50 imágenes captadas por la cámara de la fotógrafa Mai Saki en su periplo por los campos de refugiados de Idomei, la isla de Lesbos o las fronteras de Macedonia. La muestra ha sido financiada mediante crowdfunding.

Hasta aquí llegaría una descripción formal. Pero esta exposición es mucho más, en ella subyace un objetivo mucho más ambicioso. Para Mai Saki, cada imagen es un grito de dolor, una voz que se revela contra la extrema crueldad de una experiencia que la ha marcado, y sobre la que ella misma confiesa que se sintió “sobrepasada” porque ni las palabras ni siquiera las imágenes alcanzan a describir el drama, apenas nos lo acercan algo más.

El frío en los campamentos es el que produce la incomprensión de los refugiados ante el rechazo y el desprecio de Europa. En Idomei, según afirma Mai Saki, “lo que llueve es desolación y vergüenza”, y el barro que pisan los refugiados es el que está enterrando los ideales europeos de solidaridad, humanidad y justicia.

Miles de personas chocan contra los alambres de espino, que son a la vez la venda que nos ponemos para que la tragedia no nos incomode. Pero, como ocurría en el ‘Ensayo sobre la ceguera’ de José Saramago, este no ver-no sentir hace aflorar lo peor de nosotros mismos, nos deshumaniza.

Eso es lo que quiere combatir Mai Saki. Reconoce que una imagen apenas alcanza a describir lo que ocurre, que cada fotografía solo es un instante en una vida rota, pero busca que al menos ese instante nos agite la conciencia, nos incomode y nos persiga para que no podamos dejar de reflexionar. Por eso sus imágenes son crudas, sin endulzar ni hacer concesiones, porque quiere hacernos ver que esas personas podríamos ser nosotros. Tenían su vida, sus sueños, y una guerra que ni entienden ni pueden parar lo quebró todo, hasta el punto de jugarse su vida y la de sus hijos por cruzar precariamente el mar. Entre la muerte segura y una mínima opción de supervivencia, optaron, como haríamos nosotros, por lo segundo.

Sin embargo, cuando alcanzan la orilla y les retorna la esperanza de que quizá un día podrán volver a tener una vida normal, les recibimos con muros y hacinamiento. Ahí se quiebra cualquier atisbo de ilusión, no pueden entender tanta incomprensión e iniquidad. Basta con ver la mirada de los niños para que nos preguntemos cómo hemos podido tolerar que se acumule tanta tristeza.

La muestra no pretende que conozcamos qué ocurre con los refugiados, sino que reflexionemos sobre qué nos está ocurriendo a nosotros, cómo podemos consentir lo que está pasando. A partir de esta exposición, nadie podrá decir que no actuó porque no sabía cuál era la situación de estas personas.

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