Ángel Rufino de Haro, El Mariquelo, repasa en una entrevista con SALAMANCA24HORAS, los veinticinco años de subida hasta el cupulín de la Catedra que cumple este lunes
Cuando Ángel Rufino de Haro nacía en Linares de Riofrío un 1 de septiembre de 1963, el destino le reservaba ya un lugar en la historia de Salamanca. Este singular tamborilero, de carácter abierto y afable conversación, retomó hace un cuarto de siglo la tradición de los mariquelos para subir a lo alto de la Catedral la víspera de Todos los Santos en recuerdo de que el terremoto de Lisboa en 1755, que también se percibió en la capital charra, no causara ninguna víctima. Veinticinco año después de su primera subida, la ilusión sigue intacta. Será a partir de las once horas de este 31 de octubre.
- Veinticinco años ya...
- Los aniversarios tienen un símbolo mágico. Nunca pensé que fuera a llegar a veinticinco años, ahí seguimos luchando por la vida.
- ¿Qué le impulsa a seguir subiendo a lo alto de la Catedral?
- El dar gracias a Dios por lo que tenemos y aunar las peticiones de la gente a través de mí. Doy ánimo a la gente y esperanza. Ya en días previos he dejado un pañuelo de la JMJ porque fue algo estupendo ver a tantos jóvenes ahora que vivimos un momento de crisis, también de valores, un consumismo desmesurado que nos ha llevado a esta situación. Hay que aspirar a nuevos ideales.
- ¿Qué piensa cuando va escalando?
- Estoy concentrado en por quién voy a pedir, este año por Joaquín de Reparauto, también por Javier Roda, y dos niños, Alexandra y Guillermo, por que salgan sanos y poderosos.
- Y al llegar arriba, ¿qué se le pasa por la cabeza?
- Verme arropado de tanta gente es algo que da mucha satisfacción. La sensación es indescriptible. Este año quiero también dedicar la subida a los toreros y el Campo Charro, y al colegio La Inmaculada de Armenteros, por el trabajo que hacen con los chavales.
- ¿Llegará algún momento en que lo deje?
- Tengo ilusión por otros veinticinco o treinta años más para llegar a las bodas de oro. Pero por encima de todo está la tradición. Las zancadillas, el sueño, el hambre, los malos ratos... son estimulantes para continuar.
- ¿Habrá sucesores?
- Alguno hay, pero al mirar para abajo se acojona. No es sólo subir, los jóvenes lo ven como un riesgo, pero hay que sentirlo, el dar gracias a Dios.
- Hablando de riesgo, ¿qué le diría a quienes piensan que hay algo de locura en esta tradición?
- Que estoy bien cuerdo y tengo los pies bien puestos en la tierra. Ya lo dice uno de mis lemas, que mi límite siempre es el cielo. Cuando subo siempre tengo tres puntos fijos de apoyo, la subida está controlada. Precisamente cuando me caí fue de un árbol, quince metros de altura, pero ese día volví a nacer.
- Los últimos años reclama que esta tradición se convierta en Fiesta de Interés Turístico Regional.
- Estamos en ello. Sería muy interesante conseguirlo, es ya un cuarto de siglo y eso es algo digno de mención, un tesoro inmaterial.
- ¿Alguna anécdota en estos veinticinco años?
- Muchísimas. Una vez la paloma se me escapó antes de llegar al cupulín, y dije, mira, qué prisa tiene en dar la paz. Otro año me dejé las gaitas en la veleta y tuve que volver a subir dos días después, cuando amainó el temporal. Son muchas cosas, por eso presento un nuevo disco en este veinticinco aniversario.
- Muchos años y muchos viajes también por todo el mundo. ¿Hay algún lugar donde no lo conozcan?
- He viajado por Egipto, Estados Unidos, Rusia, México, por muchas partes, siempre con mi traje. Me gusta hacer patria en todos los sitios y difundir la cultura salmantina. En Brasil recuerdo que encontré un taxista con una charrada y se quedaron alucinados. Me gusta transmitir la cultura charra allí donde voy.