Humanos a control remoto

Humanos a control remoto
La posibilidad de que los seres humanos podamos ser vigilados como quien vigila maquinaria industrial, es algo que al margen de lo increíble y macabro que pueda llegar a parecer, muchos creen alejado de los conceptos del cine y sí muy próximo a la realidad
 

La ciencia ficción se encargó a principios de los ochenta y de forma más intensa en la década de los noventa, de hacernos saber que quizás algunos poderes ocultos entre las sombras estén controlando cada paso, cada guiño que damos y cada una de las palabras que pronunciamos. La posibilidad de que los seres humanos podamos ser vigilados como quien vigila maquinaria industrial, es algo que al margen de lo increíble y macabro que pueda llegar a parecer, muchos creen alejado de los conceptos del cine y sí muy próximo a la realidad. ¿Conspiración o realidad?

Conozcamos primeramente que es un microchip y que utilidades puede tener. Se trata de una pastilla pequeña –algunos milímetros cuadrados de área- sobre la que se instalan diversos circuitos electrónicos que permiten diferentes niveles de conductividad. Aunque con anterioridad ya se trabajaba en sistemas de este tipo, no fue hasta 1959 cuando el ingeniero Jack Kilby desarrolla el primer circuito integrado. Se trataba de un dispositivo de germanio con seis transmisores integrados en una misma base semiconductora. Kilby fue galardonado con el Premio Nobel de Física en el año 2000 por su contribución al desarrollo de la tecnología. Los microchips están integrados en prácticamente todo lo que huele a electrónica y tecnología; grabadoras, consolas de videojuegos, aparatos reproductores de CD, MP3, etc. Los trenes, los aviones, los tanques de guerra, no se pueden concebir en la actualidad sin estos minúsculos circuitos que aunque se escapan a la vista de todos, pocos son los que ignoran su existencia.

En el ámbito científico hace ya muchos años que las investigaciones apuntan a la posibilidad de insertar estos pequeños dispositivos para controlar determinadas patologías. Son pocos los hospitales públicos o clínicas privadas en todo el mundo que han aplicado este tipo de técnicas. Recuerdo determinados titulares de prensa que adelantaban algunos de estos avances: “Un microchip diseñado por investigadores alemanes permite orientarse a personas ciegas”. “Dieciocho pacientes de diabetes implantados con el microchip RFID VeriMed en la Expo sobre diabetes en Atlanta”. “Microchips para portadores de VIH en Papúa (Indonesia)”. “La implantación de microchips en enfermos de alzheimer comienza en Florida”. Se ha implantado microchips para controlar las manías obsesivas en los enfermos de esta enfermedad. Con este implante se incorpora una bacteria de litio que envía una serie de impulsos a la zona del cerebro que lleva a estos enfermos a actuar de manera anómala. 

En España estamos a la vanguardia en este tipo de investigaciones y desde el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) no son pocos los avances que se hacen públicos y que se convierten en guía a seguir por otras instituciones científicas del mundo. Sirva como ejemplo el desarrollo de un prototipo de microchip que detecta y aísla las células tumorales presentes en muestras sanguíneas. Su futura utilidad pasa por mejorar el diagnóstico temprano del cáncer y por limar los tratamientos para recortar el grado de agresividad de éstos. Se trata de un chip algo más pequeño que una moneda de euro y que consta de un canal en el que se sitúa la muestra de sangre. Con ultrasonidos se detecta la presencia o no de células tumorales. Nadie discute las posibilidades que estos minúsculos dispositivos aplicados por la ciencia ortodoxa, pueden ofrecer. Pero no podemos dar la espalda al desarrollo de esta tecnología con fines militares o incluso aplicados a fines más sombríos e incógnitos.

Los primeros implantes cerebrales fueron insertados quirúrgicamente en 1974 en Estocolmo, Suecia y en Ohio, EE.UU., aunque ya se conocen experimentos anteriores, concretamente en 1946, cuando se insertaron electrodos cerebrales en cráneos de bebés sin el conocimiento y consentimiento de sus padres. Se utilizaron métodos para el control de la mente con el objeto de modificar las actitudes humanas y su conducta. La posibilidad de controlar la mente humana se convirtió en un fin necesario para los ejércitos y los grandes servicios de inteligencia. En la actualidad su tamaño permite ser implantado en el cuello o en la espalda, y también a través de las vías venosas mediante una intervención de cirugía. 

Sirva como ejemplo lo que sucedió en Suecia en 1973, cuando el Primer Ministro Olof Palme autorizó el implante a prisioneros, algo que ha quedado constatado en el informe estatal sueco 1972/47 (SOU). Quizá entremos directamente en lo conspiranoico, parece inevitable que pueda parecerlo cuando menos, porque a pesar de que son variados los estudios que avalan esta posibilidad, nos cuesta mucho asimilar que podemos estar controlados, sin ni siquiera ser conscientes de ello. Pero vallamos más allá y entremos en los detalles. Las personas implantadas, y siempre según el planteamiento más conspiranoico, pueden ser rastreadas durante las 24 horas del día. Sus funciones pueden ser seguidas a distancia mediante ordenadores e incluso se las puede alterar con un simple cambio de frecuencia. Serían los enfermos mentales, ancianos, niños en edad escolar y otros grupos considerados potencialmente accesibles, los que a priori sirven de cobaya para la experimentación en este campo. 

Algunos científicos se han atrevido a alzar la voz en este sentido, como es el caso del doctor Carl Sanders, el inventor del biochip, quien denuncia como en la Guerra de Vietnam se inyectaron chips en los soldados para conseguir aumentar el flujo de adrenalina en el torrente sanguíneo.

Actualmente, con microchips de 5 micromilímetros colocados en el nervio óptico del ojo, se pueden tomar neuroimpulsos desde el cerebro (olores, imágenes, voces), guardarlos en un ordenador y proyectarlo nuevamente al cerebro de la persona induciéndole a sufrir visiones, mareos, alucinaciones severas, etc. Indudablemente si damos credibilidad a estos planteamientos, estaríamos hablando de una forma de guerra electrónica, pudiendo crear no solo una merma entre la población civil y militar de un territorio enemigo, sino la creación de lo que podríamos denominar el soldado cibernético perfecto. 

Me llamó poderosamente la atención hace unos años, una información que apuntaba hacia lo que más o menos denominaban como polvo inteligente. Estaríamos hablando del desarrollo de de redes de sensores de un tamaño muy inferior a la cabeza de un fósforo conocidas como “smart specks”, o “motas”, y que serían desplegadas sobre el territorio enemigo para que a tiempo real, transmitan datos sobre los movimientos de tropas, plataformas nucleares, información química, etc. Estamos hablando de partículas electrónicas que pueden ser transportadas por el viento como grandes corrientes de polvo, pero con las que se puede establecer comunicación y ordenar volar en una u otra formación. ¿Increíble, verdad? 

Vayamos un poco más allá, demos una nueva vuelta de tuerca. Desde 1980 aproximadamente, y siempre atendiendo a los postulados de la conspiración, la estimulación electrónica del cerebro ha sido secretamente empleada para controlar personas sin su conocimiento, a pesar de que en otros muchos casos la autorización del individuo sí que existe. Los acuerdos internacionales sobre derechos humanos prohíbe la manipulación de los seres humanos, a pesar de lo cual, han ido apareciendo casos demostrados de personas que al tener que pasar por un quirófano por cuestiones médicas ordinarias, han sido informados por el cirujano sobre la presencia de un cuerpo extraño en el interior de su cuerpo, microchips que han estado implantados en su organismo sin que el paciente lo supiese y por supuesto, sin conocer la finalidad de este dispositivo. ¿En qué momento podemos ser víctimas de estos implantes? 

Al parecer determinados gobiernos o agencias secretas introducen los microchips en determinados individuos anónimos de la población, para aplicar sobre ellos infinidad de test del comportamiento sobre el terreno, programando incluso a individuos-zombis para que cometan crímenes y no recuerden nada inmediatamente después, algo a lo que se podría llamar guerra silenciosa. El método empleado sería el siguiente: se selecciona a la persona previo estudio psicológico y del comportamiento, se aprovecha su necesidad de asistir a un médico (análisis de sangre, dentista, revisión ordinaria) para implantarle el microchip sin que se percate de ello, y a partir de ese momento comenzaría el sistema de seguimiento integral del individuo. 

¿Debemos imaginar un futuro en el que se implante a los empleados de una empresa un microchip para controlar su productividad, hijos a control remoto para saber dónde andan y a qué horas, mascotas controladas para que hagan sus cacas en la calle y no en casa…? Como siempre, y no está de más decirlo, toca apelar al buen uso de los avances de la ciencia, aunque en este particular caso las evidencias claman al cielo. Mientras los grandes poderes armamentísticos del planeta financien estos adelantos, será inevitable que su aplicación se haga de forma paralela y sombría en algún tipo de conflicto bélico de mayor o menor escala. ¡Que el microchip nos coja confesados!

 

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