El sueño templado de Javier Castaño

El sueño templado de Javier Castaño
El domingo a las siete de la tarde se enfrentará a su compromiso más importante en lo que va de temporada. 

Bajo la sombra que presta la inconfundible pared de ladrillo de la Glorieta, espera Javier Castaño, amparado por su hermano Damián y Alexis Sendín, a que le abran las puertas del lugar en el que sueña el toreo cada mañana. El sol no da tregua, él tampoco, son las diez y media de la mañana y ansía coger los trastos como si fuera un chaval. Una vez dentro, su mirada se fija en los distintos rincones de la plaza mientras se sienta en un burladero del callejón para atendernos, de fondo, su hermano con la muleta, él, a dos días de torear en Madrid.

El miedo con el que hemos aprendido a convivir los toreros es necesario ante una cita como Madrid. 

La Glorieta, donde entrena cada mañana, es su segunda casa, o primera, confiesa que pasa allí mucho tiempo, compaginándolo también con el campo, que le da la tranquilidad y preparación que necesita un torero. Un cúmulo de sensaciones se agolpan por ahora en la mente de Castaño: ganas, ilusión, miedo… “Voy con la máxima ilusión y responsabilidad, pero estoy muy confiado por el momento en el que me encuentro”. Reconoce que cada día, la cita de Madrid se acerca más rápido, se intensifican los entrenamientos y su cuerpo lo nota, “ese miedo que sentimos los toreros, y con el que hemos aprendido a vivir es necesario, y todavía más en una cita como Madrid”.  

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Viendo a Ginés Marín salir por la Puerta Grande, le dije a mi hija, mira,  por ahí me gustaría salir a mí. 

Sobre si su faena soñada es en Madrid, mira hacia arriba, reflexiona y carraspea. “La faena soñada puede ser en cualquier sitio, hasta en el campo, si se juntaran todos los factores en Madrid sería lo ideal, Madrid es un sueño que tengo pendiente”. Cuando salió Ginés Marín por la Puerta Grande de las Ventas, Javier lo estaba viendo por televisión con su hija, a la que le dijo: “mira hija, por ahí me gustaría salir a mí”. Ella, lógicamente, lo miró extrañada, “sabe que el domingo torea su padre, pero no sabe dónde ni lo importante que es para mí”.  

Castaño ya conoce la gloria de salir en volandas a la calle Alcalá, en el 2000 triunfó en Madrid cortando dos orejas a un novillo de El Torreón, “el triunfo es tan bonito como efímero, hay que disfrutar del camino hasta que llegan los éxitos”. ¿Podría Javier Castaño quedarse con tres ingredientes para triunfar en Madrid? Un suspiro que da paso a la respuesta segura, “lo principal es la suerte, el querer y tener la mente despejada para que pueda fluir el toreo como fluye en el campo”.

Madrid huele a miedo, a responsabilidad, a ilusión...

No le da miedo el siete de Madrid, pero reconoce que es importante, “Madrid es muy exigente, pero cuando consigues que todos se pongan de acuerdo, el ‘bieeen’ es inigualable. Madrid da siempre si vas entregado y dispuesto, incluso sin triunfo tangible con orejas”. ¿A qué huele Madrid? Sonríe, “Madrid…”, piensa unos segundos y los olores surgen rápidamente: “a miedo, responsabilidad, ilusión, no sabría explicarlo, pero ninguna otra plaza los tiene”. Un olor inconfundible, como la embestida y la mirada de los toros de Cuadri, ganadería que conoce de sobra, “sé cómo son sus toros, he tenido grandes faenas con esta ganadería, el ganadero y yo confiamos en la corrida”.

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Madrid es muy importante para todos los toreros, también lo es para Castaño y la tarde del domingo marcará el devenir de su temporada. Su apoderado está tan seguro como él mismo, “mi apoderado confía en mí, ver la ilusión que tiene me transmite mucho”. De fondo se escucha a su hermano Damián, que está entrando a matar… ¿Habláis de Madrid? “Con mi hermano estoy todos los días, sabe de sobra lo que es ir a Madrid. Damián, desea poder confirmar pronto, “hay que tener confianza”, dice Javier, quién de nuevo repite que lo importante es luchar y disfrutar del camino.

Antes de torear trato de distraerme y de no pensar en lo que va a pasar a las siete de la tarde, es importante que la corrida no te desgaste.

El sábado se irá a Madrid para estar tranquilo en el hotel, donde confiesa que el domingo se despertará pronto y no habrá lugar para la siesta después de comer, “tengo compañeros que duermen hasta tarde e incluso se echan la siesta, pero yo no puedo”. Cuando se vista de luces, lo acompañarán su mozo de espadas, algún amigo y su gente más cercana. La espera hasta que llegue la hora de montarse en la furgoneta, la mata con paseos, idas y venidas por los pasillos del hotel, entrando y saliendo de la habitación, “trato de distraerme y no pensar mucho en lo que va a pasar a la siete de la tarde, es importante que no te desgaste la corrida”.

Obligándole a que se imagine la celebración de su triunfo, de nuevo un carraspeo y un “puf” muy natural, “la Puerta Grande de novillero no la disfruté como disfrutaría esta, no sé cómo la celebraría, pero estoy seguro de que con mi gente y una paz interior tremenda”. Solo faltan los tres ingredientes para que Javier consiga su sueño, su sueño templado... El querer y la mente despejada ya están, ahora, falta la suerte. 

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