25 años manteniendo viva a pie de calle la tradición del barquillero

25 años manteniendo viva a pie de calle la tradición del barquillero

Se llama barquillero a aquella persona que vende barquillos, unos dulces de masa de trigo horneados sin levadura y endulzados con azúcar y miel. Fueron muy populares en el siglo XIX y a comienzos del siglo XX en las calles de muchas ciudades, como en Salamanca, donde hasta hace no mucho era muy común encontrárselo por la Plaza Mayor. 

Este oficio ambulante ha ido cayendo en el olvido poco a poco, pero todavía no se ha perdido del todo. Ahora, en Semana Santa, los salmantinos tienen la oportunidad de conocerlo ya que al inicio del recorrido de las procesiones aprovecha para vender su producto al estilo que marca la tradición.

Habitualmente, los barquilleros llevan sus cestas con barquillos y una ruleta en la que los compradores pueden tentar a la suerte. El juego, desde tiempos, consistía en dar vueltas a una ruleta que apuntaba a diferentes números. Si había varios participantes, el que sacaba la cifra menor era el que pagaba todos los barquillos. Si era una sola persona, pagaba unas monedas y tenía derecho a llevarse un barquillo en cada jugada salvo cuando caía en la casilla del clavo perdiendo todo lo ganado.

Guillermo Crespo es el barquillero de Salamanca y protagoniza este domingo una nueva entrega de historias de la calle. Heredó el oficio de su suegro, a quien recuerda cargado con la cesta y la ruleta. Él, hoy, continúa la tradición y está dispuesto a seguir así muchos años más. Y es que ya son veinticinco años recorriendo a pie las calles de la ciudad para mantener viva la tradición del barquillero.

“Me gusta dedicarme a esto. Heredé el oficio de mi suegro. Es una ayuda para vivir y ha cambiado mucho. La fórmula de elaborar los barquillos, aunque es centenaria, ahora sigue un proceso en el que intervienen las máquinas y ya no es artesanal como antes que se hacía a leña y carbón”. Pareciendo permanecer en el anonimato el resto del año, asegura permanecer siempre en la ciudad. “Estoy en diferentes épocas del año, a diario en la Plaza Mayor y en el barrio antiguo. Aprovecho la salida de las procesiones de Semana Santa porque es donde más gente hay”, asegura mostrándose convencido que así continuará muchos años más: a pie de calle cargado con la cesta y la ruleta.

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