El día en que un guarda y un marqués derrotaron a la Montaña

El día en que un guarda y un marqués derrotaron a la Montaña

«El instinto de triunfo, de la conquista, se apoderó de nosotros; subíamos con ansia, no reparábamos en peligros, y no nos decíamos una palabra; todo sonreía a nuestra ambición desmedida; y cuando el embudo se abrió y la vertical empezó a dejar de serlo yo me desaté de la cuerda, que abandoné al Cainejo, pasé a éste y saltando, loco, ebrio de placer y de entusiasmo, entoné al llegar a la cumbre el más formidable ¡hurra! que di en los días de mi vida. Era la una y cuarto de la tarde».

La una y cuarto de la tarde del 5 de agosto de 1.904 cuando el marqués de Villaviciosa, Pedro Pidal y Bernaldo de Quirós, y Gregorio Pérez Demaría, 'El Cainejo', derrotaron al mito ascendiendo el Naranjo de Bulnes, siendo los primeros en poner un pie en el también denominado Pico Urriellu, en una aventura sin precedentes que pasó a la historia del alpinismo español. Con las palabras anteriores lo dejó escrito el noble que se había tomado la 'conquista' del Naranjo como un reto para evitar que la gloria fuera a parar para algún escalador extranjero.

Lo hizo con la inestimable ayuda de un personaje de la localidad leonesa Caín, que por su procedencia pasó a la historia como 'El Cainejo' pero que en el pueblo todos nombraban acertadamente como 'El Atreviu', con aquel deje bable tan propio también de la vertiente leonesa de los imponentes Picos de Europa. También él fue convertido racias a aquella gesta en un mito, aún muy recordado cuando se cumplen hoy 102 años, que conmemoramos con el gráfico.

Don Pedro era sin duda un apasionado de la montaña y del deporte. Aparece como creador del Parque Nacional de Covadonga, fue diputado y senador vitalicio e incluso aparece como el primer medallista olímpico español en la modalidad de tiro, aunque aquella modalidad fuera entonces oficiosa. Y entre sus muchas fijaciones destacó una: ser el primer humano en llegar a la cima del Naranjo.

El marqués tenía 34 años cuando, tras haber adquirido en Gran Bretaña la major cuerda del mercado y haberse entrenado en otros altos europeos, acudió al macizo que era su obsesión en busca de un experto local que le ayudara en su empeño, entonces poco menos que suicida, dados los pírricos medios de que disponían. Y ahí aparece en escena El Cainejo, un pastor al que sin embargo le costó convencer, porque no terminaba de entender a sus 51 años y con sus cinco hijos a santo de qué había que subir al peligroso Picu.

Aquel 4 de agosto salieron. Gregorio llevaba sus eternas madreñas, aunque la ascensión la hizo descalzo al parecer, y un burro para cargar todo lo necesario. Al marqués le delataba ir montado a caballo y hasta llevó cámara de fotos y todo, aunque no hay constancia de imágenes de aquella histórica subida.

Al afrontar la vertical más complicada, según recordó por escrito años después Don pedro, "El Cainejo tomo la delantera, lo más difícil, y yo seguí de cerca, poniendo los pies y las manos donde él había puesto los suyos, y así fuimos trepando un buen pedazo. A veces mi compañero no alcanzaba el saliente a que agarrarse, y entonces mi cabeza primero y mi puño cerrado después eran a modo de escabeles de un encumbramiento que no tenía nada de retórico. Una vez en firme, sus buenos puños, tirando de la cuerda, contrarrestaban el efecto de la gravedad de mi persona".

"No mirábamos abajo por no impresionarnos, por no distraernos del único objetivo y porque los cinco sentidos nos eran sumamente precisos. Pero cuando,a hurtadillas, lancé una vez la vista por debajo de mi... no vi nada; estábamos en plena niebla en la nube. Feliz casualidd, que nos borraba el peligro, si no de la realida, al menos de su visión, un tanto incómoda", sigue relatando.

Una vez arriba, todo fueron sentimientos enormes. "El paisaje que divisábamos no era otro que el corazón de los Picos de Europa, visto en medio de ellos: glaciares, neveros, peñascales, torres, tiros, agujas, desfilaeros, vertientes, pedrizas, pozos, rebecos empingorotados en alguna punta, o manadas de ellos paciendo a nuestros pies en el valle desierto, en la hoya profunda, en el hoyo inmenso, tranquilo, solitario; algunos picos perdiéndose en las nubes, rebasándolas otros, y en todas partes el abismo, el precipicio, encarcelándose en aquella roca encantada que había sido virgen por los siglos".

También se atribuyen estas palabras al Cainejo: "Soltamos la cuerda y la dejamos atrás, y llegamos a la cumbre, nos asentamos sobre unas piedras un poquito, que subiamos cansaos. Sacó D. Pedro los antiojos y empieza a mirar a todos laos, porque como la niebla estaba baja, echa una vega, se veía la mar de tierra y rebecos en aquella torre, en aquel pico, en aquel nevero, en aquel hoyo, en aquella verdiana, paciendo, ¡qué gusto encontrarse a aquella altura y donde nadie había pisado! Tomamos unos caramelos por la mucha sed que teníamos y nos pusimos a trabajar para dejar a la vista pruebas de la verdad; nos pusimos a hacer en la parte más dominante una pilastra cada uno...".

Pasado el momento álgido, hubo que pensar en el descenso, si cabe más peligroso aún que la subida. Pero después de mucho porfiar y mucho arriesgarse, ambos aventureros, noble y pastor, comenzaron la bajada. Tras varias horas desorientados, el marqués recordó después que "eran las siete y media, empezaba a oscurecer, y yo a pasar un mal rato, cuando resonó la voz de Gregorio: ¡Don Pedro, ya pareció la llambrialina!. Se había orientado por el estiércol de un vencejo de montaña que vio a la subida. ¡Qué hombre!".

Cainejo lo recuerda así: "Determiné bajar por otro lao, don Pedro no quería; más valía lo malo conocido que lo bueno por conocer y tenía razón. Seguí por allí y desorientamos. Dejé a D. Pedro asentado, y empiezo a registrar por aquí y por allí, encontré una cagada de un pájaro que la vi por la mañana cuando fui y volví, bajé un poco más abajo y me encuentro con la llambrialina». Y Pidal: "Aquí puede decirse que terminaron nuestras penas. La Llambrialina, después de lo pasado y atados, la atravesamos como si tal cosa. No lejos estaban los morrales. Cuando llegamos a ellos, un chorizo cogido a escape y comido andando nos llevó a la fuente de la mañana, que medio agotamos. La noche cerrada nos cogió a la entrada de la canal de Camburero. Nos perdimos de nuevo, dimos voces a los pastores y tan sólo contestaron las piedras que desprendían los robezos, a quienes habíamos despertado. Comprendimos que estábamos aún muy altos, bajamos más y más por entre infames peñascales. Una voz honda y lejana respondió por fin a las nuestras. Los pastores nos habían oído. A las once de la noche entramos en sus cabañas. Era el 5 de agosto de 1904".

Hubo un último, simbólico, gesto de agradecimiento, que recuerda El Cainejo a su modo: "Besemos la cuerda, por ser la que nos ayudó a subir y bajar". Lo demás, es historia.

Gregorio Pérez murió el 9 de julio de 1913. Despeñado, no podía ser de otra manera, a nadie le extrañó, aunque lo fuera por culpa de haber sido atacado por un castrón del rebaño que cuidaba. Dejó estirpe escaladora: Una nieta suya, María Pérez, fue a sus 18 años la primera mujer en hacer cumbre en el Naranjo siguiendo los pasos del abuelo. Lo consiguió el 31 de julio de 1935. Y sólo un año más tarde otra nieta suya, Teofila Gao, marcó la gesta de ser la persona de menor edad en ascender hasta la bumbre del Picu a sus 15 año.

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