De la venta ambulante a refrescar a salmantinos y turistas

De la venta ambulante a refrescar a salmantinos y turistas

La llegada de los meses de verano y el buen tiempo trae consigo a la ciudad una nueva configuración de empleos y negocios que sirven para el alivio y el refresco de los salmantinos. Es el caso de las casetas o kioscos que pueblan la calle desde el mes de abril hasta aproximadamente septiembre, que principalmente se centran en la venta de helados y refrescos mientras los vecinos disfrutan de un agradable paseo bajo el sol o los turistas mientras se quedan prendados de la monumentalidad charra.

Hace años más habituales, a día de hoy solo quedan tres: uno en la parte alta de la calle Zamora, otro en el Parque de la Alamedilla y otro en la calle Azafranal junto a la Plaza Santa Eulalia justo frente a la ya extinta y popular librería Cervantes. Este último es el que regenta Sebastián Calvo, natural de la Sierra de Francia y dedicado toda una vida a la venta ambulante. Ha conseguido hacer de la calle su modo y forma de vida, desde que vendía libros casi prohibidos y difíciles de conseguir, también litografías, en el Metro de Madrid y en el rastro charro. O por los numerosos pueblos de la provincia con su inseparable furgoneta hasta hace unos meses. Hoy con algún que otro problema de salud, ya piensa en su jubilación y a quién dejar su pequeño puesto de helados (le gustaría que fuera alguna persona necesitada de la mano del Padre Emiliano Tapia).

“Siempre estuve en la venta ambulante y dormía donde podía, a veces en la propia furgoneta o en pensiones. Daba igual que fuera invierno o verano, por lo que la calle no es nueva para mí. He recorrido las romerías de muchos pueblos de España”. El inconveniente, en el kiosco en el que trabaja actualmente, la falta de espacio. No de aburrimiento, pues se encuentra en una zona céntrica de paso donde paran muchos salmantinos y turistas. Sobre todo da servicio a estos últimos, ya que ha hecho también de su negocio una pequeña oficina de turismo con planos de la ciudad y con tarjetas de los sitios más recomendados donde poder comer, tapear o tomar unas copas.

“La gente a veces no es consciente de que esto es un trabajo duro”, comenta mientras recuerdas las horas y horas que pasa al día. “Estamos teniendo un tiempo un poco regular y esta semana ha habido una tarde que solo he vendido una botella de agua de un euro desde las cinco y media hasta las nueve y cuarto”. “Los helados son el reclamo, aunque de donde más se saca es de la venta de refrescos”. Pero con todo, asegura que es una ayuda muy importante para vivir y que para muchos es un complemento a otros trabajos pese a los gastos de suministros que también conlleva. Como con el puesto de castañas que también tuvo en alquiler durante cuatro años. Acostumbrado a una vida de calle, todavía no sabe lo que le deparará ésta después de jubilado, aunque imagina que más tranquila. No obstante, aclara, seguirá siendo en parte su forma de vivir como ha sido siempre.

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