Un verano buscando la felicidad de los demás

Un verano buscando la felicidad de los demás

El verano es tiempo para descansar cuerpo y mente. También para los profesores de las universidades que durante el curso deben hacer frente a altas cargas de trabajo buscando que el futuro sea lo mejor posible para sus alumnos. Y cada uno decide cómo afrontar estos meses de vacaciones.

La profesora y decana de la Facultad de Filosofía de la Universidad Pontificia Rosa Herrera lleva ya tiempo dedicándolo a ayudar a los demás. Ella misma cuenta en una entrevista a la UPSA que fue en 1993 cuando descubrió su otra vocación más allá de enseñar. Fue en Albania, a la que acudió como voluntaria en el Proyecto Esperanza en el que, a partir del 2000, se ha dedicado a mejorar la vida de niños con discapacidad en el mismo país, en la frontera con Montenegro. 

Para Rosa Herrera esto es ya una parte más de su vida que le aporta algo que no sabe ni contar. Para empezar, consigue alejarse de la rutina de su vida cotidiana y “al mismo tiempo contribuye a darle sentido”, afirma. Unas vacaciones, las llama, a pesar del arduo trabajo que debe acometer porque está muy lejos “de las cosas que me ocupan y preocupan a lo largo del año”. Un trabajo, eso sí, que está más que reconocido con el amor que los propios chicos aportan. 

“No se me ocurre ninguna forma mejor de pasar las vacaciones y sí sentiría que me quitan algo si por alguna circunstancia no pudiera ir algún año”, asevera Herrera, que recomienda el voluntariado a todos. “El hecho de trabajar lejos de nuestro ambiente habitual dedicándonos a acompañar y cuidar a gente que nos necesita, es una experiencia que, al poner a prueba nuestra capacidad de compartir, nuestra capacidad de renuncia, de tolerancia a lo diferente, nos ayuda a conocernos mejor y a madurar”.

Al igual que lo hacen los niños y niñas que participan en el campamento, que dan tantos momentos complicados y alegrías. Cuenta Rosa Herrera alguna circunstancia que le ha tocado vivir como “una niña que no habla nada y creemos que no puede hacerlo y de repente canta una canción popular albanesa con una voz maravillosa; o alguien a quien no le dábamos pinturas porque pensábamos que no haría nada y hace unos dibujos increíbles”.

Lo anterior es solo parte de un todo mucho más grande que empieza con los reencuentros entre todos después de que no verse en un año, y que continúan con “las misas de los domingos y sus intervenciones espontáneas que resultan un tanto pintorescas y… tantos momentos complicados que siempre terminan bien”.

 

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