“No hay ausencia de identidad, sino una relación poco conflictiva e interdependiente entre lo local, lo provincial, lo castellano y lo español”

“No hay ausencia de identidad, sino una relación poco conflictiva e interdependiente entre lo local, lo provincial, lo castellano y lo español”

-¿Tienen los salmantinos sentimiento o identidad castellana?

-La respuesta corta es sí, pero antes conviene aclarar dos cosas. La primera es que la identidad no es más que un instrumento por el que las personas en sociedad ordenan cognitivamente la realidad y le dan un sentido de tal forma que se expliquen a ellas mismas y a los demás. Por lo tanto, dados la enorme complejidad de la realidad y los diversos tipos de interacción social que producen y necesitan identidades, los individuos siempre tenemos muchas y de diverso tipo (nación, región, ciudad, género, clase, orientación sexual, raza, ideología, afiliaciones deportivas, prácticas de ocio, etc.). Con frecuencia, las definimos de manera variable y se desarrollan conflictos entre ellas, pero no necesariamente.  La segunda cosa es que, como las identidades siempre conservan una dimensión social, tienen una relación problemática con los estereotipos y con lo que otros nos han atribuido como parte del proceso de construcción de sus propias identidades.  Por eso, no es raro que a veces se confunda lo que alguien cree que es con lo que los otros dicen que ese alguien es, ignorando completamente cómo el interesado se define.

Dicho esto, hay que decir que en Salamanca la identidad local y provincial ha sido tradicionalmente fortísima. Los estudios sobre el siglo XIX revelan un patriotismo local (de la ciudad) y una recurrencia a la provincia, sobre todo desde que se crean las provincias como las conocemos hoy en día en 1833. Sin embargo, también se observa una continua e intensa apelación a Castilla como referente identitario. Las manifestaciones de identidad de las que disponemos sugieren que los salmantinos de la época contemporánea se sentían profundamente castellanos, sobre todo en un sentido cultural. El sentimiento de pertenencia está claro, pero parece observarse una tendencia, confirmada en el siglo XX, hacia el recelo a que alguna provincia pretendiera la hegemonía sobre el conjunto de las provincias castellanas (que en su versión actual podría ser el profundo rechazo y continua irritación hacia lo que se percibe como neocentralismo vallisoletano). El sentido político del regionalismo castellano de la segunda mitad del siglo XIX no parece estar tan extendido como una identificación con una idea de lo castellano de fronteras imprecisas que además se engranó desde muy pronto con la construcción de la nación española. Autores como Mariano Esteban, Antonio Morales o Juan Andrés Blanco publicaron desde hace tiempo trabajos sobre la identificación de España con Castilla y de la impronta castellanista en ciertas versiones de nacionalismo español. Respecto al leonesismo que pueda haber en Salamanca, tengo que decir que yo en el siglo XIX todas las identificaciones que he encontrado han sido con Castilla y que en el siglo XX, su fuerza ha sido exigua, por no decir significativamente inexistente, con independencia de las construcciones que se hayan montado desde León.

Lo que se da en Salamanca no es una ausencia de identidad, sino una relación poco conflictiva e interdependiente entre lo local, lo provincial, lo castellano y lo español; eso sí, con muchas más implicaciones culturales que políticas.

-Habitualmente se afirma que carecen de dicha identidad y comparan a los castellanos y leoneses a los habitantes de otras comunidades como puede ser la asturiana o la andaluza, ¿cuál es el motivo?

-Desde mi punto de vista, por supuesto sujeto a debate, se produce por dos motivos, que tienen que ver con las dinámicas de construcción nacional y descentralización territorial que tienen lugar en España desde la transición. Primero porque la identificación con lo castellano es fuerte en las mesetas centrales, pero los límites imprecisos, los disensos internos y la forma abierta con la que se creó el Estado de las Autonomías, donde se desató una dinámica en la que el esgrimir políticamente una “identidad diferenciada” daba réditos concretos, hicieron que la comunidad autónoma de Castilla y León no pudiera capitalizar una asociación directa y única con “lo castellano”. Esto sí lo hicieron mucho mejor desde Asturias y Andalucía, por no hablar de los nacionalistas catalanes y vascos.

El segundo motivo es que las identidades en Castilla nunca han sido especialmente conflictivas, lo que no quiere decir que no hayan existido. Lo que ocurre es que su grado de politización, esto es, la medida en que la existencia de población con esa identidad se asocia a un territorio y a unas exigencias específicas de administración o de ordenación del poder, ha sido comparativamente menor que en otros lugares. Así, es mucho más fácil convencer de la singularidad propia diciendo “los castellanos no tienen identidad y nosotros sí”. Sin embargo, cualquier estudio serio verá la enorme diversidad y a la vez recurrencia de lo castellano como elemento común en la mayoría del territorio de ambas mesetas.

-¿En qué medida puede influir la dispersión geográfica en la identidad regionalista?

-La escasez de población y la dispersión de la misma no solo influyen en las producciones culturales. También pueden dificultar la densidad del tejido asociativo, apuntalar prácticas de sociedades rurales y fragmentar las relaciones y comunicaciones. Creo que no me equivoco si digo que la mayoría de los individuos con identidad castellana no son regionalistas, pero que gran parte de los rasgos en los que se reconocen tendrían una dimensión política diferente si en lugar de 2,5 millones para 90.000 kms2 hubiera 7,5 millones.

También es necesario recordar que Castilla, desde el propio sistema de Antiguo Régimen, nunca ha tenido un centro estable aceptado por todas las partes. La escasez de población, el enorme territorio, en su mayoría plano y de clima duro, así como la concepción policéntrica del espacio político castellano creo que también han marcado sus procesos identitarios.

-¿Cree que para los salmantinos y también para el resto de los habitantes de la Comunidad tiene un significado especial el 23 de abril?

-Creo que hay que admitir que el día de Villalar, como conmemoración oficial de la comunidad autónoma de Castilla y León, ha tenido y tiene una efectividad muy limitada, si bien todavía consigue despertar en ciertos sectores de la izquierda el papel que el mito de los comuneros tenía para el liberalismo del siglo XIX como defensores de las libertades (comuneros de los que, hemos de recordar, sus tres líderes canónicos eran de Atienza, Salamanca y Toledo).

Sin embargo, tengo que decir que tampoco es una tradición inventada a última hora porque los comuneros aparecen en los textos de castellanos como marca de identidad desde el propio siglo XVI. Por supuesto, las identidades castellanas de aquel momento no eran las mismas que las que se puedan tener hoy en día. No obstante, para aquellos que se sientan castellanos, salmantinos incluidos, los comuneros forman parte de ese “capital simbólico” de innegable fuerza cultural pero de fragmentada traducción política que podría simplificarse bajo la denominación de Castilla.

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