El teatro Liceo cumple diez años desde su restauración, recuperando el esplendor que albergó desde su nacimiento hace ya más de siglo y medio. Antonio Hernández fue testigo de gran parte de su evolución, trabajando durante más de cuarenta años como tramoyista, un oficio de tradición que heredó de su padre, también gran amante del teatro.
 
Fue en 1955 cuando empezó de ayudante de cabina, limpiando aparatos y engrasando, empalmando películas y cuidando que no se incendiasen, pues eran inflamables. “Se veía cómo se había hecho la censura”, recuerda de aquella época de enlaces, corta y pega a mano con acetona y estar pendiente de que no hubiera interrupciones. “En verano nos poníamos a cuarenta grados, porque el proyector no era automático, había que hacerlo todo manual, no como ahora, que una misma máquina lo hace todo”, recuerda. Porque el Liceo alternaba el mejor teatro con los últimos estrenos de cine. 
 
Al mismo tiempo, se encargaba de coordinar el montaje de cada escenario en las obras de teatro, revistas y zarzuelas. “Clavábamos hasta ocho kilos de punta por obra, siempre llevábamos encima un cinto con un martillo y bolsas de puntas”, viendo cómo se pasó del papel a la tela, con un vanguardista Arturo Fernández, cuya compañía fue la primera en emplear los nuevos sistemas de montaje. “Ahora el escenario se basa en la luz, con cien o doscientos focos, antes había decorados reales, se construían puertas y escaleras. Es un trabajo que no veía nadie, pero fundamental”. En 1975 su padre se jubiló y él quedó al cargo, trabajando hasta el cierre del local en 1992. 
 
El salón de Antonio Hernández es un auténtico museo sobre la historia del teatro Liceo. Documentos y viejas entradas atestiguan la evolución del teatro en Salamanca, auténticos tesoros dignos de estar en las mejores salas de exposiciones. Fotografías y documentos desde su nacimiento hasta el cierre en los años noventa. Desde un Liceo vanguardista, donde también se impartían enseñanzas, hasta la decadencia del edificio. Desde los primeros años del franquismo y la censura hasta la transformación en cine, pasando por la época dorada de la revista y los grandes montajes. Toda una vida entre bambalinas con fotografías de la madre de Fernando Fernán Gómez, Carmen Carbonell, José Isbert o Imperio Argentina, fotos de los primeros años del Liceo, obras estrenadas en 1921, documentos de la censura franquista, facturas de pago a actores, hasta facturas de dulces en una escena. “Antes se comía de verdad en las obras”, bromea.
 
Testigo de la evolución artística
 
Por eso, Antonio es uno de los mejores testigos de la evolución artística del teatro en Salamanca, visto entre bambalinas. Amante del trabajo de Rafael Ribelles, considera ahora “el actor está más preparado, hay escuelas, tienen más medios, salen actores cada dos por tres, pero antes se veía la esencia del trabajo. Había gente como José Sazatornil que llegaba al teatro a primera hora de la mañana y mientras nosotros montábamos él estaba con la máquina de escribir, corrigiendo cosas y añadiendo detalles”.
 
Con el cierre del Teatro Liceo en los años noventa, entonces cine, Antonio sintió que perdía un trozo de su ser, porque el gusanillo del teatro no sólo recorre a quienes están en el escenario, sino también a quienes, desde sus engranajes, propician que la función continúe. “El teatro se te mete ahí y ya no... es algo fuera de lo normal”. 
 
Dicen que la vida es como el teatro, unos pocos son actores y la mayoría son espectadores que juzgan y critican a los que viven. Antonio Hernández  es protagonista del devenir de un arte donde el telón jamás se baja, una enciclopedia repleta de sabiduría que no debe quedar en el baúl del camerino.

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