El callejero salmantino es una muestra de cómo la tradición oral puede acabar transformando una realidad. Recientemente se ha demostrado con la calle Adela Lastra, una mujer que jamás existió en Salamanca, sino que el nombre era Arroyo de la Lastra, acotado por A. de la Lastra para que entrara en la placa de la calle y posteriormente reconvertido al error mencionado. Algo parecido ocurre con la histórica calle de la Compañía. ¿Qué compañía? Se preguntan muchos viandantes al atravesarla.

Flanqueada por el Palacio de Monterrey y la Casa de las Conchas, fue originariamente la vía de San Catalina, debido a la ermita que se encontraba en sus dominios. Pero a finales del siglo XVI llega a Salamanca la Compañía de Jesús, promoviendo la construcción de lo que hoy es la Clerecía y la Universidad Pontificia sobre un solar de 20.000 metros cuadrados en el que se derribaron antiguas casas para levantar el nuevo edificio durante 133 años que duraron las obras.

Tal fue el poder que alcanzaron los jesuitas que incluso quisieron comprar la Casa de las Conchas, ofreciendo una onza de oro por cada una de las piezas de la fachada. Hasta que en 1767 se ordena la expulsión de los jesuitas de España. En su recuerdo, queda el nombre de la calle de la Compañía, uno de los epicentros de la Semana Santa salmantina, pues por su pedregosa pendiente transcurren la mayoría de las procesiones.

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