El ahorro en la cesta de la compra y los formatos familiares junto con la vuelta a una alimentación más tradicional, se imponen ante la bajada del poder adquisitivo de la población europea. Esta tendencia, en crecimiento constante desde 2008, ha obligado a las grandes compañías de alimentos a replantear sus estrategias de mercado sobre la marcha. En palabras de Javier Morán, socio de Food Consulting y gran conocedor del sector a nivel mundial, los consumidores ya no buscan productos nuevos, funcionales o con un valor añadido, sino aquellos que les reporten un beneficio inmediato.
 
Según ha destacado, los ejemplos más claros son los alimentos que contienen fibra o facilitan la digestión (que mantienen su nivel de ventas) frente a los que prometen una bajada del colesterol o efectos anti-envejecimiento, que han entrado en franca recesión. Otro hecho a tener en cuenta es que en 2012, el 92 por ciento de los consumidores compra al menos una marca blanca. De ahí que muchas de las grandes marcas hayan tenido que empezar a producir líneas blancas para satisfacer esa demanda, reduciendo la producción de sus productos Premium o de capricho, por los que el consumidor medio ya no está dispuesto a pagar un considerable incremento de precio.
 
A juicio de los empresarios reunidos, las tendencias en alimentación para los próximos años son la funcionalidad (si el producto cumple lo que promete, se vende), la naturalidad (regreso a los alimentos naturalmente funcionales como frutas y verduras), el aporte de energía, los que cuiden la salud digestiva y los que ayudan a controlar el peso (especialmente los saciantes).
 
Retroceso en la innovación alimentaria
 
Excepto en los países emergentes, donde se está aumentando el consumo de alimentos más exclusivos o con valores añadidos, la tendencia que tendrán que seguir las empresas en Europa y Estados Unidos es la de recuperar viejos conceptos (como los aportes nutricionales de vitaminas y minerales) ahora que los fondos para investigación han descendido vertiginosamente. Éste es otro aspecto preocupante para un sector que durante los últimos 20 años había crecido impulsado en gran parte por la I+D+i: el retroceso en la innovación alimentaria es grande y, de momento, no se ve que tenga fecha de caducidad.
 
En palabras de Alfonso Jiménez, presidente ejecutivo de Cascajares, “esto ya no es una crisis, es un cambio de modelo, de paradigma y de negocio, y las empresas que sobrevivirán serán aquellas que consigan adaptarse cuanto antes”. Como parte de esa adaptación, los empresarios coinciden en que sólo podrá hacerse mediante dos vías: diversificación e internacionalización. Frente a la caída de los consumos interiores, las ventas en otros mercados (Oriente Medio y Asia) son la garantía de permanencia.
 
Frente a un panorama cambiante, el ánimo para la I+D+i en el sector agroalimentario llega, en el caso europeo, de la provisión de fondos previstos por la Comisión Europea de cara a los próximos siete años (el llamado Horizonte 2020). Nada menos que 80.000 millones de euros (4.000 de ellos sólo para el sector alimentario) destinará Europa para que sus países miembros inviertan en investigación e innovación. Unos fondos que servirán para ayudar a las empresas a adaptarse a esta nueva realidad.

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