La autora colombiana Carmen Cortés Torres, ha presentado hoy el libro que parte de su tesis, una serie de estudios sobre la inmigración ligada a la prostitución en su país. Esto la ha llevado a “Detesto que me digan puta”, una biografía que conforma seis dramáticas historias reales, de seis mujeres colombianas que emigraron para entrar en el mundo de la prostitución. Uno de los testimonios da nombre al libro, con una frase contundente y sin tapujos, que refleja perfectamente el sentimiento de humillación y dolor que han sufrido estas mujeres debido a su condición.

Mañana, 29 de octubre, se expone a las 19:30 el libro, en el Salón de Grados de la Facultad de Derecho de la Universidad de Salamanca. En el acto participarán la concejala de Familia e Igualdad de Oportunidades, Cristina Klimowitz; la catedrática y directora del Máster y Doctorado de Estudios Interdisciplinares de Género de la Universidad de Salamanca, Ángela Figueruelo Burrieza; la profesora y doctora en Sociología de la Universidad de Salamanca, Soledad Murillo de Vega; la autora del libro, Carmen Cortés; la directora de la tesis, Irene Martínez; y la presidenta de la Asociación de Ayuda a la Mujer “Plaza Mayor”, Ascensión Iglesias. La violencia de género tiene especial relevancia en este libro, como colchón de la idea principal.

Las investigaciones realizadas por la autora tuvieron lugar entre el 2004 y el 2008, años en los que habló con las protagonistas y profundizó en su ambiente estudiando también a sus familias. Sus vidas son dramas hechos realidad, luchas continuas, fruto de una cultura cruel con la mujer e indiferente ante la realidad de la prostitución. La mayoría de ellas dejaron su casa muy jóvenes, y empezaron a prostituirse en España con 17 años aproximadamente. Muchas quedaron embarazadas mientras estaban allí, otras, tuvieron que dejar a sus hijos en Colombia.

Pero todas comparten un aspecto común: lo hicieron para poder mantener a sus familias. “No tienes proyecto personal, sólo un proyecto familiar”, ha explicado Carmen Cortés, alegando que sólo viven para sus padres e hijos. “Muchas ganaban mucho dinero, y aun así enviaban todo a sus familias, en tres meses les compran una casa en Colombia, esa era la mayor ambición de todas. Y ellas en cambio sólo se compraban lo más básico, apenas compraban ropa, y era de segunda mano”, ha dicho, poniendo a una de ellas como ejemplo.

Lo escalofriante de estas historias es comprobar que el instinto protector de una madre se quiebra con facilidad, dejando al desnudo una simple costumbre cultural. Las madres de estas chicas inmigrantes no sólo sabían lo que sus hijas hacían en España, sino que las exigían hacerlo. Una de ellas mantenía desde la lejanía y desde su profesión, no sólo a su madre, sino al marido de su madre. Sus hijas sólo comían gracias al dinero que ella enviaba. La mayoría de estas luchadoras han sufrido abusos sexuales de pequeñas.

“En Colombia es muy común, si no lo hacía su padre, lo haría el señor de al lado, o cualquier otro”. Las niñas sufren este tipo de vejaciones desde pequeñas, y casi todas comparten también un padre alcohólico en su pasado, que maltrataba a su madre. Las abuelas de las protagonistas también las convencían de que prostituirse era una buena idea: “Dios no condena la prostitución, le parece bien, sólo lo condena si te olvidas de tu familia”, le decía una abuela a su nieta, destinada a la profesión. La madre de una de ellas, ha asegurado Carmen Cortés, incluso se paseaba emperifollada con buena ropa y joyas, pilotando la moto Honda último modelo del mercado, mientras su nieta, que sufría abusos sexuales, iba hecha un desastre.

Todo esto, mientras una madre se prostituía en España para poder pagar los caprichos a su madre, que ni siquiera se preocupaba de la pequeña que esta inmigrante había tenido que dejar allí. “Una de ellas no quería prostituirse, así que ganaba menos que la mayoría, por eso se metió a pasar algo de droga y estuvo en la cárcel. Su madre le decía que si no ganaba tanto y no se prostituía era porque era una perezosa y una floja”, ha declarado la autora. Aunque la mayoría de estas heroínas aseguran que desprecian la prostitución, algunas han recobrado la dignidad, y lo ven de una forma más positiva, como su profesión.

Sin embargo, todas coinciden en que si sus hijas algún día descubrieran a lo que se dedican o han tenido que dedicarse para sacarlas adelante, se morirían de vergüenza, y que si quisieran seguir su ejemplo, lo dejarían, y jamás les permitirían entrar en un mundo tan doloroso. Pagar la carrera de su hija, mantener a la familia, huir de maridos que las encerraban, pegaban y humillaban…todas tenían motivos. Se sacrificaron por sus seres queridos, en la mayoría de las ocasiones, familiares egoístas, anclados en una cultura violenta con la mujer.  

Lo más sorprendente para ellas, encontrarse en España, un país más evolucionado que el suyo en este aspecto, con el mismo tipo de hombres que en Colombia las denigraban. “Es lo más bajo que puede hacer una mujer”, declaró una de las protagonistas, que ahora se gana la vida limpiando, y que insiste en que jamás volverá a sumirse en aquel mundo de miseria. Por desgracia, Carmen Cortés confiesa que el panorama actual en cuanto a inmigración y prostitución no ha mejorado en absoluto. “Si acaso, la crisis ha hecho que empeore”. 

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