Hay personas que sin ser salmantinas pasan a la historia de la capital del Tormes por su labor altruista. Así se reconoce en el callejero, dejando constancia de que un día hombres y mujeres anónimos sellaron su pasaporte hacia la eternidad mediante la solidaridad hacia sus conciudadanos. Con el paso de las décadas, las nuevas generaciones se preguntan, ¿quién sería? Una de estas personas es Doña Gonzala Santana.
 
Entre la calle Varillas y la plaza de San Julián se encuentra una vía que anteriormente, como muchas otras, se denominó Nueva. Hasta que hace menos de un siglo comenzara a recordar a quien naciera en la localidad vallisoletana de Alaejos y pronto quedara huérfana. Pero recibió una importante herencia, por lo que la niña se convirtió en una guapa y rica joven a la que se empezó a conocer como ‘la pollita de oro’, dada su condición de soltería, su altanería y sobre todo su extenso patrimonio.
 
Todo lo que tenía de soberbia, Gonzala Santana lo derrochaba en generosidad. Así, creó unas becas de estudio para niños de familias humildes, a quienes desde entonces se conocería como los ‘gonzaleros’. A lo largo de su vida también fue mecenas cultural y monumental, en un tiempo en que el patrimonio histórico se apolillaba y derrumbaba con el paso de los años.
 

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