Un año más Ángel Rufino, El Mariquelo ha subido hasta la cúpula de la Catedral. La cita se preparó con expectación desde las 9:00 de la mañana con una salida desde el Arrabal por el Puente Romano. A las 10:30 turistas y salmantinos se reunían en la Plaza Mayor para verle a lomos de su caballo con el tamboril junto con un grupo folklórico, con instrumentos y trajes tradicionales, que le acompañó en su pasacalles por la calle la Rúa hasta llegar a la plaza de Anaya.

En esta vigesimoséptima subida hasta la cúpula (desde 2009 se redujo la subida, que llegaba hasta la veleta, por motivos de seguridad), lanzó un mensaje de solidaridad para la lucha contra el cáncer de mama, el alzheimer y sobre todo para Proyecto Hombre, "que está pasando unos momentos difíciles". De hecho, estuvo acompañado por su alma mater, Manuel Muíños. Antes de ascender, hubo en la plaza de Anaya un concierto con su grupo Two Folk, en el que se conjunta el tamboril de Ángel Rufino de Haro, el violín de Sergio Fuentes y el acordeón de Juan Francisco Aránega con una particular versión de clásicos musicales. Posteriormente se celebra un paseo en barca por el río Tormes para reivindicar su importancia en la ciudad, "hay otros sitios donde el río está integrado y en Salamanca parece que separa barrios".
 
El Mariquelo dice no tener miedo a las condiciones meteorológicas, pues para él pesa más la tradición que ya lleva realizando durante más de un cuarto de siglo. De forma optimista se enfrentó un año más a la subida. En otras ocasiones ya ascendió en días de lluvia los más de 110 metros sin seguridad y con el tamboril a cuestas. En esta vigesimosexta subida se soltaron 120 palomas desde la cúpula, pues desde 2009 se redujo la subida, que llegaba hasta la veleta, por motivos de seguridad. Una vez arriba, Ángel Rufino de Haro ha recordado cómo recuperó la tradición, manifestando que le gustaría seguir hasta las bodas de oro y que fuera declarada Fiesta de Interés Turístico Regional. Un reconocimiento de prestigio para un ascenso que todavía asombra a propios y extraños aunque lo hayan visto en anteriores ocasiones.
 
Si alguien que conoce bien no sólo los rincones de la Catedral Nueva, que celebra el quinto centenario desde el inicio de su construcción, sus entrañas, sino también las partes más recónditas allá donde sólo los señores del aire osan posar, ése es El Mariquelo. “Es una vivencia increíble, dominar la Catedral es aunar la ilusión, el esfuerzo y el amor a este monumento. Es algo que va más allá del sentimiento”, explica. “Son quinientos años, que se dice pronto, por eso subir cada año a lo alto de la Catedral es algo único e inconmensurable, poder pedir por amigos y enfermos desde allí arriba”.
 
En la soledad de las alturas, pero con la compañía del apoyo de miles de personas, “se percibe la inmensidad de esta ciudad, la maravillosa Plaza Mayor, la Peña de Francia, el río Tormes, no se puede describir con palabras, hay que estar allá arriba”. Un sentimiento que intenta transmitir en cada uno de sus viajes a través del mundo, difundiendo la cultura charra. “He tocado rock and roll en Estados Unidos y rancheras en México con la gaita y el tamboril”, bromea. 

Origen de la tradición

 
El Mariquelo era originariamente el miembro de una familia, los Mariquelos, que debía subir cada año a la torre de la Catedral Nueva de Salamanca, en agradecimiento a Dios porque el terremoto de Lisboa de 1755 apenas había dañado el edificio. Fue el 31 de octubre de aquel año cuando se registró un fuerte seísmo en las costas del Cabo de San Vicente con una magnitud en torno a 9 en la escala de Richter y provocó un tsunami que afectó a buena parte de Europa Occidental y el norte de África. 
 
En Salamanca se dejaron sentir los efectos del terremoto y la población, asustada, se refugió en la recién construida Catedral Nueva, finalizada en 1733. Sobrevivieron, quedando la torre ligeramente inclinada. Por eso, en conmemoración de aquel día, el Cabildo catedralicio de Salamanca estableció que todos los 31 de octubre subiera alguien a la torre para tocar las campanas, para dar gracias a Dios y pedir que el terrible suceso no se repitiera.
 
El último mariquelo de la familia fue don Fabian Mesonero Plaza, que dejó de subir al cimbalillo en 1977. Sin embargo, en 1985, Ángel Rufino de Haro rescató el rito hasta la actualidad. Ataviado con el traje charro, sube hasta la bola que se alza en el punto más alto de la torre, y una vez allí, toca una charrada con la gaita y el tamboril.

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