Hubo un tiempo en que la histórica Salamanca era un enrevesado laberinto. La cuadrangular disposición urbanística romana, con amplios espacios configurados para las relaciones sociales, fue dando paso a pequeñas casas levantadas sin orden ni concierto. Una situación que tardó siglos en corregirse, hasta dar forma a las actuales arterias y plazas del casco antiguo charro. Uno de estos espacios surgidos a partir de aquel enjambre es el Patio de Escuelas de la Universidad.

A mitad de la calle Libreros se abre uno de los lugares más conocidos de la ciudad, dejando percibir la belleza y singularidad de la fachada histórica de las Escuelas Mayores, y con su continuidad en el patio de Escuelas Menores que sirvió de inspiración para otros en conventos y monasterios. Espacios donde la tradición y los historiadores ubican el pretorio romano, primero, y el palacio del repoblador Raimundo de Borgoña, después.

Hacia el siglo XV aquellas edificaciones eran sólo un mero recuerdo. Los judíos habían dominado el barrio hasta su expulsión de la Península Ibérica. Por aquel entonces era la callejuela del hospital de Santo Tomás, levemente ampliada posteriormente para convertirse ya en calle. La de Las Cadenas se denominaba popularmente, pues encadenaba el Hospital del Estudio con los primeros edificios de la institución académica. Durante el siglo posterior la calle fue ensanchándose hasta adquirir el carácter de patiecillo, donde había casi medio centenar de casas y doscientos vecinos.

En esta pequeña comunidad se apilaban libreros, encuadernadores, impresores, estamperos, todos aquellos oficios relacionados con la Universidad, así como sastres y zapateros que vestían a estudiantes y profesores. No fue hasta comienzos del siglo XVII cuando se proyecta adquirir todas aquellas casas para derribarlas y dejar descubierta una amplia plaza para así poder contemplarse en su totalidad la fachada plateresca. No fue fácil comprar aquellas viviendas, en algunos casos pagando hasta medio millón de maravedíes, e incluso llegando en cierto modo a la expropiación. Y, como si en Salamanca la historia se encargara siempre de repetir los mismos errores, las obras tuvieron que paralizarse temporalmente al no haberse logrado correctamente todas las licencias y enajenaciones. Así fue como una simple callejuela de barrio se transformó en el universal Patio de Escuelas.

 

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