Una ciudad no sólo se configura como lugar de residencia de una sociedad, sino también como espacio sus relaciones e intercambios de experiencias. Lo que hoy son angostas vías flanqueadas por altos edificios antaño fueron abiertos parajes para el esparcimiento, rincones sobre todo para el ocio dominical, un punto de inflexión entre la continuada y fatigosa vida laboral. Es el caso de la calle del Pinto.
 
Entre la calle de la Asadería y la cuesta de Sancti Spíritus se encuentra una calzada cuya denominación es antigua. Expertos en el callejero salmantino como Antonio Gómez Gómez la circunscriben a un famoso mesón o posada medieval, como tantas otras en esta zona entre los templos de San Cristóbal y Las Claras. Zona de diversión que heredó durante siglos.
 
A principios del siglo XX se ubicaba allí la Huerta de Don Fructuoso, tres mil metros cuadrados con una noria y una pequeña casa de campo. Pero su propietario vendió la parcela a un empresario que levantó después una fábrica de muebles. A escasos metros, en el actual callejón de la calle del Pinto, también hubo varios salones de baile, entre ellos El ramillete de Flores, locales que fueron cayendo en decadencia para transformarse en almacén de muebles y, con el auge inmobiliario, en viviendas.
 

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