Esta sección está abierta al testimonio de cualquier salmantino que desempeñara alguna función especial en la historia de Salamanca o con un buen relato que narrar. Los interesados pueden enviar el nombre, una breve descripción y un teléfono al correo electrónico redaccion@salamanca24horas.com y el periódico se pondrá en contacto con ellos.

Después de jugar su partida de cartas diaria con los amigos, Ramiro Sánchez Martín acude raudo y veloz a su casa porque ha quedado a las 19.00 horas con un periodista que está dispuesto a indagar en su memoria y a conocer más a fondo su pasado. Derrochando vitalidad por los cuatro costados, abre la puerta de su hogar y de sus recuerdos a este periódico.

 
Unos recuerdos que comienzan hace 81 años en un pueblo del sur de la provincia salmantina llamado Linares de Riofrío. La fecha exacta no se sabe a ciencia cierta, ya que como él mismo explica figura en el registro de nacimiento de la iglesia el 1 de julio y en el juzgado el 6 de julio de 1930. Con ese mismo espíritu jovial que muestra en la actualidad, Ramiro se acogió a la fecha más tardía: “Como es natural, quería representar desde pequeñito ser más joven”. Y es que muchos veinteañeros ya quisieran para sí mismos la energía y la robustez de este linarense.
 
Entre las calles del centro de la ciudad transcurrió su infancia y si hay algo que rememora con especial añoranza son los llamados paseos. “Ibas supeditándote al hombre y la mujer, en busca de las chiquitas para comenzar a relacionarte. Entonces existían los paseos en Salamanca. Los chicos íbamos dando la vuelta a la Plaza Mayor por una parte y las chicas por otro, así que llegaba el momento en el que estabas deseando encontrarte a la media vuelta con la chiquita que más te gustaba”, dice.
 
Después de obtener la licenciatura en comercio y el título de perito mercantil, se embarcó en la gran aventura de su vida: su emigración a Francia. Lo que en principio iba a suponer un corto paréntesis en su vida española de dos años, finalmente se prolongó hasta los doce. Tanto es así que la familia que viajó al país vecino tuvo dos miembros más a la vuelta. A su esposa Josefina y a sus hijos Ramiro Luis, Ángel Vicente y María de los Reyes se incorporaron en territorio francés José Javier y Ana Isabel.
 
Así define la vida en el país vecino: “En Francia la convivencia es más triste que la de España, es más hogareña, los sábados, domingos y festivos todo era estar con la familia. Teníamos un círculo de amistades y echábamos la partidita en casa, tomabas el cafetito, la copita y después ‘à la campagna’ a buscar champiñones y ese era prácticamente el recreo que había”.
 
En su regreso a Salamanca, su visión emprendedora le llevó a crear la empresa de protección laboral Seyprol, hoy día dirigida por su hijo José Javier. “España iba rezagada de Francia en ese aspecto, así que el éxito estaba garantizado”, asegura. Precisamente ese nombre les sonara a muchos salmantinos, pero más asociado al fútbol modesto de la ciudad, ya que es uno de los equipos con más tradición de Salamanca con 30 años a sus espaldas.
 
La ciudad y la sociedad sí notan el paso de los años
 
Durante la conversación, su esposa Josefina, siempre atenta a su marido, no se separa del marco de la puerta mientras esboza ciertas sonrisas al escuchar pasajes de su vida. Ella es la encargada de enseñarle al periodista las fotografías de cuando ambos eran jóvenes y no tan jóvenes. Asoman entre los montones algunas instantáneas de sus bodas de oro, superadas hace ya seis años, y de sus doce nietos. Entre el bloque de imágenes en blanco y negro se pueden apreciar varios de los monumentos más importantes de la ciudad, como la Plaza Mayor o la Catedral.
 
“Salamanca es una joya, una maravilla. Existe el dicho ‘Salamanca es la segunda Roma’ y no cabe duda de que es preciosa, se la recomiendo a todo el mundo y todo el que viene queda encantado de ella. Es una maravilla con sus monumentos, con su joya principal que es la Plaza Mayor, la Universidad, la Catedral… Eso no se encuentra ni en la China y eso que los chinos tienen hoy en día de todo. Además, tierra de jamones y de toros”, asegura Ramiro.
 
Con el paso de los años la capital salmantina no ha perdido ni un ápice de su belleza, aunque en lo que sí nota un gran contraste este linarense es en las costumbres de la sociedad. “La sociedad ha volcado completamente, no se puede comparar una cosa con la otra”, responde cuando es preguntado acerca de las diferencias entre los hábitos de entonces y los de ahora.
 
“Salías de casa a las 3 de la tarde y regresabas a las 10, no es como ahora que la juventud sale a las 12 de la noche. Hacíamos los guateques, ibas una semana a casa de un amigo, te divertías, bailabas, cantabas e incluso merendabas, y a la semana siguiente a otro lugar y así una rotación de casa en casa. Una maravilla de fiestas. El presupuesto también es incomparable, teníamos dos o cinco pesetas, que suenan a cascarillas de hoy en día”, afirma con cierta nostalgia en el rostro.
 
Después de ofrecer a sus invitados unas pastas y despedirse de ellos, Ramiro Sánchez vuelve a su tarea habitual de leer la prensa antes de cenar, aunque últimamente esta ocupado aprendiendo el manejo del marco de fotos digital que le regalaron sus hijos por Navidad. Podrá recoger todas sus fotografías en este dispositivo electrónico, pero como le ha demostrado a este periódico, no hay lugar mejor para el recuerdo que la memoria de uno mismo. Después de esta conversación, el periodista se marcha sabiendo todos los detalles de su historia, como si le conociera de toda la vida.

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