El cáncer en España, al igual que en la mayor parte de los países desarrollados, constituye un problema sanitario de primera magnitud. En el momento actual, el cáncer –o mejor dicho, los cánceres; término que agrupa a más de 200 enfermedades diferentes– es la primera causa de muerte en varones en nuestro país y la segunda si consideramos los dos sexos en conjunto, tras las enfermedades cardiovasculares.
 
En los últimos años, la incorporación de tratamientos más eficaces y el diagnóstico más precoz de algunos tumores ha llevado a aumentar de manera significativa las cifras de supervivencia en la mayor parte de los tumores. Nuevos fármacos más eficaces y menos tóxicos se han incorporado al tratamiento del cáncer con resultados que, aunque dispares entre los diferentes tipos de tumores, han mejorado las perspectivas de los pacientes diagnosticados de cáncer.
 
Sin embargo, se habla en estos días del importante lastre que, en épocas de crisis, supone el gasto farmacéutico y la dificultad para hacer del sistema sanitario público un recurso sostenible con los actuales estándares de calidad –muy elevados en lo que a la oncología se refiere en España–. Que el tratamiento del cáncer es caro es un hecho indudable.
 
Y es en esta situación cuando más se debería recordar un hecho esencial y demostrado como es que en un elevado número de casos EL CANCER SE PUEDE PREVENIR. La prevención primaria del cáncer –aquella que se basa en cambios en los hábitos de vida saludables para evitar que se desarrolle la enfermedad, a diferencia de la prevención secundaria, basada en el diagnóstico precoz de un cáncer ya establecido– constituye un conjunto de medidas SENCILLAS, BARATAS y cuya implantación depende únicamente de unos pocos pilares esenciales; fundamentalmente dos, la EDUCACIÓN SANITARIA y una LEGISLACIÓN adecuada que impida la exposición a sustancias nocivas. Ninguna de estas medidas supone elevados gastos en investigación, ni grandes laboratorios ni sofisticadas técnicas diagnósticas o terapéuticas, simplemente la intención y la motivación de quienes las implantan bajo el convencimiento de que está demostrada su utilidad. Los resultados se obtienen a medio y largo plazo y, lógicamente, su éxito es menos espectacular que el descubrimiento de una pequeña molécula que disminuye el tamaño de un tumor en ratones, pero su desarrollo es infinitamente más barato que esto último.
 
El tabaco constituye el ejemplo más claro de todo lo expuesto con anterioridad. Fumar incrementa el riesgo no solo de cáncer de pulmón, sino de diversos tumores como el cáncer de laringe o de vejiga, entre otros. Se estima que si se erradicara por completo el hábito tabáquico casi un tercio de los tumores malignos dejarían de diagnosticarse y, en el caso concreto del cáncer de pulmón, hablaríamos casi de una incidencia anecdótica. El tabaco causa cáncer en quienes fuman y en quienes le rodean –fumadores pasivos–. Este hecho esté demostrado y, en ausencia de utopías como la desaparición del tabaco, las medidas de educación sanitaria para evitar que se comience a fumar en edades cada vez más tempranas y la protección mediante legislaciones sólidas de los no fumadores es esencial. En estos días se especula con una marcha atrás en algunas de las medidas de la ley antitabaco. Una decisión de estas características sería simplemente absurda y en contra de toda lógica. La prohibición de fumar en lugares públicos protege al no fumador y disminuye el número de cigarillos inhalados por los fumadores –hecho que también tiene repercusión en la reducción de la incidencia del cáncer de pulmón, por ejemplo–.
 
El segundo gran bloque de medidas preventivas que impactan notablemente sobre la incidencia de cáncer son las relacionadas con la dieta, obesidad y ejercicio físico. Una dieta rica en frutas y verduras, moderada en carnes y grasas de origen animal; un adecuado control del peso corporal y la realización de ejercicio físico regular han demostrado disminuir la incidencia de numerosos tumores (cáncer de mama, colon o endometrio entre otros). El consumo moderado de alcohol constituye un pilar esencial en este apartado. Sabemos incluso por estudios recientes que en mujeres que han sobrevivido a un cáncer de mama, la ingesta excesiva de alcohol –por encima de cinco unidades a la semana– aumenta el riesgo de recaer de la enfermedad. Y sin embargo, se permite la publicidad del consumo de alcohol con límites tan ridículos como mensajes de consumo responsable en letra minúscula.
 
Otras medidas de educación sanitaria, como la limitación de la exposición al sol permiten disminuir los casos de melanoma; mientras que una legislación adecuada puede impedir la exposición a carcinógenos laborales y ambientales.
 
Medidas simples todas ellas, que disminuirían la incidencia y la mortalidad por cáncer en países desarrollados hasta límites inimaginables comparados con los avances terapéuticos. La responsabilidad es de todos. Solo es necesario el convencimiento de su eficacia.

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