Cuando una persona pasea por la zona conocida como el Botánico no se imagina la importancia que alberga dicho lugar, simplemente ve una ruinas medio abandonadas rodeadas de maleza y de restos de botellones tras un vallado. Realmente esos vestigios no se limitaban a lo que se percibe hoy en día, ya que el espacio que ocupaban era mucho mayor. Pero a causa del crecimiento urbanístico se han perdido una gran parte de ellos.
 
Sobre esas piedras se levantaban viviendas del siglo IV a.C., encima de las cuales se fueron construyendo diferentes edificios hasta llegar a principios del siglo XX cuando se edificó una central eléctrica propiedad de Don Carlos Luna Beovide. Toda esta información se conoce sobre todo gracias a la excavación arqueológica realizada en el año 2001 por Miguel Ángel Muñoz, Manuel Carlos Jiménez y por María Eva Gutiérrez Milán.
 
Esas casas, pertenecientes a los siglos III y IV a.C., eran viviendas con bastantes silos y otras estancias para almacenamiento y actividades artesanales. Estos talleres-viviendas  estaban realizados con muros de adobe cimentados sobre una solera de pizarra. Pero pasados los siglos, concretamente en los siglos XII y XIII, esta zona fue ocupada por las élites del poder y era donde residían los caballeros encargados de la defensa del Ayuntamiento. 
 
Según el testimonio de la época que ha llegado a nuestro días se habla del templo de San Pedro, pero en dicha excavación no se hallaron restos. Aunque en un sondeo que se ejecutó anteriormente en 1997 al realizar las obras de saneamiento y urbanización de la calle Balmes aparecieron unas piezas arquitectónicas animadas por motivo de un ajedrezado, por lo que se deduce que pertenecieron a San Pedro. Aún así, el convento de San Agustín, que se construiría más tarde no tuvo ninguna relación con este templo.
 
Edad Moderna
 
En el siglo XIV los frailes agustinos ya estaban en la zona. Aunque aún no tenían una gran iglesia, eran los propietarios de casi toda el área. Para obtener ingresos una de las actividades que efectuaban los monjes fue el alquiler de algunos de sus inmuebles. De hecho, mucha información de la judería se conoce gracias a esos contratos de arrendamiento. 
 
La actividad de la judería giraba en torno a la calle que iba desde la Iglesia de San Agustín hacia San Juan del Alcázar: llamada la Calle Mayor, que más tarde se conocería como la calle de San Pedro o la calle de Cuenca. Las viviendas de la judería eran de barro y adobe, aunque estas construcciones ya tenían algún elemento de canto o de mampostería. Eran estrechas pero profundas, y normalmente tenían un pequeño patio de luces. 
 
Los domicilios evolucionaron, y en el siglo XV tenían más de una altura e incluían cámaras, cocinas, talleres y espacios abiertos que se utilizaban como huertos o como corrales. La fachada principal de los hogares daba a la calle Mayor de la judería, por lo que desde sus ventanas se podía contemplar toda su actividad. Esta vía destacaba por su actividad comercial, ya que, en las viviendas-talleres establecidas en ella, había una tintorera, torneros, un latonero, un libreo, un especiero, y varios orfebres. Lo que junto con su organización espacial convertían a Salamanca es una villa amurallada. 
 
Estas construcciones eran propiedad de los agustinos que a principios del siglo XV las alquilaban a sus habitantes por cien maravedís y un par de gallinas. Pero los inquilinos se quejaban bastante a menudo de los desperfectos, por lo que los monjes tenían que ir mejorándolas poco a poco. De ahí, que pasaran a costar cuatrocientos maravedís y tres pares de gallinas al año , y más tarde, a finales del siglo XV, las casas ya tenían muro de piedra y pavimento de arenisca por lo que arrendar una valía mil seiscientos maravedís. 
 
Pero a llegar el siglo XVI los monjes agustinos ya no se conformaban con la Iglesia de San Agustín, querían un edificio más amplio y más llamativo. Por lo que le encargan la construcción de un convento a Juan de Álava en 1516. El arquitecto residía en Salamanca desde 1505, y participó en la construcción del edificio viejo de la Universidad, así como, también dirigió las obras de la Catedral Nueva.
 
Convento de San Agustín y Colegio Mayor Cuenca
 
El convento de San Agustín era un templo de una sola nave con crucero, y con una capilla lateral que culminaba en una cabecera tripartita de tipo plano. Además, tenía un coro y un cimborrio característico de Juan de Álava, cuadrangular y flanqueado por contrafuertes. Este coro era similar al del convento de San Esteban, el diseño del cual también se otorga al mismo arquitecto.
 
De las investigaciones que se han efectuado en las ruinas del convento se han encontrado restos de enterramientos, por lo que los expertos han llegado a la conclusión de que la gente con una buena reputación social colaboraba con la orden de los agustinos para poder ser enterrado allí. El primero de los incendios que sufrió este monasterio fue en 1589, pero fue reformado hasta que en octubre de 1744 soportó otro incendio que destruyó la torre y derritió las campanas. Sin embargo, la peor de las consecuencias esta vez, fue la pérdida de libros de la biblioteca de gran importancia, algunos de ellos ejemplares poco comunes y de gran importancia.
 
Asimismo, el convento de San Agustín no era el único que destacaba en la zona. En la primera mitad del siglo XV se le encarga a Juan de Álava la construcción del Colegio Mayor Cuenca, aunque en esta ocasión se tarda mucho más en construir que el otro edificio. El arquitecto lo proyecta en 1527, pero hasta 1764 no se finaliza la construcción de la fachada. Pocos años después el Rey Carlos IV decretó la supresión de los colegios mayores, y por eso en 1799 se convirtió en la Facultad de Reunida (Medicina y Cirugía).
 
Al igual que ocurrió en otros lugares de España la Guerra de la Independencia tuvo unas consecuencias nefastas para estos edificios. El convento de San Agustín lo utilizaron las tropas francesas para alojarse, mientras que el Colegio Mayor de Cuenca lo usaron como cuartel. En mayo de 1810 el convento fue una vez más pasto de las llamas, esta vez seguramente provocado por los franceses, que con la guerra aprovecharon para saquear lo que encontraban a su paso.
 
Hasta que en 1815 los monjes agustinos regresaron a su monasterio con la intención de recuperarlo, y a pesar de sufrir otro incendio cuatro años después no lo abandonan definitivamente hasta 1835, cuando los monjes agustinos fueron exclaustrados en España.
 
Segunda mitad del siglo XIX y principios del siglo XX
 
Entre las paredes de San Agustín vivió Fray Luis de León, y allí estuvo enterrado hasta 1856 cuando se realizó una excavación para la exhumación del cadáver. Mientras, el Colegio Mayor continuó siendo víctima del expolio y sus materiales se emplearon en la construcción de otros edificios salmantinos.
 
Finalmente, a principios del siglo XX, se construyeron una par de hileras de viviendas y la segunda fábrica de luz de Salamanca, propiedad de Don Carlos Luna Beovide. Y allí estuvo situada hasta 1951 tras quedar destruida por un incendio. Finalmente la Universidad adquirió estos terrenos para realizar un párking subterráneo y una biblioteca de Humanidades. 
 
La biblioteca nunca llegó a construirse en esta zona, pero sí el aparcamiento subterráneo con las consecuencias que ello supuso. Se perdió una parte importante de estas ruinas, y una vez más por culpa del desarrollo urbanístico. De momento, quedan algunos vestigios a la intemperie y poco protegidos mientras el paso del tiempo hace de las suyas, y poco a poco los va empeorando. 

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