Con la crisis tan demoledora y dolorosa que estamos viviendo, la Universidad ha entrado en una etapa presidida por los recortes económicos, por la reducción de las plantillas de profesores y trabajadores, por la disminución de las becas de estudio y movilidad, por la caída de las ayudas a la investigación o por los ajustes y “racionalización” de las titulaciones que se imparten en sus campus. Llega la quiebra y la ruina a la universidad. Lo más grave es que arrastre consigo lo mejor que mantiene, y se quede con las excrecencias adiposas que han crecido en sus campus en las últimas décadas. Algunas de ellas nacidas paradójicamente bajo el signo de la excelencia y de la acreditación.

Es un temor razonable si contemplamos con detenimiento las propuestas que nos llegan desde Madrid y desde Valladolid. A la desafección que vive el profesorado y el personal de administración y servicios se suma ahora la desesperanza y el desconcierto ante el futuro. Tras haber gastado muchas energías, inútiles a la postre, en el plan Bolonia, llegan tiempos darwinistas y tiempos de imaginación solidaria y de lucidez para afrontar los retos comunes. No creo que se hayan aplicado en los últimos años en nuestras universidades,  ni mucho menos en el tratamiento del  mapa de titulaciones que nos diseña la Junta de Castilla y León.

 
En Castilla y León, la Consejería de Educación ha vivido al igual que el resto del Gobierno Regional una larga etapa de inacción, en gran medida  al socaire de los Fondos Europeos y de sumisas mayorías absolutas. Durante estos años, poco o nada de ordenación del mapa universitario regional, mientras se abrían las puertas de par en par a iniciativas privadas, muy próximas a los poderes políticos; durante estos años, poco o nada de cooperación, colaboración o intercambio entre las universidades públicas; durante estos años, asimismo, escaso interés por trazar líneas coherentes para el fortalecimiento de la docencia y la investigación en los campus más sólidos, mientras los localismos avanzaban bajo el amparo del poder político hacia estructuras universitarias sobredimensionadas. Naturalmente que también ha habido burbuja universitaria respaldada por los poderes locales y el gobierno autonómico.

Ahora, de repente, a nuestras autoridades les ha entrado la prisa y la diligencia, precisamente en los momentos en que se ha rebajado drásticamente la financiación europea, y la crisis económica y financiera determina las decisiones para “la consolidación y el ajuste fiscal”. El Ejecutivo obedece y a la vez manda. Las universidades acatan y ceden dócilmente su autonomía, sintiéndose en principio satisfechas con los resultados y con las titulaciones sacrificadas. Interpreto, por tanto, que los intereses centrípetos del poder han conjugado una vez más la misma partitura teórica y práctica, dejando en un segundo plano y sin capacidad de elección y decisión a la Universidad de Salamanca. No solamente lo siento por lo que supone de pérdida para la Facultad de Geografía e Historia, sino por las consecuencias tan negativas que a medio y largo plazo supondrán para la Universidad de Salamanca. 

 
Con el máximo respeto y reconocimiento a nuestros colegas y amigos de Valladolid, no quisiera ver detrás de las decisiones de la Junta de Castilla y León, el más mínimo atisbo de centralismo regional, ni mucho menos un correctivo a las actitudes díscolas de algunos geógrafos salmantinos y leoneses, aunque algunas viñetas publicadas en algún medio resultan sospechosas al respecto. Tampoco considero que haya habido pugna alguna entre los profesores de Valladolid, Salamanca o León por quedarse con la titulación de Geografía, más bien hubo una aproximación a una titulación compartida que integrase las grandes potencialidades de nuestras universidades a una escala que va más allá del propio marco regional. Obsesionados por los recortes, movidos por la defensa a ultranza de lo propio, y constreñidos por la lógica tecnocrática de las medidas “eficaces y rentables” nuestros responsables políticos y académicos no han dudado en adoptar decisiones, a mi entender, desde una óptica miope y cortoplacista.

Es evidente que a partir de estas decisiones los efectos de polarización y de concentración se acentúan en Valladolid, y al contrario, la Universidad de Salamanca debilita su capacidades y sus ofertas en  campos que hasta el momento han  ofrecido un gran abanico de opciones de cooperación docente e investigadora, tanto internamente como hacia al exterior. A título de ejemplo, la propia vocación transversal de la enseñanza de la Geografía se ha puesto de manifiesto una y otra vez en programas de Licenciatura o Grado, en Doctorados o Masters de dimensión territorial, medioambiental o patrimonial en los que incorpora un plus de conocimiento espacial o cartográfico y nos aproxima con sentido riguroso a las distintas escalas que nos envuelven. La Geografía fortalece entonces nuestras opciones de análisis y la complejidad de nuestra mirada. Nada más y nada menos que todo esto pierde la Universidad, y con ello renuncia en gran medida al pensamiento crítico y a la reflexión enriquecedora y transdisciplinar. La Universidad de Salamanca no se merece este trato.

Espero, no obstante, que el locus antiquus et amoenus(Fray Luis de León) que nos acoge y la  vieja universitas studii salmantini que ha mirado siempre más allá de su entorno, sepan defender su dialéctica histórica y geográfica a escala universal, y no olviden la deuda que tienen contraída con el marco regional, con el mosaico ibérico, con el hogar europeo y con el “oikoumene” planetario. En estas referencias geográficas se apoyan precisamente las raíces más hondas de su larga existencia y de su propia identidad. Renunciar a ellas, es renunciar al presente y al futuro. 

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