Tan solo ha hecho falta medio siglo para cambiar la tranquilidad y el sosiego de una plaza vecinal, como lo era la Plaza de Monterrey a mediados de los años 50, por un enclave que parece nunca descansar. En concreto, fue la década de los ochenta la que marcó un punto de inflexión en esta zona de la ciudad tanto urbanística como socialmente. Mercedes Marcos lleva casi cuatro décadas viviendo en esta plaza y recuerda como a finales de los años 70 era habitual ver llegar cada día a una veintena de vecinos de Guijuelo en un pequeño autocar que tenía su parada en la misma plaza. 

Separadas levemente por la calle Prior, la plaza de Monterrey y la de las Agustinas han ido de la mano históricamente. Ambas hicieron las veces de aparcamiento hasta que en los años 80 se reemplazaron por jardines, en el caso de Monterrey, y por varios árboles en el caso de las Agustinas. Las dos plazas siempre guardaron una similitud arquitectónica muy marcada por la majestuosidad del plateresco Palacio de Monterrey y que servía, a su vez, de unión.

Esta zona de la capital puede presumir de mantener gran parte de las estructuras que se levantaron en el siglo pasado y, aunque sus usos han variado, no lo han hecho sus construcciones. Casas señoriales que siguen prácticamente igual que en el momento de su edificación, edificios que albergaban oficinas o la propiedad que Gonzala Santa, más conocida como la ‘Pollita de Oro’, ostentaba en la plaza de Monterrey siguen hoy presentes. 

Saliendo de este acogedor lugar salmantino el bullicio de la calle Prior sorprendía al viandante tal y como lo sigue haciendo hoy. Sin embargo, mientras hace cincuenta años eran los sonidos y el ruido de los comerciantes, hoy lo hacen las tiendas, restaurantes y discotecas que aquí se asientan. Son pocos los establecimientos que perduran un siglo después pero hay algunos tan emblemáticos como el estanco, la tienda óptica, la farmacia o la frutería entre Prior y Monterrey los únicos que se mantienen imbatibles al paso de tiempo y al cambio en el comercio. El despunte vivido en los años 80 y el empuje que vivió la economía española en ese momento fueron, quizá, los principales precursores del cambio social que transformaron por completo la vida de esta zona de la ciudad y de sus vecinos. 

Poco a poco carnicerías, peluquerías, tiendas de confecciones y encuadernaciones fueron dejando paso a un comercio que atraía a salmantinos y turistas y obligaba a los residentes de la zona a alejarse del centro para seguir haciendo sus compras diarias. Hoy, cincuenta años después, la plaza de Monterrey se ha convertido en un lugar de tránsito obligatorio para los turistas así como de ocio nocturno, ya que, cada noche centenares de jóvenes la transitan en busca de bares y fiesta y el único que parece descansar es el Príncipe Juan. 

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