Quién le iba a decir a este zamorano de 73 años que una llamada de su padre iba a redireccionar y cambiar su vida por completo. Cuando finiquitó sus estudios de lo que actualmente llamaríamos Bachillerato, emprendió un curso de aviación del que solo queda el recuerdo, ya que en aquella conversación telefónica su padre le pedía cruzar el charco a él, a su hermana y a su madre, empezando una nueva vida lejos de su querida Castilla y León, observando de cerca las olas del caribe.
 
Circunstancialmente, allí en Isla Margarita, convivió un año con un amigo de su padre, quien le introdujo en aquel mundo de luces y claros, diciéndole que era una profesión formal en la que cabría la posibilidad de salir adelante por la falta de experiencia en aquel país. Un amigo le enseñó lo necesario para que a Casimiro le entrase el gusanillo de seguir ‘echando fotos’, pero no como un hobby, sino como una profesión bien remunerada que le daba para vivir bien en su vuelta al territorio español.
 
En la pequeña isla al Noreste de Caracas se vivía bien, sus complejos hoteleros “eran los mejores del mundo” y el ritmo de vida era totalmente distinto. Pero Casimiro había formado una familia y sus hijos querían seguir con sus estudios universitarios, oportunidad que tuvo para volver a su tierra y matricular a sus hijos en la famosa Universidad de Salamanca. Así, en el año 81 le traspasó el actual local a una conocida compañía de transporte aéreo y fundó su propio negocio.
 
En otro tiempo, fue fotógrafo. Ahora, no pasa un día sin que nuestro protagonista visite su antiguo negocio, retomado por su hijo, quien ha desempeñado labores diferentes a la de su progenitor, como por ejemplo, los numerosos cambios que ha experimentado este arte con el paso de lo analógico a lo digital, analizados tristemente por Casimiro, que añora las antiguas técnicas.
 
Dos generaciones de fotógrafos (y quién sabe si otras muchas), viendo la vida a través de un objetivo, manejando la velocidad de obturación, enfocando lo necesario y desestimando el resto con mucha paciencia, porque la foto perfecta solo se saca siendo constante, porque para muchos, una imagen vale más que mil palabras.

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