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Las precipitaciones (1,6 litros por metro cuadrado) llegaron a la hora de la comida, un momento de paréntesis, en una jornada donde miles de personas recorrieron las calles de la capital abulense: muchos foráneos -que llenan los hoteles- descubriendo el mercado, y los abulenses descubriendo novedades en torno al bullicio que acompaña esta cita anual.
 
Una de las zonas más concurridas fue la plaza de la Catedral y las calles que de ella derivan a otros entornos del mercado. El Episcopio es el lugar de donde parte los pasacalles, como el que llevaba un coche de madera medieval, o el de la 'señora marquesa' o el llamativo hombres orquesta Gzarkúk, tan sólo algunos de los numerosos elementos que adornan la fiesta.
 
Unos 350 puestos se reparten por cada zona del mercado y, como siempre, hay cientos y cientos de productos elaborados con otros tantos cientos y cientos de elementos: desde los pasteles de variados sabores al artesano que esculpe la pizarra pasando por los chocolates, la artesanía en madera, los remedios naturales, caramelos y chocolates, todo tipo de comida y bebida, hasta las brasileñas “caipiriñas medievales”, entre otros productos que desafían al tiempo histórico. Averiguar las novedades, de puestos o de productos, es el reto que, entre puesto y puesto, se proponen muchos visitantes.

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