Esta escultura es de un valor singular, ya que representa la caridad y la pobreza como virtudes del buen cristiano, en una sociedad, la del siglo XVIII, que quizás constituya la última generación de católicos que confía ciega y plenamente su salvación a la intercesión de los santos, como un puente entre la tierra y Dios.
 
La sociedad española se encontraba también en pleno cambio, debido a la instauración de la dinastía borbónica en el trono, que importó, además, un nuevo lenguaje formal que fue relegando a un segundo plano la imaginería sacra, que tanto había brillado el siglo anterior gracias a las escuelas castellana y andaluza, una de cuyas características más importantes era que pretendía causar emociones y persuadir al espectador.
 
A pesar de este fuerte empuje, durante la primera mitad del siglo XVIII muchos artistas intentaron conciliar las nuevas formas sin renunciar a la tradición anterior, como es el caso de Luis Salvador Carmona, autor de la pieza, y que es, por otra parte, uno de los mejores representantes de esta corriente. Carmona supo combinar la imaginería religiosa con los encargos reales en los que se pone de manifiesto una asimilación del estilo rococó que abundaba en las cortes europeas de la época. 

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