La contienda bélica entre musulmanes y cristianos durante la Reconquista de la Península Ibérica marcó para siempre la tradición oral de numerosos pueblos de interior donde las historias de cuevas mágicas, inimaginables tesoros escondidos y moras encantadas han perdurado de generación en generación, como ocurre con la Reina Quilama, entre Valero, San Miguel de Valero, Navarredonda de la Rinconada y Rinconada de la Sierra. En territorio charro, la tradición es más propia de zonas escarpadas de montaña, casi aisladas durante siglos hasta que el imparable progreso acercó el lígrimo oasis hasta la civilización del Tormes. Es el caso del charco de la mora de Mogarraz, un fantástico relato donde se entremezclan las pasiones humanas con las sensaciones mágicas que produce una noche más propia para los espíritus errantes.

Cuenta la leyenda que había un veterinario mogarreño de gran fama en la comarca. En una ocasión, un campesino del cercano municipio de Monforte de la Sierra acudió en su auxilio para que salvara la vida a su mulo, aquejado de una desconocida enfermedad. Pero el veterinario no se arredró y consiguió mantener en pie al sufrido animal. Tal fue la proeza que el doctor no pudo resistirse a celebrar el éxito con los mozos monforteños. Era 23 de junio y se acercaba la noche de San Juan. Todo era jolgorio entre los jóvenes. Pero, haciendo gala de su fama etílica, el alcohol serrano le jugó una mala pasada y azuzó la embriaguez hasta casi hacerle perder el conocimiento. De regreso a Mogarraz, las eses de su caminar eran ya zetas dobles. La oscuridad se había apoderado del intrincado sendero de regreso a la villa mogarreña y apenas distinguía el camino para llegar a su casa.

A media ladera de los Cabriles, en el río Tejadas, junto al límite de lo que hoy es el término municipal de Monforte y cerca de La Alberca, el veterinario se paró en seco. De entre el dominante negro que teñía de luto el verde paisaje serrano se erigió de repente un cegador resplandor. ¿Qué era aquello que brillaba sobre el agua? El doctor no apartó la mirada y, cuando sus pupilas se acostumbraron a la luz, pudo distinguir la figura de una bella mujer. No es posible, pensó. El alcohol está produciendo esta imagen, argumentó para sus adentros en un fugaz rayo de racicinio que transcurrió por su entonces perjudicada mente. Pero no. No era una ilusión. No era fruto de su embriaguez. La mujer estaba allí. ¿Cómo? No es posible, repitió una y otra vez. Pero la mujer estaba allí, frente a él.

De pronto, la fantástica figura comenzó a caminar hacia el veterinario y se presentó. Era la mora Laila, encantada por un mago que la salvó de las terribles garras de los gavilanes árabes, buscando un hombre con quien casarse. El temor del doctor mogarreño y el anillo de compromiso que portaba en su mano provocaron el rechazo inmediato hacia semejante proposición. Sin embargo, apenas tuvo tiempo para terminar la frase, porque la mora, en un arrebato de descontrolado genio, se abalanzó sobre el veterinario y lo introdujo en el agua hasta que las imágenes oníricas producidas antes por los efectos del alcohol se transformaron en sueño eterno.

Desde entonces, a este paraje se le conoce como el Charco de la Mora Encantada, donde incluso las mozas mogarreñas, al bañarse en verano, en ocasiones creen ver burbujas y remolinos de agua que les hablan con un peculiar lenguaje que les induce al recuerdo de la mora Laila. Desde entonces, cada noche de San Juan, la bella sarracena, resignada, se aparece revestida de oro y luz para ofrecerse en matrimonio al serrano que quiera aceptarla, porque sólo casándose con un hombre podrá deshacerse el hechizo. A cambio, el cónyuge será rico y feliz para siempre. ¿Volverá a presentarse este año en busca de un osado y audaz serrano?

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