La fe mueve montañas. La capacidad de confiar el alma a aquello que por ahora sólo es demostrable en lo más profundo de cada ser humano, capaz de sacar lo mejor (también lo peor) de uno mismo, puede generar los más increíbles relatos. Con la expansión del cristianismo, la imaginería abarrotó los templos de milagrosas tallas que han llegado hasta nuestros días con un vago origen, pero siempre repleto de un relumbrante halo de misterio. En la provincia de Salamanca hay imágenes cuya fama trasciende fronteras. Es el caso del Cristo de las Batallas que se guarda en la Catedral, que acompañó al Cid durante sus victorias en la Reconquista y llevado posteriormente a la capital del Tormes por el obispo Ieronimus. Pero en la provincia hay otro Cristo de las Batallas en Castellanos de Moriscos con una singular historia.

Cuenta la leyenda que había en La Armuña un cristo de gran advocación en toda la comarca. Había sido empleado durante los combates que los cristianos libraran contra los musulmanes al sur del río Duero. De ahí que se le conociera, al igual que muchos otros, como el Cristo de las Batallas, ubicado en una antigua ermita próxima al cementerio que en primavera subía en procesión hasta la iglesia de San Esteban para celebrarse la fiesta de ‘las velas’.

Durante la Guerra de la Independencia, los franceses quisieron acabar con toda la memoria artística de la Península, pero sobre todo con aquellos símbolos de fe capaces de mover a las masas. Porque un pueblo, cuanto más apesadumbrado, más débil es. Por aquel entonces la creencia en milagros propiciados por los cristos surgían cual setas que brotan en su mejor temporada para llenar una cazuela hambrienta de deseos. Un rico guiso de fascinación con que llenar las hambrientas mentes. Pero un guiso que los franceses no querían que llegara a condimentarse.

Al escuchar la existencia de un cristo con una gran devoción, las tropas galas no dudaron en desplazarse hasta Castellanos de Moriscos para destruir no sólo la talla, sino cualquier vestigio que condujera a su recuerdo. Pero hasta oídos de un avezado pastor llegó la intención de los invasores. Raudo se dirigió hacia el pueblo para dar la voz de alarma, pero no halló a nadie. Todos estaban en el campo recolectando las deliciosas lentejas armuñesas. Había sido una campaña abundante y requería cuantas más manos mejor para sacar el mayor partido a la cosecha.

Al no encontrar ayuda, el pastor decidió adentrarse en la ermita y cargar con el cristo para ponerlo a buen recaudo. No fue tarea fácil, pues las dimensiones de la talla complicaban su traslado por una sola persona. Sin embargo, quiso el destino, o los propios cielos, que a escasos metros se hallara un carro con un burro para poder llevar al cristo a un lugar seguro, lejos de las tropas francesas, donde jamás lo encontrarían. 

Al llegar los soldados al pueblo no encontraron rastro alguno de la talla. Interrogaron a los lugareños, los amenazaron, incluso los torturaron, pero en sus ojos no había lugar para el engaño. Desconocían por completo el paradero del cristo. Y escondido permaneció hasta que los franceses fueron vencidos y expulsados de España. Entonces regresó a su lugar para ser venerado durante el mes de junio, pero lo que entonces era un motivo de fiesta para todo el pueblo se convirtió con el paso de las décadas en un estorbo incompatible con la labor de recolección de la lenteja. De ahí que se decidiera el traslado de la fiesta al segundo fin de semana de agosto, en que se venera al Cristo de las Batallas en Castellanos de Moriscos.

 

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