Cuando el mundo globalizado amenaza con unificar la cultura universal hasta un punto en que no se distinga el uso, costumbre y gusto de un ciudadano medio nacido en el corazón de la olímpica y superpoblada Tokio del de un oriundo de la región más inhóspita en la cara este de la cordillera de Los Andes, cobra mayor importancia que nunca el valor de preservar lo propio, lo auténtico. Aquello que más distingue a una estirpe de generaciones que resiste al paso de las centurias y que se graba, no solo en el legado social y comunitario, sino en el mismo ADN de sus individuos.




