Era 1947, víspera de Nochebuena. Una fecha para disfrutar con la familia y donde los más pequeños siempre la han vivido con especial ilusión, aunque en aquella época fuera un tanto diferente a lo que se vive en los últimos años.
Una antesala a las Navidades que resultó una absoluta desolación para una familia salmantina por un macabro suceso que conmocionó a toda una ciudad y en el que murieron brutalmente apuñalados dos niños a manos de otro menor de edad.
El sol de la mañana del 23 de diciembre de 1947 llevaba poco tiempo sobre las frías calles de Salamanca, tan distintas en aquella época a lo que hoy es una auténtica urbe, cuando Luis Rodríguez Pérez, un joven de 17 años, giraba el picaporte de una vivienda situada en el número 14 del extinto camino del Cementerio, hoy conocido como la avenida de los Maristas.
Eran las nueve cuando este precoz asesino entraba sin ningún impedimento en la vivienda del industrial lechero don José Núñez Iñigo, así denominado en los periódicos de la época, pero no muy conocido antes del macabro siniestro. Su nombre solo aparecía en los diarios por pequeñas multas relacionadas con su negocio, como el deber de pagar 30 pesetas por carecer de tapaderas en las vasijas de leche a la hora de transportarlas.
Núñez Iñigo era viudo. Vivía con sus hijos en el número 14 del camino del Cementerio y contaba con un apartado para despachar los productos que comercializaba. Allí contaba con algunos empleados y entre las diferentes personas que habían pasado por el despacho industrial hubo un adolescente que hizo las veces de criado y que a la postre resultaría la persona que le arrebatara la vida a sus hijos.
Las crónicas de la época apuntaban que el asesino tenía antecedentes y en el juicio se matizó que justo el día anterior del suceso había salido de prisión. Un juicio, por cierto, del que este sábado se cumplen 75 años desde su celebración.
Apuñaló 19 veces a la niña y 12 al niño, todo para no dejar testigos
“Un repugnante crimen”, titulaba el periódico El Adelanto un día después del suceso, perpetrado por el joven que aprovechó que había estado sirviendo en la casa para conocer las costumbres de la familia.
Así, el mencionado 23 de diciembre, en torno a las 9:00 horas, se presentó en la vivienda sabiendo que en ella no estaría José Núñez Iñigo y, pensando que no habría nadie en las estancias, entró para conseguir dinero para marcharse a ver a su madre a Ávila, tal y como aseguró en el juicio.
Entró hasta la cocina, buscando objetos de valor y dinero, pero para su sorpresa allí se encontró a Pilar Núñez, la hija de 12 años de José Núñez. Esta le preguntó que qué hacía allí y el asesino, Luis Rodríguez, viéndose sorprendido por la presencia de la niña y encontrando en ella un impedimento para cumplir su propósito, sin mediar palabra, agarró un cuchillo de 28 centímetros que estaba sobre los fogones y la apuñaló salvajemente hasta la muerte.
Se contabilizaron 19 puñaladas sobre el cuerpo inerte de la niña, nueve repartidas entre el abdomen y el lateral del tronco, seis en la espalda y cuatro en la cara y brazos, causándole la muerte instantánea, tal y como explicaron los forenses en el juicio.
La violencia con la que asestó las puñaladas y los gritos de dolor de la pequeña hicieron que su hermano menor, José Núñez, de ocho años, se acercara hasta la entrada de la cocina. Al ver lo que acababa de suceder salió corriendo hacia la puerta, pero rápidamente fue alcanzado por Luis Rodríguez que con el mismo cuchillo le asestó una puñalada profunda. Al ver que el pequeño no moría, y tal y como contaron los cronistas de tribunales de la época, le volvió a clavar el cuchillo otras once veces hasta el fallecimiento del pequeño.
"El suceso fue el tema de todas las conversaciones en la ciudad, donde causó la impresión más profunda”
Una vez consumado los dos asesinatos y con suma frialdad, se encaminó al resto de habitaciones para conseguir su principal objetivo: conseguir dinero.
Ayudándose de unas tijeras, que serían luego clave, puesto que dejó impregnadas sus huellas, abrió las cómodas de una de las habitaciones y logró llevarse 750 pesetas, una cartera, una caja de caudales y tabaco.
Con el botín en su poder se marchó del lugar y la rápida actuación de la policía consiguió que al cabo de tres horas fuera localizado y arrestado, confesando en el mismo momento que él había sido el autor de los hechos.
Fue sorprendido en la calle Meléndez y sin oponer resistencia reconoció lo que había hecho. Al año siguiente, un 30 de septiembre de 1948 tuvo lugar el juicio con una gran expectación y multitud de gritos y reproches contra el asesino, que al ser menor de edad el Fiscal solicitó la pena máxima: 30 años privado de libertad, que finalmente la sentencia confirmó, así como una indemnización de 30.000 pesetas que debería abonar al padre de las dos víctimas.
Fue una vista oral con mucha tensión y, tal y como informó en su día El Adelanto de Salamanca, el “presidente de la sala se vio obligado a desalojar a la gente que había allí de público”, ante los constantes gritos e interrupciones. Una vez en la calle, a la salida del juicio, eran muchas las personas que se agolpaban a los pies del edificio para despedir con gritos a este joven: “El suceso fue el tema de todas las conversaciones en la ciudad, donde causó la impresión más profunda”.




