El dolor de un exguardia civil ante la falta de reconocimiento en el fin de E.T.A.: "Todos vivíamos con la muerte a cuestas"

El dolor de un exguardia civil ante la falta de reconocimiento en el fin de E.T.A.: "Todos vivíamos con la muerte a cuestas"

Salvador Vicente es un exagente de la Guardia Civil que vivió los años de plomo en San Sebastián. Ahora, tras la disolución de la banda terrorista, reclama reconocimiento para sus compañeros y amigos que también sufrieron la barbarie y deben recordarla diariamente

Mayo de 2018 se recordará ya como el mes del fin de la banda terrorista E.T.A. “o mejor dicho, con su disolución”. Son palabras de un zamorano afincado en Salamanca al que le tocó vivir los peores años de la banda en el peor lugar. Salvador Vicente cuenta ya con casi 60 años pero aún recuerda, cómo no, los llamados años de plomo en el cuartel de Intxaurrondo, en San Sebastián, parte importante del corazón del terrorismo nacional.

Él, a simple vista, no cuenta con ningún daño pero de sus palabras sí se desprende dolor. Por lo vivido entonces pero también por lo que tiene que vivir ahora. Y es que, como él dice, “no soy nadie más que cualquiera de los compañeros, pero tampoco nadie menos”. Se refiere al tratamiento como víctima de terrorismo que sí tienen “compañeros y amigos” como Juan Marcos González, Miguel Ángel Íñigo Blanco, Lorenzo Soto Soto o Aurelio Prieto Prieto, entre más de una decena de nombres, con los que compartió algo más que un cuartel, lo hizo con el miedo diario que algunos tuvieron que soportarlo durante menos tiempo, por desgracia.

Con ellos empieza, de hecho, una emotiva carta enviada a los medios de comunicación en el que relata en apenas un folio una vida dedicada a dar a E.T.A. el fin que ahora tiene. “Fui agente de la Guardia Civil en los años en los que caíamos casi sin solución en el País Vasco y ahora, con su disolución, parece otro buen momento para recordar lo vivido y a todos aquellos que lo vivieron”, aquellos que, como comenta, “son víctimas del terrorismo más profundo que ha podido tener España por el miedo que se pasaba más allá de las heridas físicas, por los daños psicológicos de sentirte amenazado y ver caer a aquellos que quieres”.

Por eso le duele, comenta, la dejadez en el reconocimiento a los que “comenzaron ese camino que por fin acaba”. Solo los que acabaron tiroteados o bombardeados parecen tenerlo, como una especie de cura moral por el dolor más intenso que puede sufrir el ser querido que recibe la noticia. Todos los demás, que luchaban contra el mismo enemigo con la suerte de no hacer ese servicio en ese momento han caído en un olvido que solo recuerdan, ahora que se puede, a través de grupos de whatsapp.

“Solo viviendo la escena, el daño era obvio. Pero quizás era peor el vivirla en recuerdos, conociendo que ese servicio que realizabas lo había hecho tu compañero y amigo el día antes. Y cuando era el día después, era incluso más doloroso. Dejabas tu vida allí, en nuestro caso en San Sebastián. Si no era la física, la de ver morir, siendo asesinados, a tus compañeros de fatigas”, comenta.

De hecho, el dolor, asegura, se sentía como propio en “cada muerte, estallido o fogonazo” porque recordaba a “cada ametrallamiento al cuartel, cada bomba que sonaba, cada asesinato o cada vez que alguien se agachaba a comprobar los bajos del coche donde solo se buscaba la vida. Todos éramos los ojos de quienes custodiaban a los etarras en los hospitales o los que conducían o eran copilotos de esos coches por caminos angostos con explosivos a la espalda. Cada uno de nosotros sufríamos el cambio de horario en el servicio y en el ocio para no ser encontrado y ello no quitaba que los cafés hubiera que tomarlos recostado sobre la pared, comprobando que nadie hacía su aparición por la puerta de la cafetería. Y esto si se podía frecuentar, porque no a todos los lugares se podía ir, y menos con esa ropa de uniforme que, incluso, costaba tender”.

Este zamorano, que también residió durante mucho tiempo en Fuentes de Oñoro, donde la próxima semana se inaugurará un parque con el nombre del concejal asesinado Miguel Ángel Blanco, culmina su carta recordando aquellos años la nostalgia y la tristeza por “no solo ver, sino también sentir y sufrir”. “Por todos y cada uno de ellos, también los que lograron sobrevivir a semejante atrocidad física y mental va esta disolución de E.T.A., aunque todavía no se les considere víctimas del terrorismo por las instituciones sino que sean más bien tratados como ‘parias’ porque el terrorismo no pudo con ellos”. 

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