Una lluvia violenta y salvaje: Salamanca cuando mataron a Miguel Ángel Blanco

Una lluvia violenta y salvaje: Salamanca cuando mataron a Miguel Ángel Blanco

El 10 de julio de 1997, hace 21 años, ETA secuestró al concejal del PP de Ermua, Miguel Ángel Blanco Garrido. Los salmatinos salieron a la calle para exigir su aparición con vida. Fueron cuatro días difíciles de olvidar

Hace veintiún años, en julio de 1997, España vivió una de las semanas más trágicas de su historia reciente. El secuestro y posterior asesinato del joven concejal del Partido Popular de Emerua, Miguel Ángel Blanco Garrido, de 29 años, por la banda terrorista ETA.

El país vivió tres días de angustia que cambiaron para siempre la actitud de la ciudadanía hacia el terrorismo etarra. Seis millones de personas salieron a la calle para pedir a los terroristas que cesaran en su chantaje y el joven pudiera regresar a casa. 

Sin embargo, su secuestro y posterior asesinato provocaron un sentimiento social sin precedentes de rechazo hacia ETA en grandes sectores de la ciudadanía. A partir de entonces, las expresiones en contra de la violencia aumentaron, incluso en el País Vasco, y las concentraciones de repudio tras cada asesinato, que hasta ese momento habían estado marcados por el silencio, comenzaron a llenarse de cánticos y gritos contra los asesinatos. Significó el fin del miedo.

Salamanca, verano de 1997

"Desde el día 1 nos temíamos lo peor", publicaba por entonces un columnista de la prensa salmantina en las páginas de los periódicos de aquel infame 11 de julio de 1997. El 1 de julio de aquel mismo año, la Guardia Civil localizó, en un zulo de Mondragón, al funcionario de prisiones burgalés José Antonio Ortega Lara. Las imágenes del liberado, enterrado en vida durante 532 largos días de cautiverio, estremecieron al país y provocaron que ETA, según el político Enrique Múgica, se viera obligada a dar una respuesta a la presión de los presos, que le pedían el acercamiento al País Vasco.

Para satisfacer las demandas de sus militantes encerrados en las cárceles, y tras el éxito policial de la liberación de Ortega Lara, la dirección de ETA puso en marcha de nuevo su maquinaria de terror.

Salamanca se despertaba aquel jueves 10 de julio de 1997 todavía con la resaca del ascenso a Primera División de la Unión Deportiva Salamanca en Vitoria; con la toma de declaración por parte del juez al autor del crimen del Hotel Milán y con un descenso del paro en junio de 31.0000 personas. Un día normal de verano.

Las primeras noticias del secuestro de Miguel Ángel Blanco llegaron a las redacciones pocos minutos después de las 18:30 horas, cuando el diario Egin recibió la llamada de la organización terrorista. ETA amenazaba con matar a un concejal del PP de Ermua —al que había secuestrado tres horas antes— si el Ministerio de Interior no accedía a agrupar a sus presos en las cárceles de Euskadi en un plazo máximo de 48 horas.

El ministro Jaime Mayor Oreja confirmó la misma noche del viernes que el Gobierno no cedería al chantaje de los terroristas. Fue en ese momento cuando comenzaron las movilizaciones. En Salamanca, el alcalde Julián Lanzarote convocó una concentración a la una de la tarde del día 11 en la Plaza Mayor para exigir la aparición con vida del joven. Ocho mil salmantinos se dieron cita en el ágora y los lazos azules hicieron acto de presencia en las solapas de los asistentes. En la concentración participó el presidente de la CEOE, José María Cuevas, quien retrasó una rueda de prensa para poder unirse al acto. Cinco minutos de silencio y un unánime aplauso dieron por concluida la concentración.

Por la tarde del viernes, jóvenes de todas las ideologías y movimientos asociativos de Salamanca participaron en un encierro de 24 horas en la sede del PP. Hacia las seis de la tarde, los jóvenes del Consejo de la Juventud de Salamanca, de Nuevas Generaciones, Juventudes Socialistas y Juventudes Comunistas colocaron una gran pancarta en el balcón con el lema: "Libertad para Miguel Ángel". 

El concejal Miguel Ignacio González actuó de portavoz de todos los jóvenes que participaron en el encierro, y en la larga espera se dieron curiosas situaciones como partidas de tute con parejas formadas por un socialista y un popular. Mientras tanto, en el País Vasco militantes de Herri Batasuna como Eduardo Egía o Patxi Zabaleta; familiares de víctimas de los GAL, antiguos miembros de ETA y hasta madres de algunos presos de la organización terrorista exigían a ETA que liberara a Blanco.

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Desenlace trágico

El sábado 12 de julio de 1997, los etarras Francisco Javier García Gaztelu, Txapote; Irantzu Gallastegui Sodupe, Nora; y José Luis Geresta Mujika, Oker; todos miembros del comando Donostia, introdujeron a Miguel Ángel Blanco en el maletero de un vehículo y lo llevaron a un descampado de Lasarte, en Guipúzcoa, donde le descerrajaron dos tiros, aunque no murió en el acto. Fueron dos hombres que paseaban por el campo en Azokaba los que descubrieron el cuerpo aún con vida. A pesar de los esfuerzos, no se pudo hacer nada por su vida y a las 05:00 horas de la madrugada del 13 de julio, Blanco falleció en la residencia sanitaria de Nuestra Señora de Aranzazu.

El trágico desenlace del secuestro del concejal conmocionó a Salamanca. Por la mañana del sábado 12, numerosas personas se concentraron en la Plaza Mayor en torno a las velas que, en forma de lazo, se encontraban depositadas frente al Ayuntamiento. Por su parte, dirigentes y simpatizantes del Partido Popular siguienro a lo largo de la tarde y con gran preocupación las noticias sobre el descubrimiento del cuerpo de Blanco. A las nueve de la noche comenzó una nueva concentración en el ágora, con la participación de más de 2.500 personas. Una gran pancarta con el lema "¿Y mañana qué?" expresó la indignación de los salmantinos.

El asesinato obligó al director de la cárcel de Topas, José Ignacio Bermúdez, a adoptar un dispositivo de seguridad especial para prevenir incidentes entre los presos comunes y los recursos etarras. Cuatro de los internos de ETA permanecieron en aislamiento mientras que otros siete tuvieron un seguimiento permanente durante varios días por parte de los funcionarios. Algunos presos comunes llegaron a portar el lazo azul en sus ropas, que se habían fabricado ellos mismos, en señal de repulsa ante la barbarie etarra.

La última gran concentración salmantina tuvo lugar a las 21:30 horas de la noche del domingo 13, cuando 15.000 salmantinos repudiaron a los asesinos. Las campanas doblaron en señal de duelo durante cinco minutos y el alcalde agradeció a los asistentes los gestos de solidaridad y aconsejó "no devolver el mal que nos han hecho a todos los españoles". El Consistorio declaró tres días de luto.

El funeral en Salamanca se celebró en la Catedral y fue oficiado por el obispo Braulio Rodríguez Plaza.

"Aquel día amenazaba más tormenta y la tormenta no se hizo de rogar. Aunque más de uno creyera en los milagros, el que más y el que menos no sabía que apostar. Porque el tiempo es el tiempo y él decide cómo, dónde y cuándo quiere descargar; y a las cuatro cayeron dos rayos, segando de cuajo otro árbol más. Y cayó hasta calarnos los huesos, y cayó fría y sin compasión, una lluvia violenta y salvaje hasta hacernos dudar de si existe Dios. Y cayó hasta calarnos los huesos, como perros de vía de tren, una lluvia violenta y salvaje, hiriendo la carne, abollando la piel" (Una lluvia violenta y salvaje. Revólver) 

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