Juanca Romero Hasmen/CRÓNICAS ATLANTES

Saltando los muros del camposanto

Saltando los muros del camposanto

Nueva entrega de la serie de Crónicas Atlantes

Una de las imágenes icónicas dentro del mundo de los enigmas, del interés por lo oculto y misterioso, es sin duda alguna la de un cementerio. El escenario de un buen número de nichos y lápidas a ser posible en mal estado de conservación, la niebla a ras de suelo y la noche apoderándose de los blancos muros, hacen buena cualquier historia firmada por Stephen King o por Óscar Wilde. 

Y si resulta inquietante este lugar, mucho más lo son aquellas personas que amparadas en las sombras de la oscuridad, se pasean por sus estrechos pasillos rodeados de cipreses con la intención de acercarse hasta una de las lápidas y a golpe de martillo y palanca, abrir el depósito funerario y hacerse con parte o todo el contenido de su interior. Desde tiempos pretéritos han existido los profanadores de cementerios, individuos que movidos por diferentes motivos, saltan los muros y usurpa aquello que evidentemente no les pertenece. ¿Qué es una profanación?

Si atendemos al significado que recoge la Real Academia de la Lengua, encontramos que un profanador es aquel que trata una cosa sagrada sin el debido respeto. Deslucir, desdorar, deshonrar, prostituir, hacer uso indigno de cosas respetables. Siendo más directos en la intención de este artículo, podemos señalar que un profanador de tumbas es aquella persona que traspasa los muros del cementerio con clara intención de manipular, romper o robar, parte del material que se encuentra en su interior, cosas tales como lápidas, nichos, cruces, y otras señas identificativas de la Fe. El acto de profanación no siempre culmina con la expoliación de los restos humanos que se encuentran en el interior de estos enterramientos, pudiendo en muchas ocasiones quedar en un cúmulo de destrozos o sustracción del material que conforma el nicho.

Muchos son y han sido los motivos por los que una persona asalta un cementerio. Hubo una época en la que la figura de los resurreccionistas cobró especial protagonismo; personas que se introducían en los cementerios, pala en mano y dispuestos a extraer del ataúd el cuerpo que lo ocupaba. Era una forma de ganarse la vida, llevando clandestinamente los cadáveres hasta el laboratorio de alguna facultad de medicina o comprador particular que lo sometía a la experimentación. Fue una práctica muy extendida, especialmente en Inglaterra, hasta tal punto, que llegó a desarrollarse un amplio abanico de ingenios para evitar de algún modo, la sustracción del cuerpo difunto. 

Fue en esa época cuando aparece la figura del cuidador de cementerios, que no sin miedo, recorría durante toda la noche los pasillos del recinto con clara intención intimidatoria ante posibles profanadores. También se dio el caso de familias completas que velaban la tumba haciendo turnos de vigilancia, al menos durante las primeras semanas hasta que el cuerpo comenzara a descomponerse y quedara inservible para la ciencia. También hay que sumar el enorme pánico que existía ante la posibilidad de ser enterrado con vida; casos en los que se colocaba campanillas por fuera del nicho y comunicadas a través de hilos colocados en los dedos del cuerpo difunto, para que en caso de que llegase a moverse después de enterrado, sonaran las campanillas y pudiese ser rescatado.

¿Le suena la expresión “salvado por la campaña”?, ahora conoce de dónde proviene. El miedo a que robasen el cuerpo difunto de un familiar, llegó hasta tal punto, que muchos eran enterrados en auténticas jaulas, enrejados que prácticamente envolvían el perímetro de la tumba durante los primeros meses del enterramiento. A medida que se estrechaba el cerco a los conocidos resurreccionistas o ladrones de cuerpos, éstos perfeccionaban sus técnicas, hasta el punto de abandonar la técnica de robo directo del cadáver ante la constante vigilancia por parte de los guardianes o familiares, y comenzaron a realizar túneles desde el exterior del cementerio hasta llegar al ataúd, agujereándolo y extrayendo por ahí al cadáver. 

Una vez en el exterior, cubrían nuevamente el agujero y de este modo el expolio quedaba en completa impunidad. Poco a poco estas prácticas delictivas fueron desapareciendo. En la actualidad, y al margen de puntuales actos de gamberrismo, el asalto y profanación de los camposantos está rodeado de un halo con marcado sentido ritual, al contrario de lo que se puede pensar, no tan cercanos al satanismo y si a determinadas prácticas relacionadas con el Palo Congo o similares, actuando desde la clandestinidad y con total impunidad en la mayoría de los casos. Sea como sea, cuando vemos asaltado el lugar de descanso de nuestros familiares fallecidos, nos embarga un sentimiento próximo a la violación, al asalto de parte de nuestra propia identidad, de nuestro arraigo a lo que nos pertenece desde el sentimiento más profundo y la Fe.

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