El crimen de Tardáguila: la Ramona, el criado y la cuadra de los gorrinos

El crimen de Tardáguila: la Ramona, el criado y la cuadra de los gorrinos

Domingo Laso de Vega se había casado con su prima, de nombre Ramona Laso, y vivía cómodamente en una casa de Tardáguila. Así comienza uno de los sucesos más brutales de la posguerra

"En el pueblo de Tardáguila
provincia de Salamanca
ha ocurrido esta tragedia
que causa pena escucharla..."


En 1952, en Tardáguila vivía Domingo Laso de Vega, un labrador que tenía muchos posibles. Se había casado doce años antes con Ramona Laso Laso, con la que compartía apellido porque era su primera carnal. Tenían una hija y llevaban una vida desahogada, ya que contaban con un amplio patrimonio común.

Pese a que el matrimonio era de conveniencia, acordado por compromisos familiares, la pareja no había gozado de una mala convivencia. Sin apenas desavenencias, todo cambió hacia 1951, cuando Domingo comenzó a adquirir malos hábitos. Jugaba y bebía mucho alcohol, lo que generó que Ramona comenzara a dudar de que esa rutina les llevara a la ruina.

En eso andaban Domingo y Ramona cuando entró a trabajar en la casa como criado de labranza un joven de Zamayón llamado Lino Herrero Rodríguez. Domingo le dio cobijo, mesa y su confianza; pero Ramona le dio algo más, ya que entre ella —que tenía entre 36 y 39 años, según las crónicas de la época— y el mancebo se inició una relación amorosa a espaldas del labrador, de la que nunca tuvo certeza.

La paciencia de Ramona llegó al límite cuando Domingo vendió un pajar propiedad de ella. Esto, sumado a la pasión que sentía por Lino, llevaron a la mujer a tratar de deshacerse de su marido de la forma más tajante. El libro Los procesos célebres seguidos ante el Tribunal Supremo en sus doscientos años de historia da buena fe de lo que tramó la mujer: "En el juicio se discutieron las diversas formas que Ramona habría propuesto a Lino para ejecutar su propósito. Matándole de cualquier forma y luego, para disimular un accidente, poner el cadáver en la vía del tren; otra, la de pegarle un tiro a la salida de una casa del pueblo, en donde Domingo hacía tertulia con varios amigos. La última, darle un fuerte golpe y hacerle pasar por encima de su cuerpo el carro de las vacas, aparentando un atropello".

El crimen

Finalmente, en la noche del 7 de abril de 1952, sobre las diez de la noche, Domingo cenó en su casa con Lino y Ramona. Aprovechando que el hombre se había quedado dormido sentado en una silla, uno de ellos cogió un hacha de cortar leña del corral de la vivienda y le descargó un terrible golpe sobre la cabeza. Y luego otro. La víctima murió al instante tras sufrir una gravísima fractura con estallido del cráneo y pérdida de masa encefálica —según la prueba forense— y sus asesinos ocultaron su cuerpo enterrándolo en la cuadra en la que guardaban a los cerdos, tras cavar un hoyo, envuelto en una manta. 

Para evitar sospechas, Lino y Ramona trataron de justificar la desaparición del finado, haciendo creer a sus vecinos que el esposo se había marchado a hacer un largo viaje, primero con parada en Lisboa y destino final en Buenos Aires. El criado viajó a Madrid y desde allí envió un telegrama haciéndose pasar por Domingo: "Llegué ayer Madrid, 5.30, salgo hoy destino Lisboa, estate tranquila, estoy bien; firmado, Domingo". 

Pero claro, en Tardáguila, un pueblo en el que no pasaba nada desde que Santa Engracia hiciera allí una parada camino de Zaragoza, la gente comenzó a sospechar. Pasados unos meses de la fuga de Domingo, Lino usurpó su puesto y asumió las funciones de su patrón. Los familiares del labrador, con la mosca detrás de la oreja, presentaron una denuncia. La investigación policial acabó con el hallazgo del cadáver y la detención de los amantes.

El juicio

La Audiencia Provincial de Salamanca condenó el 17 de mayo de 1955 a Ramona Laso, como autora de un delito de parricidio, a la pena de muerte, atribuyendo a la mujer la mayor responsabilidad del crimen por considerarla el cerebro del plan, debido, según la sentencia, al "vehemente temperamento lujurioso, casi enfermizo" de la mujer. La defensa de Ramona trató de demostrar que la convivencia familiar era un calvario porque Domingo bebía y pegaba a su mujer. Pero no surtió ningún efecto. Al revés, el tribunal franquista determinó que, si su marido le levantaba la mano, debía ser para "enderezar la conducta lujuriosa de la mujer".

Finalmente, un indulto le hizo eludir el garrote y fue condenada, como Lino, a la pena de 30 años de reclusión. Ambos tuvieron que pagar 50.000 pesetas a los herederos de la víctima. Para entonces, la relación entre Ramona y Lino era nula. Quizás porque la recompensa económica que la mujer ofreció al joven tras morir Domingo no fue satisfactoria; o no pudieron sobrellevar la culpa del homicidio. Los dos acabaron sus vidas en el más absoluto olvido.

La leyenda

El crimen de Tardáguila pasó a la posteridad como uno de los sucesos más luctuosos de la gris posguerra española, junto a los asesinatos cometidos por El Arropiero o los de la envenenadora de Valencia. "Mi primer contacto con la poesía eran las visitas al pueblo de algún ciego que cantara romances como el de El Crimen de Tardáguila", dijo en su día el poeta salmantino José Miguel Ullán. El recordado Adares también recogió en sus recopilaciones dos coplas que relataron fielmente el suceso. 

"Ramona le dice a Lino,
con muchísimo salero:
Matamos a mi marido
y nos vamos al extranjero"
 

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