El crimen del cura de Galisancho: Riscas, Capolo y el amigo que les delató

El crimen del cura de Galisancho: Riscas, Capolo y el amigo que les delató
El crimen del cura de Galisancho: Riscas, Capolo y el amigo que les delató

Galisancho, municipio cercano a Alba de Tormes, vivió hace 124 años uno de los crímenes que más repercusión social generó en la sociedad salmantina de la época. También fue la última vez que en la villa ducal se construyó y dio uso al temido patíbulo

"Lo vieron estar cenando
por la ventana del huerto
y a las doce de la noche
don Santiago estaba muerto"
 

Galisancho, municipio cercano a Alba de Tormes, vivió hace 124 años uno de los crímenes que más repercusión social generó en la sociedad salmantina de la época. También fue la última vez que en la villa ducal se construyó y dio uso al temido patíbulo. Los hechos tuvieron lugar un frío 20 de diciembre de 1895, cuando Santiago Santero, párroco de la localidad, apareció muerto en su vivienda. La historia, por lo tanto, comenzó horas antes...

...cuando, según recogió el sumario del juicio celebrado en los primeros días de abril de 1987, tres vecinos de Garcihernández montaron a la grupa de otros tantos caballos y pusieron rumbo a Galisancho con la intención de llevar a cabo un robo. Los tres individuos se llamaban Blas Vicente Gómez, labrador de 33 años; Antonio Polo Vicente, zapatero de 23 años y Ángel Sierra Flores, albañil también de 23 años. Sin embargo, estos tres hombres pasaron a la posteridad por sus motes: Riscas, Capolo y Tapiero, respectivamente. Se dedicaban al juego, por lo que perdían mucho, y en alguna madrugada de timbas habían escuchado que si una persona de la zona debía tener dinero, esa era el cura de Galisancho. Tanto tenía como para pasar un buen invierno. 

De camino a Galisancho, los tres hombres se encontraron con Bernardino Martín García, jornalero de 31 años y apodado Cabero, natural de La Lurda pero residente en Aldeaseca de Alba, con el que les unía amistad y al que le contaron sus planes, invitándole a ir con ellos. Al negarse Cabero, finalmente los otros tres le obligaron a seguirles a punta de navaja, no se fuera a ir de la lengua.

Llegaron sobre las doce de la noche a su destino y allí todo estaba en silencio. Al amparo de la oscuridad, saltaron la tapia del corral de la casa del cura y entraron a la cocina, en la que se encontraba un joven de 13 años de Galleguillos que se dedicaba a asistir en las labores del hogar a don Santiago. El chaval fue convenientemente amenazado para que se estuviera callado.

El sacerdote dormía plácidamente en su alcoba cuando fue sorprendido por los intrusos. Riscas y Capolo le amordazaron fuertemente con un pañuelo para que no gritara, luego le ataron de pies y manos y le cubrieron con las mantas de la cama. Después registraron la casa y se hicieron con un botín de 78 reales. Aprovecharon la coyuntura para dar buena cuenta de la despensa del párroco, y antes de salir de la casa agarraron una escopeta que había en la vivienda, un reloj de bolsillo de plata y un embutido para el camino de vuelta. Seguramente lo que no esperaban es que Santiago Santero muriera asfixiado como consecuencia de la mordaza y de las mantas con las que había sido cubierto.

La investigación

Por orden del juez titular del Juzgado de Alba, Alejandro Gutiérrez Barrios, la Guardia Civil se puso manos a la obra y se entrevistó con todo el pueblo y muchos moradores de los de alrededor. Pasaron varios meses de largas entrevistas con sospechosos y laboriosas averiguaciones, y un día de aquellos Cabero se quebró y lo contó todo. 

Riscas, Capolo y Tapiero negaron su autoría, pero Cabero les inculpó. El juez ordenó diversos careos y, finalmente, el propio ayudante doméstico del párroco reconoció a los asaltantes. Acorralados, acabaron por confesar el crimen.

El juicio

La vista oral tuvo numerosas sesiones, desarrollándose entre el 5 y el 14 de abril de 1897 en la antigua Audiencia Provincial de Salamanca. La expectación fue máxima y también acudieron a presenciar el juicio gran número de abogados y numerosos estudiantes de Derecho de la Universidad. Cabero ratificó lo dicho y el joven asistente del párroco volvió a señalarlos. Los otros tres acusados afirmaron haber confesado tras recibir terribles torturas. Al final, la defensa de Cabero pudo constatar que éste había acudido a la casa del párroco amenazado por los que consideraba sus amigos, por lo que fue exculpado.

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Riscas, Capolo y Tapiero fueron condenados a la pena de muerte, que debía ser ejecutada mediante garrote vil. Semanas después de la sentencia, la condena de Tapiero fue conmutada por la de cadena perpetua. Según se recoge en el blog Entre el Tormes y Butarque, que llevó a cabo una gran investigación sobre el crimen, Tapiero cumplió condena en la cárcel de Mahón, en la que permaneció un tiempo hasta que pudo fugarse. Se dice que mantuvo correspondencia con su familia desde América, continente en el que se le perdió la pista.

La ejecución

"Los reos no han pendido las esperanzas de que se les indulte, y al salir rogaron al público que presenciaba su partida intercediera en su favor para que se les conmutara la última pena. Su despedida de sus compañeros de prisión fue conmovedora. Besaron a varios de los que mayor intimidad tenían con ellos, y Riscas, con gran entereza, se despidió diciendo: "hasta el valle de Josafat". Uno de los vigilantes de la cárcel, que tiene un hijo en Cuba, trataba de alentarlos hablando de las desgracias que los pobres soldados sufren, y era conmovedor ver a los dos desgraciados olvidarse de su terrible situación para recordar conmovidos las penalidades de la campaña. Riscas, cuya instrucción es más completa que la de su compañero, decía que sentía la muerte miserable que le aguardaba, por el baldón que con ella iba a hacer recaer sobre su honradísima familia y por el pesar que a todos los suyos, pero especialmente a un hermano sacerdote, iba a causar", contaba con todo lujo de detalles la edición de El Adelanto del 9 de diciembre de 1897.

Patu00edbulo Alba

El patíbulo fue levantado en la explanada del Teso de Alba de Tormes, muy cercana al Castillo. En el tren llegó a la villa el verdugo desde Cáceres, que se llamaba Salustiano de León. Debido a su profesión no era bien recibido en ningún sitio. Tampoco lo fue en Alba. El Adelanto recogió que "el trayecto que media entre la estación y el pueblo tuvo que andarlo a pie, por negarse los dueños de los carruajes de alquiler a conducir en aquellos al antipático funcionario". 

Verdugo

El primero en encontrarse con el verdugo fue Capolo. "No le pido a usted más que me dé buena muerte; no tiemble, parece que tiene medio", le dijo a Salustiano, que tardó cinco minutos en partirle el cuello. Después fue el turno de Riscas, que bajo la atenta mirada de cientos de albenses y señalando hacia Garcihernández, dijo: "Adiós para siempre. Santa Teresa me valga".

Ningún vecino de Garcihernández se dio cita aquel día de diciembre en Alba de Tormes. La tradición oral afirma que Riscas llegó a componer una copla, en su estadía en la cárcel, que relata el crimen.

"Con el verdugo me sueño
si me duermo algún momento, 
pasando miles de penas, 
pasando miles tormentos"


Otros crímenes publicados: El crimen de la sindicalista, El crimen de la Catedral Nueva, El crimen de Cespedosa, El crimen de la doctora Ginel, Crimen y Castigo en Salamanca, El crimen de Arapiles, El crimen de Castellanos de Villiquera, El crimen de Tardáguila, El crimen de La Hoya.

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