El accidentado viaje inaugural del primer autobús urbano de Salamanca

El accidentado viaje inaugural del primer autobús urbano de Salamanca

El domingo 21 de diciembre de 1924 fue un día histórico para Salamanca, porque sus habitantes pudieron utilizar por primera vez los autobuses de línea. Sin embargo, la ciudad carecía de pavimento en sus calles, ni siquiera lo tenían las principales, y la conducción era muy complicada. De este modo, no tardaron mucho en comenzar los problemas

“Sí, lector. Ayer en la Plaza Mayor, a la hora del paseo de doce, cuando mayor era la animación y cruzaban nuestro monumental centro urbano coches y carruajes, cerré los ojos, hice un esfuerzo de imaginación y, corroborando a esto el bullicio de los domingueros paseantes, soñé y creí estar transportado en breves momentos a la Quinta Avenida neoyorquina, que yo en mis momentos de fiebre de viajes me he imaginado. Y el motivo de este esfuerzo de imaginación era el campaneo estridente de los autobuses que ayer comenzaron a circular en Salamanca”.

El domingo 21 de diciembre de 1924 fue un día histórico para Salamanca, porque sus habitantes pudieron utilizar por primera vez los autobuses de línea. Lo que ahora consideramos un servicio básico y clave en el funcionamiento de cualquier ciudad, por entonces era un ejemplo de modernidad, una demostración de que el futuro ya estaba aquí. Y claro, no era para menos la emoción del redactor de El Adelanto que tomó partido en aquel primer viaje inaugural.

El servicio fue puesto en marcha gracias a un ciudadano acaudalado llamado Joaquín Guevara Roldán, que era sargento e ingeniero, y que se convirtió en el primer concesionario. Y no fue un autobús el que realizó su aparición por primera vez en la capital para el deleite de los salmantinos. Fueron dos, que se construyeron en la factoría Moneo y que tenían un total de 20 plazas y 16 asientos.

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Pero volviendo a aquel día, la inauguración fue un verdadero acontecimiento. “El público se abalanzaba a los autobuses y en todos los viajes que realizaron fueron abarrotados, y los hubo que por la sola satisfacción de montar en automóvil y desquitarse de lo muchos años que hace que caminan a pie por nuestras calles, llegaron hasta Tejares y volvieron a la estación, haciéndose la ilusión de que iban, casi casi, en un tranvía de Valladolid”, publicaba aquella vieja crónica. A la bendición de los dos vehículos, realizada por el párroco de la iglesia de San Martín, no faltaron las fuerzas vivas de la ciudad, que después disfrutaron de un lunch en el Novelty.

A las dos de la tarde comenzó el servicio ordinario, que costaba diez céntimos por viaje. Los conductores de aquellos dos autobuses en su jornada inaugural se llamaban Gerardo Miñambres y Dionisio Martín; mientras que los cobradores de los billetes fueron Isidro Rodríguez y Primitivo García.

Una ciudad sin pavimento

Claro, en 1924 Salamanca no era precisamente una ciudad moderna en cuanto a infraestructuras, y menos en materia de tráfico. Todavía no se habían impuesto los automóviles, por lo que las calles, en su mayoría, no estaban pavimentadas. Entonces, tras la puesta en marcha del servicio de autobuses, el tema principal en los periódicos salmantinos de los últimos días de diciembre de aquel año era el estado de las calles.

“Las constantes quejas del vecindario y la implantación ahora del servicio de auto tranvías, que significa una evidente mejora para Salamanca, dan relieve al problema de la pavimentación, imponiéndose la necesidad de abordarlo al menos en las vías principales”, contaba El Adelanto el 27 de diciembre de 1924, haciendo énfasis en que “las últimas lluvias hicieron bien palpable esta necesidad”, pero que no se podía pensar de momento en abordar la solución total, "porque el hecho requiere desembolsos de tal importancia que resultan imposibles para cualquier municipio”.

Así pues, los cronistas consideraban de “mayor urgencia” las calles Zamora, Toro, San Pablo y la Rúa hasta la Catedral, ya que “en ellas se concentra la corriente principal de tráfico”. Por lo tanto, si el centro no estaba pavimentado, Tejares, la última parada del autobús, era una quimera en cuanto a carreteras dignas.

El accidente

“A las veinticuatro horas de circulación, el autobús que hace el recorrido de Tejares a la Plaza Mayor ha sido objeto de una importante avería”, relataba el mismo periódico en la edición del martes 23 de diciembre de 1924. A las cuatro y media de la tarde, el bus salía del —por entonces— pueblo, cuando el conductor, Telesforo Bueno, divisó un automóvil de línea que circulaba en la misma trayectoria, pero en dirección opuesta.

“Entonces se desvió éste para dirigirse por donde debía marchar, pero sin poderse explicar nadie el motivo, cuando se colocó enfrente del autobús, hizo un rápido viraje, llevándose por delante toda la plataforma del autobús”. No contento con ello, el coche se dio a la fuga. El suceso, pese a que no dejó heridos, fue denunciado en la Comisaría de Policía y el autobús no pudo seguir funcionando. Sólo llevaba un día de servicio.

“Es verdaderamente lamentable este suceso”, recogía El Adelanto. Sin embargo, el periódico le pedía a sus lectores que estuvieran tranquilos, ya que “en el garaje de los señores de Moneo están trabajando 25 hombres en el arreglo de la plataforma. Como por la línea de Salamanca-Tamames corren diferentes automóviles de viajeros, sábese que el causante de la avería es uno marca Renault”.

Por suerte, el autobús fue reparado con presteza. Pocos días después, el mismo diario anunciaba que, ante “tan buen éxito”, la empresa concesionaria ya tenía el propósito de ampliar la flota para que Salamanca contara pronto con otros dos autobuses más con mayor capacidad. “Esto se nos dice y celebraríamos muy de veras la exactitud de la noticia”, concluía el periódico.

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