​Luis Esteban, comisario jefe de Salamanca, presenta ‘Moroloco’: “Es una novela novedosa desde el punto de vista del narcotraficante y que huye del tópico”

​Luis Esteban, comisario jefe de Salamanca, presenta ‘Moroloco’: “Es una novela novedosa desde el punto de vista del narcotraficante y que huye del tópico”
​Luis Esteban, comisario jefe de Salamanca, presenta ‘Moroloco’: “Es una novela novedosa desde el punto de vista del narcotraficante y que huye del tópico”

El máximo responsable de la Policía Nacional en Salamanca publica su cuarto libro, que trata el problema del narcotráfico en Campo de Gibraltar. El autor destaca en una entrevista para SALAMANCA24HORAS que cualquier parecido con la realidad “debe ser” ficción, y se congratula porque la situación que relata en la obra se haya revertido tanto en los últimos años

¿En qué momento se decide a escribir Moroloco o una novela de narcotraficantes?

La novela me vino a la cabeza al poco tiempo de estar en Algeciras, porque ahí descubrí un mundo delincuencial, y mira que llevo años sirviendo a la Policía, que desconocía. Y que además pensé que desconocía la mayoría de los españoles.

Por ello, cuando vi que la situación era novelable, creí que merecía la pena redactar algo al respecto para dar cuenta de la situación del narcotráfico masivo que había, porque ahora se ha corregido mucho, en Campo de Gibraltar. Y luego la lucha callada y prosaica y diaria que llevaban a cabo los policías nacionales desplegados en la zona.

Dice que cualquier parecido a la realidad es ficción, pero la situación sí que es similar.

Lo que es ficticio es el argumento, la trama en sí, y los personajes. Tanto el argumento como los personajes están tomados de argumentos y personajes reales, pero ninguno de los argumentos o subtramas se corresponde fielmente con lo que ha ocurrido realmente y, en el mismo sentido, ninguno de los personajes es una copia fiel de ninguno de los delincuentes o policías que trabaja en la zona.

Pero el contexto es absolutamente verídico. Bastante aproximado al real.

Me llama la atención la narración de la novela, que está desde la primera persona de Moroloco, el narcotraficante, algo que no suele ocurrir.

Es un poco por romper el tono monocorde de la novela. Uno, particularmente, procura escribir siempre la novela que le gustaría leer. A veces incluso lo consigue, aunque es raro (risas). Otra cosa es que consiga escribir la novela que le gustaría leer a los demás, eso ya es más complicado.

A mí me gusta que las novelas tengan ciertas variaciones tanto en el narrador o alternando los tiempos, el pasado con el presente, etcétera. Eso rompe la monotonía y te vuelve a despertar y te vuelve a meter en la novela. Y el hecho de que el narcotraficante hable en primera persona es para ofrecer la perspectiva que ofrece el traficante.

Porque generalmente, en el ‘género negro’, se suele ofrecer el punto de vista en primera persona del policía o de los que luchan contra el mal, y rara vez se ofrece el punto de vista del delincuente. Quería salirme un poco de los tópicos del género y ofrecer esa versión en primera persona del delincuente.

Uno tiende a identificarse con Moroloco, ya que además de contar sus aspectos malos, cuenta las cosas buenas que hace.

Me gusta mucho que me digas eso, porque es justo el efecto que pretendía conseguir. Que el lector se identifique, hasta cierto punto, con el traficante, e incluso que desee que al traficante, no te voy a decir que le vaya bien, pero le coge cierto apego. Cuando cuenta las cosas en primera persona, termina cogiéndole apego.

Y eso se supone que debe provocar al lector cierta lucha ética. Cómo puede ser que casi estoy deseando que le vaya bien al traficante cuando este es el que mate, el que delinque, el que trafica… Eso es lo que quería conseguir. Que el lector se sintiese próximo al delincuente y eso provocase algún tipo de dilema moral o ético.

Ocurre que en este tipo de género, el identificarse con el delincuente suele conllevar que se rechace al comisario. Sin embargo, en este caso no existe ese desapego.

Para que un lector o un espectador se identifique con el malo, una de dos: o el autor no ha estado lo suficientemente hábil; o el espectador o lector tiene seria deficiencias éticas (risas). Lo normal es que, efectivamente, la inmensa mayoría de la gente se identifique con los que, digamos, operan entre las fueras del bien y no con los que operan en el alcantarillado. Pero siempre es interesante ofrecer otra perspectiva. Y es lo que he intentado en esta novela.

Centrándonos en el contexto, usted como alguien que ha vivido allí, ha visto a la población, sobre todo ciertos núcleos, aceptar el narcotráfico de hachís.

Hay que aclarar que la inmensa mayoría de ciudadanos de Campo de Gibraltar son de una honestidad equiparable a la de cualquier parte de España. Dicho esto, sí que es verdad que en algunos barrios marginales, como El Saladillo, que es el barrio natal de Moroloco; y algunas zonas, como La Atunara, en La Línea, han tenido una relación intensa con actividades delictivas. No porque sus habitantes tengan ninguna propensión natural al delito sino porque sus dificultades económicas, culturales, sociales, etcétera; y luego, esa proximidad de la droga, posiblemente les hayan empujado hasta cierto punto a ello. Pero vamos, con carácter general, los habitantes de Campo de Gibraltar son exactamente iguales desde el punto de vista ético que los de Zaragoza, Salamanca o Logroño.

Ese rechazo hacía las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, ¿existe de verdad? ¿Hay agresiones?

De hecho, las ha habido. No narro nada que no haya existido. Pero insisto, si uno va a El Saladillo, la mayor parte de sus vecinos son trabajadores honestos y de moral intachable, o igual de tachable que la nuestra. Pero sí que es  verdad que la minoría dedicada al crimen ahí es más amplia que la minoría dedicada al crimen de Les Corts en Barcelona o de Moncloa en Madrid.

Sí que es cierto que ha habido enfrentamientos duros entre las Fuerzas de Seguridad en ocasiones, sobre todo en barrios de La Línea de la Concepción, con algunas personas dedicadas al narcotráfico. Desde el punto de vista utilitario, es comprensible, porque ellos defienden su modus vivendi, su forma de vida, lo que les pone el pan encima de sus mesas, que es el contrabando de tabaco, de hachís, etcétera.

Entonces, esa minoría sí que es bastante beligerante y opone resistencia cuando actúan las Fuerzas de Seguridad. Pero insisto, es una minoría.

En el Moroloco también refleja la corrupción en todos los estamentos del orden. ¿Es real o está exagerada?

Corrupción existe en todos los estratos de la sociedad, en todos los gremios. Dios, en su infinita y enorme sabiduría, distribuyó a los corruptos igual que a los buenos, a los listos y a los tontos. En idénticas proporciones en todos los gremios, sexos, nacionalidades…

En el caso concreto de Campo de Gibraltar, ahí la tentación es más grande. Hay mucho más dinero en juego. Se mueven flujos de dinero impensables en Extremadura, Castilla y León y en otras zonas de España. Pero hay que dejar claro que el porcentaje de funcionarios, como pueden ser policías o guardias civiles, jueces, fiscales… que sean corruptos, desde el punto de vista estadístico, es irrelevante. No llega ni al 1%.

Lo que pasa es que ese 1%, para los intereses espurios del crimen organizado, es muy interesante. Porque no se trata de coger a cualquier patrullero, se trata de coger a alguien que tenga acceso a las bases de datos. A lo mejor uno o dos policías pueden ser letales para quienes luchan contra el narcotráfico y una gran oportunidad y una gran ventaja para los que operan.

Pero insisto, es una minoría, se ve continuamente cómo los grupos de asuntos internos tanto de Policía Nacional como de Guardia Civil, cada x tiempo, efectúan, si se me permite la expresión, una ‘limpia’. Hace poco, por ejemplo, cayó detenido, y ojo, presunción de inocencia hasta que se demuestre lo contrario, un capitán de la Guardia Civil. Nada más y nada menos que el jefe de la Policía Judicial de la Guardia Civil en Campo de Gibraltar.

Eso, que por un lado puede suponer cierto desasosiego para los ciudadanos, hay que mirarlo desde la otra óptica. La propia Guardia Civil, al igual que la Policía Nacional, que también tenemos nuestros garbanzos negros, genera los propios anticuerpos para luchar contra estos indeseables. Pero siempre presunción de inocencia.

También habla de la corrupción política, que igual es más conocida entre los ciudadanos.

Es una licencia literaria. Los políticos, que tienen también su pequeño porcentaje de corrupción, como el resto de los ciudadanos, porque los políticos no salen de Marte, sino que son nuestros hermanos, primos o novias; ese pequeño porcentaje de políticos corruptos, la verdad es que no tienen relación con el narcotráfico. Los políticos que tienen a delinquir se meten en andurriales distintos a los del             hachís o la cocaína.

Quizá eso ocurra más en otros países como Sudamérica.

Sí claro. El libro describe cierta situación existente. Ahora ya, si me permites, tendré que reconocer que la situación ha cambiado drásticamente a bien. Pero esa corrupción que existía y existe, que está justificada que nos asuste, no tiene comparación con la que existe en México, Brasil o Colombia.

En España, incluso en los peores momentos del narcotráfico, en los más álgidos del narcotráfico en Campo de Gibraltar o Galicia, siempre ha funcionado el Estado de Derecho. La Policía ha actuado, ha detenido a los malos, los ha puesto a disposición judicial, se ha dictado sentencia y se ha cumplido sentencia. Esto ha ocurrido siempre. Y quien se dedicaba al narcotráfico, ahora y antes, caía y pagaba su pena. Ha estado plenamente el Estado de Derecho.

Lo que ocurre es que, para los ciudadanos, igual la percepción era distinta. Tú te vas con tu hija a la playa de El Rinconcillo, en Algeciras, o a la playa de Levante en La Línea y ves cómo están alijando a plena luz del día 3.000 kilos de hachís y, francamente, tú sientes que el Estado de Derecho flaquea. Cuando ves que están atropellando a policías nacionales los malos en su huía, a guardias civiles, causándoles heridas, cuando ves tiroteos en tu comarca mucho más de lo habitual, tú sientes que el Estado de Derecho flaquea.

Pero lo cierto es que los fundamentos del Estado de Derecho nunca han flaqueado. Bien es cierto que la convivencia era difícil. Y una vida normal en Campo de Gibraltar podía ser más difícil compara con otras zonas del país. Ahora sí que es verdad, y esto es importante resaltarlo, que de un par de años a ahora esto ha cambiado sustancialmente. Porque el Estado ha adoptado una serie de medidas inteligentes, razonables y comedidas, como el incremento de recursos humanos y de recursos materiales, mejora de los protocolos, de la coordinación de las FCSE… que han dado como resultado, incluso mucho antes de lo que pensábamos, que se haya revertido la situación completamente.

Cuando antes podían estar entrando en Campo de Gibraltar cada día cuatro o cinco lanchas con 2.000 o 3.000 kilos de hachís, ahora no sé lo que estará entrando, pero no creo que esté entrando una lancha a la semana. Mucho menos, posiblemente. Se ha reducido drásticamente la entrada de hachís, eso es un hecho incuestionable.

Pero eso no quiere decir que la cosa haya cambiado de forma estable y se vaya a quedar así. El crimen organizado flaquea, se esconde, cambia de lugar, de zona de actuación, pero está permanentemente activo. Y esa zona (Campo de Gibraltar) es especialmente propicia para que el hachís e incluso la cocaína entren, porque es la zona de Europa que está más cerca de Marruecos, que es el mayor productor mundial de hachís. Eso hace que ellos (los traficantes) corran mucho menos riesgos con 20 o 30 millas náuticas que si tienen que hacer 150 para ir a Huelva o Málaga. Además hay un 30% de paro en la zona, que eso no ayuda a que la gente busque trabajos honrados. Tampoco digo que sea una justificación, pero es un factor más a tener en cuenta.

Y luego, la relación que ha habido entre determinados sectores marginales de Campo de Gibraltar y el contrabando con la colonia británica, de café, azúcar y penicilina hace muchos años; luego ya fue el tabaco y, al igual que ocurrió en Galicia, se aprovecharon esas redes y esa estructura logística para meter el hachís y, más adelante, la cocaína.

Todos esos factores logísticos hacen de campo de Gibraltar un caldo de cultivo idóneo. Ahora el Estado le ha dado la vuelta a la tortilla completamente. Pero hay que estar siempre alerta porque es una zona muy propicia para que se reproduzca nuevamente el fenómeno del narcotráfico.

En los últimos años también se ha producido un cambio en la legislación, viene reflejado en el libro. Aun así, ¿se debería seguir endureciendo para que los grandes narcos no salgan tan impunes?

Yo no diría que salen impunes. Nosotros, como país democrático, tenemos que conciliar una seguridad ciudadana y una justicia operativa con la presunción de inocencia, con el principio de legalidad, con el derecho a un juicio justo, con el fin rehabilitador de la pena, que está constitucionalmente garantizado… Conciliando todos esos factores, España es un país muy seguro, no sólo en lo relativo al narcotráfico sino en general; y España es uno de los países de la Unión Europea con mayor ratio de presos en relación al número de habitantes, con una tasa delincuencial por debajo de la UE. Por lo tanto, somos un país que, desde el punto de vista punitivo, somos severos y somos estrictos.

Yo luego entiendo que cada ciudadano tiene su percepción y yo la respeto y, en mucha medida, la puedo compartir. Se han tomado decisiones judiciales muy inteligentes y que han dado buenos frutos, como el declarar las ‘narcogomas’ como bien de ilícito comercio y, por tanto, bien de contrabando, que nos faculta detener y poner a disposición judicial a quien las guarda, las custodia, las pilota, etcétera. Eso, para ellos, ha sido un obstáculo operativo muy relevante.

¿Qué haya que aumentar las penas o no? Yo soy Policía Nacional, y debo mostrar una escrupulosa neutralidad en todos los temas que puedan tocar aspectos políticos.

Pero también es licenciado en Derecho.

Sí, por eso he hecho un poco una perspectiva de cómo creo que está la situación ahora mismo desde el punto de vista penal. La Policía y la Guardia Civil pueden proponer, a través de determinados conductos y con mucho cuidado, determinadas mejoras en las leyes procedimentales. Pero que corresponda penar más o menos a los narcos, no soy yo quien debe decirlo. Tengo mi opinión, pero son nuestros legítimos representantes elegidos democráticamente quienes deben de decirlo.

También se toca el tema de la prensa. ¿Metemos mucho las narices en ciertos asuntos?

Que metéis las narices es cierto y, además, es vuestra obligación. El periodismo se tiene que meter de lleno en todos los temas. ¿Meter la pata? Ocurre que hay una lucha de amor odio entre las Fuerzas de Seguridad y la prensa. Porque nosotros tenemos que conciliar dos circunstancias que, a veces, son difícilmente conciliables: la debida reserva de nuestras investigaciones con el derecho a la información que también está constitucionalmente previsto y protegido.

Vosotros siempre aludís, y tenéis razón, a ese derecho a la información. Y es el que siempre os ampara para realizar vuestro trabajo y el que nos ampara también a nosotros para dar ciertas informaciones a la prensa. Pero claro, debemos hacer convivir esa obligación con la debida reserva de nuestras investigaciones. Por eso, entre periodistas y policías siempre hay esa relación a veces ambivalente.

¿Y somos demasiado sensacionalistas?

Eso es evidente, pero claro, es que también, ¿podéis hacer otra cosa? En la actual coyuntura económica, con los diarios digitales, que os financiáis económicamente a través de la publicidad, que es tanto mayor cuanto más clics conseguís; los de papel, que tienen que vender papel, y vosotros tenéis que vender clics. Y para eso hay que llamar la atención de un lector que tiene para elegir entre una cantidad ingente de rotativos que antes no tenía. Antes había cuatro o cinco periódicos de alcance nacional y punto. Ahora, si sumas los digitales y los de papel, ¿cuántos hay? No sé, si es que son decenas, decenas y decenas. Claro, entiendo que, en esa lucha por la supervivencia, uno, dentro de la ley, hace lo que buenamente puede (risas).

PORTADA MOROLOCO

Turno ahora para los personajes. ¿Cuánto de Luis Esteban hay en Moroloco y cuánto en el comisario Zabalza?

En Moroloco, nada (risas). Hay un truco narrativo que utilizan algunos autores y es que, alguno de los pensamientos que ellos puedan tener, los ponen en boca del malo del libro, por lo que siempre se pueden desvincular, ya que es como si lo dijera el malo, no yo. Alguna de las cosas que dice igual sí que tiene una remota coincidencia con algún pensamiento mío. Pero vamos, en general, estoy mucho más del lado de Zabalza que de Moroloco.

Pero no soy ninguno de los dos, ni mucho menos. Además, en previsión de que alguno pudiera pensar que yo me había erigido en protagonista a través de Zabalza, hago aparecer un personaje que se llama Luis Javier Estévez. Yo me llamo Luis Jesús Esteban, que hay una similitud fonética evidente, y es el verdadero titular de la plantilla y que está de baja por depresión y, por tanto, se quita de en medio. Un truco narrativo para dejar bien claro que yo no soy, ni de lejos, el protagonista de la novela.

El protagonista de la novela está inspirado en muchas cosas pero, principalmente, en un compañero más antiguo que yo, porque tengo mucha admiración y mucho respeto como profesional y como persona.

Sí que pinta a policías entregados a la causa, que se desviven por ella. Si bien es cierto que Moroloco habla de tres tipos de policías. ¿Los hay como tal?

Moroloco habla de tres tipos de policías pero no dice cuánto porcentaje hay en cada uno de los tres apartados. Una de las cosas de las que yo me he sentido más satisfecho y que me han renovado, aunque siempre he estado muy orgulloso de ser Policía Nacional y nunca he perdido la vocación, pero me la ha renovado y me la ha multiplicado el encontrarme con una plantilla de la Policía en Algeciras y en Campo de Gibraltar ejemplar. El nivel de entrega, de compromiso, de arrojo, porque hay ocasiones en las que el funcionario se está jugando la vida. Lo que he visto ahí es, francamente, admirable.

Y esa es una cosa que he intentado manifestar en la novela y que intento manifestar siempre que hablo con la prensa. Porque lo que es, es, y hay que poner en valor las partes buenas que tiene cada institución. Es verdad que hay un pequeño porcentaje corrupto, sí, pero es muchísimo mayor el porcentaje de policías entregadísimos a su profesión.

Y en el caso de Campo de Gibraltar, hay compañeros que han recibido tiros y, en el mismo día, siguen patrullando. No les han herido, evidentemente, pero muestra un arrojo y una dedicación envidiable. Lo que he visto en la plantilla de Algeciras, no sólo en el tema de narcotráfico, sino en el tema de la brigada de información y en el tema de gestionar el maremágnum de la inmigración ilegal, que hay temporadas en las que es absolutamente desbordante… Y sin embargo se entregan, vienen, hacen horas extra sin pedir recompensa ni que se les resarza. Hay una unidad y un sentido de vocación y de servicio a España que es admirable.

Moroloco y Zabalza comparten entre sí ciertas características, tanto personales como profesionales.

Los dos comparten una característica fundamental: el amor a su familia. Aunque uno de los dos es bastante más proclive a experimentar fuera del hogar. Y los dos son magníficos profesionales en lo suyo. Por eso la lucha entre los dos es una lucha titánica. Si enfrentamos a un gran profesional de la Policía con un delincuente chapucero, digamos que hay poca chica narrativa. Lo bueno es enfrentar a dos fantásticos profesionales, cada uno en su rama. Evidentemente, en cuestiones éticas no son comparables. Uno es de una moralidad ética intachable y otro es un perfecto sinvergüenza.

La novela, personalmente, me recuerda a la trilogía de Don Winslow que comienza con El Poder del Perro.

De hecho, en el arranque, cuando me puse a escribir la novela, me vino a la cabeza El Poder del Perro, que también me lo he leído. Y de forma natural me surgió un arranque un poco parecido en el estilo lingüístico. Que fuese muy directo, evitando circunloquios y florituras literarias, también un poco yendo al grano.

Desde el punto de vista estilístico he intentado que fuese una prosa austera, entendible, correcta. Un poco, un ‘toreo lento’.

Y con lenguaje de la zona y del gremio, pero completamente explicado.

Sí, con argot de la zona. He intentado que argumentalmente fuera una novela movida, rápida; y que el estilo fuera un poco, utilizando un símil taurino, un ‘toreo lento’. Más acompasado. Procuro cuidar el uso de las palabras, el uso lingüístico. En fin, soy bastante obsesivo con eso y no sé si lo consigo, pero al menos lo intento (risas).

Usted, con experiencia televisiva, ve capaz que esta novela sea carne de serie o película.

Ojalá (risas).

Ahora están triunfando series y películas de este género.

Es una buena pregunta esa, porque algún editor te dice, y no ha sido este caso, que escribas pensando en una película, que pueda ser extrapolable. Yo creo, francamente, que eso es un error. A lo mejor es un gran acierto desde el punto de vista económico, porque si sale una película y es exitosa, has triunfado.

Pero desde el punto de vista literario, es un error que, además, se está cometiendo muy a menudo. Yo observo que hay novelas que el argumento es muy movido, muy trepidante, está muy bien… pero claro, eso no es una novela. Eso es un guion de cine, donde no se cuida el estilo, no se cuida la pureza del lenguaje, donde se abusa del tremendismo, del efectismo… Son novelas fórmula que fácilmente extrapolables al cine, pero desde el punto de vista literario son pobres.

Y yo lo que quiero escribir es una novela. Si quisiera escribir un guion de cine, lo haría de otra manera. Pero sí que hay grandes novelas, y no digo que la mía lo sea, que son extrapolables al cine.

Por si acaso, los derechos estarán reservados.

Si te soy sincero, no sé muy bien cómo va esto. Firmas un contrato con la editorial, y ella puede vender los derechos para que la novela sea llevada al cine, y a ti te corresponde el tanto por ciento que tengas firmado que, francamente, no me acuerdo cuál es (risas).

Ya que hemos mencionado El Poder del Perro, no sé Luis Esteban tendrá El Cartel.

Dependerá de la acogida que tenga entre los lectores. Un escritor, incluso no profesional como soy yo, siempre tiene un par de novelas germinando dentro de la cabeza. Si tuviese una buena acogida entre los lectores sí que tengo alguna idea para hacer una secuela de Moroloco. Y, si no, nos iremos por otros derroteros.

Entonces, sí que Luis Esteban va a publicar un quinto libro.

Siempre digo que no. Siempre lo digo después de escribir un libro, porque exige mucho esfuerzo. Sobre todo para quien tiene otra profesión que también es muy exigente en términos de horas y de dedicación personal. Una novela es muy exigente, y lo hago siempre en detrimento de las horas de sueño. Cuando acabo digo siempre, se acabó, ya no escribo más.

Luego claro, dejo pasar unos meses y empieza a picarme el gusanillo y, al final, vuelvo a entrar al trapo (risas).

A todas esas personas que tengan dudas de si leer Moroloco, que le diría para que se anime y compren la novela.

En primer lugar, he intentado huir de los tópicos policiales. La novela policiaca es un género muy característico que cuenta con una serie de sobreentendidos y de pactos tácitos entre el lector y el escritor que se repiten bastante. Es un género muy tópico, y yo he intentado huir de los tópicos de la novela negra.

En segundo lugar, yo no he leído ninguna novela que trate el tema del narcotráfico en el Campo de Gibraltar. Y es un tema muy interesante porque lo que ha existido allí, y sigue existiendo aunque en menor medida, el clima, el entorno, ese microcosmos, ese ecosistema del crimen organizado enraizado en la zona que existe en Campo de Gibraltar no tiene parangón ni comparación posible con otra parte de España ni de Europa. Y eso está aconteciendo dentro de nuestras fronteras. Cuando lo conocí, me resultó una realidad apasionante.

Y yo creo que, en ese sentido, es una novela muy novedosa y que huye del tópico. Es lo que puedo decir (risas).

¿Cree que en Campo de Gibraltar va a gustar?

Creo que va a interesar. Sé que interesa en Campo de Gibraltar. Hay una anécdota muy curiosa, y es que visité la cárcel de Botafuegos (Algeciras) con el director de la prisión, y me dijo en la biblioteca que el libro que más se leía era La Reina del Sur, que es la historia de una narcotraficante. Así que lo mismo, por el lado de los narcotraficantes, igual interesa algo.

Yo sé que va a interesar, porque está aludiendo a un problema directamente relacionada con su zona. Espero que no se sientan ofendidos, porque no pretendo ofender a nadie, y espero que todo el mundo tenga la, digamos, caridad intelectual de entender que todo lo que dice el narrador omnisciente o los protagonistas no ha de corresponderse ni con la realidad estrictamente ni con lo que piensa el autor.

Si no que como se dice tanto al principio como al final, cualquier parecido con la realidad, es ficción.

Debe serlo (risas).

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