Hasan Jari, la historia de un refugiado que se permite soñar después de no dormir

Hasan Jari, la historia de un refugiado que se permite soñar después de no dormir
El drama de los refugiados, aunque en ocasiones desapercibido, convive con los salmantinos en forma de muchas personas que dejaron atrás una vida en su país de origen para constuir una nueva. Hasan Jari es uno de los 46 que lo hicieron en 2016 a través de Cruz Roja, de los 60 que están actualmente o de los 75 que la organización espera atender a final de este año. La suya es una historia conmovedora tanto por su pasado, como el presente y futuro

Historias para no dormir pero también historias para soñar. Hasan Jari es uno de los miles de refugiados que tuvieron que huir de su país por alguna causa que a la mayoría de la sociedad occidental se le escapa. Alguien que tuvo que abandonar una vida para fabricar otra y, en su caso, con una familia detrás que sirve de apoyo pero también de obligación. Una mujer y tres hijas forman parte de lo que es él, y que lo muestra con una entereza que se podría calificar como impropia de alguien que hace apenas dos años tenía una vida tranquila y estable en su país natal, Pakistán.

Lo cuenta con un español esforzado conseguido en apenas once meses, el tiempo que lleva en Salamanca de la mano de Cruz Roja. Es una simple muestra de que cree en el futuro que afronta ahora, lejos de los peligros que le llevaron a salir de Pakistán casi sin nada. Y por si acaso aún no son capaces de empatizar, salió sin un destino fijo. De hecho, tampoco con alguno que no fuera fijo. Lo hizo con mil dudas, empujado por la situación, con una incertidumbre difícil de medir y con un miedo que, si se puede cuantificar, sería inalcanzable para la amplia mayoría de los salmantinos.

A pesar de declaraciones que se puedan escuchar, nadie abandona un país sin melancolía o con gusto. No si se hace obligado. Hasan Jari era administrativo en una gran ciudad pakistaní, vivía cómodo hasta que en diciembre de 2015, cuenta, comenzaron los problemas debido a su creencia religiosa. Él es musulmán, chií para ser más exacto, y esto hay una parte de la sociedad que no debía entenderlo.

Lejos de dar una historia sobre la religión, en la que a buen seguro se cometería alguna equivocación, las amenazas comenzaron a inundar su vida. Aquella vida afable, en compañía de los suyos, se estaba convirtiendo en una pesadilla en la que temía por su vida. Pero eso no era lo peor. También lo hacía por la de sus hijas. No en vano, lo que acabó desembocando en una huida rápida, mirando atrás pero con determinación, fue un pasaje en el que varias personas en moto quisieron secuestrar a sus hijas a punta de pistola.

Viaje a España

Aconsejado por familia y amigos, decidió irse con su familia. Irse a donde les acabara llevando el viento, el tiempo o qué se yo. Lo único seguro es que, además de tener que pagar 40.000 euros para dejar atrás una vida, una persona que les ayudó a salir del país resultó ser un ladrón que se acabó llevando sus pasaportes y el dinero que aún les quedaba. Se quedaron sin más compañía que la que ellos mismos se podían dar en un país completamente extraño y una ciudad de la que es dudable que supieran pronunciarla. El idioma era otro hándicap.

Esa ciudad no era todavía Salamanca. Valencia se cruzó en su camino después de pasar por varios aeropuertos de ciudades del mundo. Allí, “un amigo de un amigo” le pudo ayudar. Le aconsejó acudir a la Comisión Española de Ayuda al Refugiado y le alojaron junto a su familia en un hostal hasta que Cruz Roja le ofreció finalmente la ayuda que hasta ahora ha sido la final. “Me preguntaron dónde quería vivir. No me importaba, solo quería una cocina”, comenta con humildad y explicando que su alimentación por la religión no acepta cualquier cosa.

Salamanca fue finalmente el destino, en el que lleva ya once meses. Su familia fue, de hecho, una de las que engrosó la lista de refugiados ayudados por Cruz Roja en la provincia charra y que llegó a 46 durante 2016. Sus palabras solo son de agradecimiento a la organización, que seguía teniendo el problema del idioma. El inglés de voluntarias de Cruz Roja fue la mejor medicina para el nerviosismo que todavía tenía después de varios meses difíciles de imaginar.

Desde entonces ya solo mira hacia adelante. Aunque los primeros días fueron de reclusión en la vivienda otorgada por Cruz Roja y en su propia sede con los cursos de español, poco a poco fue conociendo la ciudad y descubrió que la sociedad era “friendly”, como dijo. De hecho, su futuro pasa por aprender un español perfecto, como el que ya domina su hija de once años, y poder ponerse a trabajar “en cualquier cosa”.

Y es que ahora ya solo “piensa por sus hijas” y en estar tranquilo a sus 48 años. Lo mismo que ha buscado su hermano pequeño, también refugiado en Valencia, ambos lejos de su madre, que continúa en Pakistán. A pesar de ello, sabe que no es posible volver y sigue hacia adelante con la segunda fase de Cruz Roja para los refugiados. Ahora vive en un piso de alquiler y continúan los pasos para poder dotarle de todos los papeles para trabajar. De momento, sus hijas ya están escolarizadas, lo que no es un paso menor. Se lo avisé, historias para no dormir pero también para soñar.

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