Casi tres centenares de dedales, hilados 'sin mover un dedo'

Casi tres centenares de dedales, hilados 'sin mover un dedo'

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La artesanía milenaria de la costura es una de las labores más cotidianas de la historia y la necesidad de zurcir es tan antigua como la ropa. Cuestión incorporada a las tareas domésticas no mucho tiempo atrás y que en la actualidad parece tarea reservada para especialistas modistos que hacen gala con orgullo de sus técnicas o, con todo el cariño, para 'la abuela'. Bueno sería recuperar un tanto la cultura del arreglo y desplazar ese tanto la del 'usar y tirar'.

El broche, el botón, el parche, el pespunte o el dedal. A Toli le encanta la costura y colecciona dedales que, si bien no le sirven para ejercer su afición, le valen para encerrar sentimientos y recuerdos. “Sólo sirven para coser los metálicos y no todos. La mayor parte es de cerámica y con esos nada”. Son recuerdos de viajes, emblemas de lugares. Países, ciudades o pueblos, pero también símbolos de devoción religiosa y orgullo patrio. El suvenir en su máxima expresión, que tal vez sea aquella de 'estuve allí y me acorde de ti'.

Toli no ha viajado demasiado pero a nadie de su entorno se le ocurre hacerlo sin comprar un dedal para ella. “Todo el que se va tiene que venir con un dedal. Y si no, no hay comida ni café con pastas”, bromea. No es una obligación, es una bonita oportunidad para expresarle cariño, en un tiempo en el que parece que tanto cuesta. Para algunos, seguro que más que un dedal. El frío dato no deja lugar a dudas, hay mucha gente que quiere a Toli. “Tengo 280 dedales, unos 60 del extranjero, 40 de vírgenes y santos y el resto de ciudades españolas”.

“A mí me gusta mucho coser. Tengo una sobrina que empezó a traerme dedales, me decía: 'toma para que cosas'. Un día me vino con una casa para meter los dedales, era una vitrina para guardarlos y tenerlos expuestos. Era pequeña, pero de esa pasamos a otra, hasta que mi hija, me regaló otra más grande. Esa se fue completando y después mi hermano me fabricó otra de forma artesanal. Les tengo mucho cariño a las dos vitrinas”.

Estados Unidos de América, Inglaterra, Francia, Portugal, Dinamarca, Italia, el Vaticano. Son lugares que han viajado a Toli, eso es decir más que el hecho de haber viajado a esos lugares. “Le tengo especial cariño a uno que tengo de Nueva York. Fue el primer dedal del extranjero que tuve y me lo trajeron unos amigos que tengo en el mesón de debajo de mi casa. Cogieron un taxi y allí los vieron. Se acordaron de mí en ese momento”, y sonríe. “Otros amigos que fueron a una comunión en París, me trajeron este otro de Disneyland”.

Galicia, Asturias, Cantabria, Extremadura, Baleares, Castilla y León. El etcétera es tan largo como las comunidades que faltan. Unos cuantos de la provincia de Salamanca, uno de la capital. “De algunos lugares los tengo repetidos, como de Sevilla y Gijón. Pero es que de León tengo el mismo”, se ríe. “Dos personas diferente, en momentos diferentes, fueron a León y escogieron el mismo dedal con el mismo diseño y me lo trajeron, es el único que tengo repetido”.

“Todos me los han traído familia, amigos o conocidos porque yo no viajo. Así que me los han ido regalando”. Aunque aclara. “Yo he traído sólo uno, el de Plasencia. Fuimos a la boda de un primo, recorrimos toda la ciudad en la búsqueda de un dedal y no éramos capaces de encontrarlo en ningún sitio”. Pero cierto es que las cosas aparecen donde menos se esperan, que a veces llegan por sorpresa y que así saben mejor. “Venga a dar a vueltas hasta que en un hotel nos dijeron que podía haber en una panadería un poco más abajo, ¡en una panadería! Y efectivamente”.  

 

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