La Ciencia del no

Desde que los tiempos son tiempos, el hombre ha guiado sus pasos por la senda del instinto y la curiosidad. Y es que las preguntas se suceden entre respuestas que a su vez reinician el ciclo de las nuevas cuestiones, y así, un infinito carrusel de búsquedas que en su forma primigenia conducían hacia la satisfacción de una necesidad por supervivencia y que con el paso del tiempo se ha canalizado a favor de la colectividad. Y así, con los ingredientes muy bien delimitados, nace la Ciencia, que por buscar la precisión de la definición, viene a significar lo siguiente: Conocimiento cierto de las cosas por sus principios y causas. Cuerpo de doctrina metódicamente formado y ordenado, que constituye un ramo particular del saber humano. Saber o condición. Habilidad, maestría, conjunto de conocimientos en cualquier cosa.

Así las cosas, queda claro que la ciencia en mayúsculas debe estar del lado de la investigación, alejada de prejuicios y preliminares infundados. En definitiva, debe ser un potente ejercicio de curiosidad con el fin de obtener resultados certeros y guiados por métodos blindados y asépticos. Los seguidores de nuestro espacio semanal conocen perfectamente que solemos centrar nuestros contenidos en las temáticas que se devanean en filo de lo explicable y lo que aún carece de explicación. Erróneamente a esta vertiente se le ha denominado parapsicología, pero ese es un concepto mal definido, mal explicado y pésimamente utilizado.

Aseverar que todas estas temáticas están estrechamente ligadas con la psique, es quedarse muy corto, y deja en evidencia la intencionalidad de algunos grupúsculos de mentes simias, por ningunear lo que a las claras es mucho más amplio. Llevamos algunos meses tratando en este diario, semana a semana, temas cercanos a lo antropológico, a vivencias inexplicables, a lo ridículo y surrealista por qué no decirlo. Hemos tratado asuntos directamente relacionados con la Historia y la propia Ciencia ortodoxa. Así pues, ese empeño por utilizar parapsicología como sinónimo de enigmas y misterios, es burdo y alejado de la realidad. Cuando utilizamos el término Ciencias de Frontera, a pesar de que personalmente no llega a agradarme del todo, estamos siendo más justos, y de alguna manera nos acercamos mucho más a la auténtica denominación que recoge lo que es inexplicable aún hoy en día.

Durante años, aquellos que hemos optado por hacer periodismo de lo insólito (mal que le pese a los perro flautas del batín, que haberlos haylos), hemos tratado de ser pulcros en el tratamiento de la información, a sabiendas que en el gremio también hay mentirosos y gentuza poco merecedora de sentarse frente a un micrófono o ponerse frente a una cámara. Claro que están los que crean su particular coto de caza fantasmas y cuenta mentiras, comandando naves sin rumbo y claramente alimentadas con sus egos rococó. ¿Alguien duda de que en todos los gremios, hay malos profesionales? ¡Claro que los hay! Muchas veces hemos denunciado públicamente a unos y a otros; a los que cuentan historias de muertos y a los que son frustrados estudiantes que utilizan de forma ilegal las respetables siglas de una universidad.

Pero no perdamos el norte y la intencionalidad de este artículo (tengo tendencia a entretenerme entre textos). De Ciencia hablamos, concretamente de su relación con lo inexplicable. Volvamos a recurrir al diccionario de la Real academia de la Lengua para conocer otra acepción de la palabra Ciencia, la que hace referencias a las ocultas. Y así nos encontramos con el siguiente significado: Conocimientos y prácticas sobre lo misterioso, como la magia, la alquimia, la astrología, etc., que desde la antigüedad pretenden penetrar y dominar los secretos de la naturaleza.

¿Por qué ese empeño por alejar estas temáticas de las líneas abarcadas por la ciencia ortodoxa? Si tengo que ser yo quien dé respuesta a esta pregunta, diría que los negacionistas nada tienen que ver con la ciencia y lo que representa. Quienes utilizan el no por el no, responden al perfil de homínido colorado en proceso de evolución, repetidores de cursos infinitos y paseantes de pasillos académicos. Los hombres y mujeres de ciencia son personas de mente abierta, los auténticos buscadores de respuestas. Y es que indiferentemente del asunto a investigar, el pilar fundamental que no puede moverse y al que siempre se debe recurrir es el método científico, que por definición se devanea con la experimentación continuada y estrictamente establecida.

No podemos permitir que salga un señor por la tele hablándonos de caras impresas en una servilleta, y que como prueba de autenticidad presente el bote de salsa picante que hay sobre la mesa, y el sonido de un eructo psicofónico, del mismo modo que no debe ser permisible que trasciendan los panfletos pseudo fascistas de quienes se aburren frente a la pornográfica pantalla de un ordenador, y vencen su aburrimiento vital metiéndose en el sucio charco de las conjeturas populistas. Del mismo modo que todo el que habla de misterios no es investigador, todo el que habla de Ciencia, no es científico ni sabe de ella.

Insisto, ¿por qué ese empeño de cerrar las puertas a la búsqueda de respuestas bajo el amparo de la Ciencia? Pero es de justicia destacar la labor que realizan muchos psicólogos y psiquiatras, hombres de bata blanca que ponen sus conocimientos en perfecta simbiosis con su insatisfecha curiosidad. Grandes investigadores como José Miguel Gaona o Stephen Hawking ponen sus conocimientos para el disfrute de todos, al margen de la naturaleza de las investigaciones que firman. Si nos preguntamos de dónde venimos, si hay vida más allá de la muerte, si los que se van están entre nosotros o si pueden estar visitándonos desde otros universos, ¿no es lícito que haya personas que intenten dar respuesta a estas y otras cuestiones?

Por supuesto que la ciencia debe priorizar conseguir adelantos médicos para curar enfermedades (otro día hablaremos sobre la conspiración de las farmacéuticas), debe centrar sus esfuerzos en ganar la carrera contra las grandes plagas y epidemias, pero en nada está reñido con pujar por el avance en otras muchas áreas; nota al margen, todos hemos conocidos como se invierte mucho dinero en investigaciones cuando menos extrañas para demostrar la inteligencia del saltamontes gris o la carencia de esperma del orangután colorado.

No todo lo que nos cuentan en programas de la tele o radio, o en páginas como la que ahora lee relacionada con los enigmas, es auténtico o está en poder de la verdad. Tampoco debemos hacer dogma de fe cuando escuchamos a unos y a otros conferenciar sobre aquello que jamás han estudiado. Esos que dedican gran parte de su tiempo en hacer llamadas a las universidades para que cierren las puertas a quienes divulgamos estas temáticas. Triste es que su bajeza llegue hasta esos límites, y lamentable resulta que haya centros docentes (pocos en realidad) que les haga caso y cierren su obligación divulgativa priorizando los postulados de los fracasados revienta granos (de ellos habrá ocasión para hablar largo y tendido en otra entrega dominical, estoy seguro). 

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