“No todos somos iguales, por eso hay que respetarse”

“No todos somos iguales, por eso hay que respetarse”

“Vine a Salamanca por ayudar a mi hija para cuidar de mi nieta”. Elena Cotovanu se encontraba bien en Ploiesti, una ciudad cercana a la capital rumana, que fue la sede de la industria petrolera del país, conocida como “la ciudad del oro negro”, en el centro de Rumanía. Ni el frío proveniente de los cercanos montes Cárpatos le animaba a salir de su tierra. Sin embargo, en aquel momento, la familia le hizo venir a Salamanca. “No estaba en mi plan”, dice Elena con rotundidad, “nunca pensé que iba a salir de Rumanía”.

“Al principio no sabía nada de España y me acuerdo muchas veces cuando llegué. Recuerdo estar en la estación de autobuses de Madrid sin saber nada de español”, dice aún con cara de susto.

Reconoce que al principio de estar aquí, permanecía encerrada en casa, no quería salir. Sin embargo, ahora hace muchas cosas. Salir de casa y participar en actividades lo considera una oportunidad para conocer gente. “Soy feliz así”, afirma.

Explica con emoción que aprendió español con lo que iba enseñándole su nieta y con lo que aprendía de una serie de policías. Elena comenta también: “cuando llegué aquí vi que la gente era más abierta. Vi otro estilo de vida. Eso me gusta”.

En Rumanía Elena había trabajado de panadera. Aquí descubrió que había muchos más tipos de pan que allí. Por eso, hizo un curso de Panadería durante 6 meses, del que recuerda muy buenos momentos en los que convivió con personas muy diferentes. “Incluso estuve pensando en montar un negocio después de hacer el curso”, explica Elena, y muestra expresión de satisfacción al afirmar: “también seguí aprendiendo español pero trabajando cada día, sin libros ni escribir”.

Intentando no improvisar en su vida en Salamanca

“Mi vida no fue de color de rosa”, dice Elena. Ella trata de disfrutar cada momento. “Disfruto de pequeñas cosas. ¿Para qué voy a estar amargada?”, encoje los hombros mientras se muestra positiva y optimista. La vida de Elena le llevaba a tener que trabajar, pues tenía que pagar el piso, pues no siempre podía vivir con los hijos. 

“Quise aprender la cocina española porque es diferente a la de Rumanía”. Por eso, comenta Elena, siguió instruyéndose en aquello que le podía abrir oportunidades, “Nunca había limpiado calamares ni pulpo, pero lo hice y aprendí”.

“Al principio me parecía muy complicado hacer el cocido”, explica Elena, “pero gracias a la gente que me iba enseñando, poquito a poco iba aprendiendo bastantes más cosas”. Afirma que ha hecho muchos cursos pero que otra cosa es saber trabajar.

Elena lleva ya un tiempo trabajando en empleo doméstico, cuidando personas mayores, con alzheimer. “Me he encontrado cuidando a personas muy enfermas y se les va cogiendo cariño”. En el trabajo doméstico “cada casa tiene su costumbre”. Elena comenta que es muy común que cada miembro de la familia le diga cómo le gusta que haga las cosas; cada cual con una idea distinta. Ella dice que les escucha y lo hace lo mejor que puede. “Si he hecho algo mal pues lo asumo. No pasa nada”, afirma con tono calmado. Afirma que ha encontrado gente muy buena que le ha ayudado y empleadoras con las que ha tenido muy buena relación.

Una mente más abierta

“La gente española es más abierta, pero cuando me ven por primera vez, no pueden meterme en el mismo saco. Todos los rumanos no somos iguales”. Explica que es importante conocer a la persona como es, antes de juzgar. Elena comenta que vivió un tiempo de alquiler con una mujer de Marruecos “y me esperaba en casa con un té marroquí y nos quedábamos charlando mucho rato”, dice mientras esboza una sonrisa de felicidad.

Elena tiene amigos de Perú, de Bolivia, de Marruecos “¡y un montón de españoles!”. “A mí no me importa de dónde eres. ¿Me hablas? Pues yo contesto y hablamos”. “Yo hablo con todo el mundo”, afirma con rotundidad.

Esta inquieta e independiente rumana lleva ya un tiempo participando en un grupo de teatro. Ya han representado una obra y en noviembre tienen la próxima actuación, por eso están ensayando todo lo que pueden. Afirma que es una forma de tener la mente ocupada y de compartir muchas cosas con el resto de componentes.

Además está haciendo un curso de inglés porque quiere mejorar al hablar, incluso no descarta ir a trabajar al Reino Unido donde tiene un primo. “Muchos españoles también salen de España para buscar allí trabajo; cada uno busca lo mejor en la vida… es lo normal”.

Quedan muchas cosas que mejorar

En Rumanía se celebran más las fiestas en casa, alguna vez en algún patio común. Es costumbre invitar a vecinos, a amigos. Pero “no somos tanto de salir como aquí en España. Bueno, los hombres sí salen y beben”, explica con el gesto contrariado. Comenta que en su país sí existen leyes para favorecer la igualdad entre mujeres y hombres, pero da a entender que queda mucho camino por recorrer. Como en España, que también quedan aún muchos retos por delante en este sentido.

Aquí en España, apunta Elena, “algunas veces sí me he sentido discriminada, pero las personas que me conocen, saben de verdad cómo soy”. “Creo que mucho depende de cómo te comportes; por eso tengo muchos amigos españoles”. Elena afirma rotunda que “el respeto ante todo”. “No todo el mundo somos iguales, por eso hay que respetarse”.

Esta enérgica mujer sólo ha vivido en Salamanca y le gusta. Reconoce que ha encontrado dificultades, pero “no me he quedado parada”, afirma con energía. Les gusta trastear en internet y no oculta que el único vicio que tiene es el tabaco.

Elena se considera ahora una persona más abierta. Quizá convivir con la gente que vive en Salamanca tenga algo que ver.

 

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