No hay evidencias de que las radiaciones no ionizantes produzcan enfermedades

No hay evidencias de que las radiaciones no ionizantes produzcan enfermedades
Los científicos no tienen evidencias de que las radiaciones no ionizantes, como las de los teléfonos móviles, produzcan ningún tipo de enfermedad, según han explicado expertos en el I Workshop Internacional ‘Campos Electromagnéticos y Biomedicina’, organizado por la Fundación General de la Universidad de Salamanca, el Centro de Investigación del Cáncer y el Instituto de Investigación Biomédica de Salamanca (IBSAL).
 
“Los propios seres humanos tenemos campos electromagnéticos y el medio ambiente en el que vivimos está lleno de campos electromagnéticos”, explica en declaraciones a DiCYT (www.dicyt.com) Rogelio González Sarmiento, catedrático de Medicina Molecular de la Universidad de Salamanca y director científico del IBSAL, que ha sido uno de los ponentes de la jornada. Lo importante es que dentro de los campos electromagnéticos se puede distinguir entre las radiaciones ionizantes (capaces de ionizar un átomo, es decir, arrancarle un electrón) y no ionizantes. Las primeras, como las de los rayos X o la luz ultravioleta del sol, dañan el organismo. Sin embargo, en el caso de las radiaciones no ionizantes, aunque interactúan con los seres vivos, “no está demostrado que produzcan enfermedad”.
 
Sin embargo, en numerosas ocasiones la sociedad ha expresado su preocupación ante las ondas de la telefonía móvil, en particular las antenas, aunque pertenecen al campo de las radiaciones no ionizantes. “Si afectan, lo hacen de manera indirecta aumentando los niveles de radicales libres, unas sustancias que produce nuestro organismo”, señala Rogelio González.
 
Sin embargo, el aumento de los radicales libres está dentro de la normalidad. “Hay personas que tienen una dotación genética que les predispone a tener pocos o muchos radicales libres y esto puede modificar el riesgo de tener cáncer. Del mismo modo, cuando nos exponemos a la telefonía móvil, la televisión o cualquier otro elemento que induzca modificaciones en los radicales libres, se puede modificar nuestro riesgo”, apunta el científico, pero en realidad esto no tiene por qué ser más relevante que cualquier otra actividad de la vida cotidiana. “Vivir supone aumentar el riesgo de tener cáncer. Cada vez que una célula se divide, aumenta el riesgo de tener cáncer. Cada vez que respiramos oxígeno, estamos aumentando los radicales libres de nuestro organismo y estamos favoreciendo la aparición de cáncer”, comenta.
 
Hipersensibilidad electromagnética
 
En relación con este tema, la preocupación por los campos electromagnéticos ha dado lugar a una supuesta patología que se conoce como hipersensibilidad electromagnética, pero la ciencia no tiene evidencia de su existencia. “A veces son los factores laborales los que producen los síntomas de lo que se llama hipersensibilidad electromagnética: no sentarse bien delante de un ordenador, estar demasiadas horas o no tener bien graduada la vista, produce cefaleas o molestias articulares”, comenta Rogelio González.
 
En su opinión, hay un factor muy subjetivo en la percepción de estos síntomas como enfermedad. “Una cuestión que a mí siempre me llama la atención es que habitualmente las personas que tienen hipersensibilidad electromagnética viven debajo de las antenas de telefonía móvil. Sin embargo, las antenas emiten en horizontal, de tal manera que las personas que viven debajo no reciben su señal, lo cual pone en duda que las antenas puedan ser responsables de la hipersensibilidad electromagnética”, apunta.
 
En cualquier caso, Rogelio González ha recordado que en la ciencia no hay dogmas. “A lo mejor, alguien me demuestra dentro de cinco días lo contrario de lo que yo estoy diciendo hoy, pero de momento no existen evidencias científicas de que las radiaciones no ionizantes produzcan enfermedades”, comentó.
 
En el simposio, han participado también Jesús Martín Martín, de la Universidad de Salamanca; Martin Röösli, de la Universidad de Basilea (Suiza); Carolina Vicente Dueñas, del CIC; y César Cobaleda, investigador del Centro de Biología Molecular Severo Ochoa de Madrid, que pasó por la Universidad de Salamanca y en la actualidad participa en un proyecto europeo que investiga la interacción de los campos electromagnéticos y los organismos.
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