Son incontables los recuerdos que le retornan a la mente cuando habla de su etapa en aquella finca, la que al principio le hechizó gracias a su familia, en especial a su tío que fue quien le introdujo y le marcó las primeras pautas en los pequeños quehaceres alrededor de la ganadería y la dehesa emplazada al lado del arroyo de los Mendigos, en un paisaje que ya ha perdido cobertura vegetal, y es sobre todo una zona cerealista y relativamente seca, a pocos kilómetros de la capital charra.

Rafael de la Iglesia nació en 1938, época en la que recuerda haber pasado muchas necesidades, que actualmente no existen y son básicas para vivir en el campo porque ahora “se vive de distinta manera”. Aunque antes estaba más rezagado que las zonas urbanas, siempre ha preferido la vida en su pequeña caseta campestre donde cuidaba de los animales y realizaba labores agrícolas con mucho esfuerzo, situación que ha cambiado con la llegada de maquinaria pesada a las zonas más rurales: “Ha ido desapareciendo mucha gente, ahora ya una máquina lo hace todo”, cuenta este antiguo ganadero y agricultor, que continúa explicando que los animales eran los que a realizaban estas duras labores a merced de las necesidades humanas.

Tras su jubilación anticipada, debido a una enfermedad que le impedía seguir utilizando sus manos tal y como estaba acostumbrado, su apasionamiento por la agricultura y la ganadería le condujo a una curiosa afición: con la parte puntiaguda de los cuernos de algunos animales realiza perfectas figuras que simulaban a las bellotas caídas de las encinas y con las que elabora llaveros y distintas figuras. Más tarde se atrevió a plasmar piezas de ajedrez, que le aconsejó un amigo y que, con paciencia, pule con una pequeña navaja y unas manos que ni mucho menos pasan desapercibidas para el tiempo.

Actualmente, Rafael ha transmitido esa herencia natural a sus hijos, en especial a su hija menor que, adaptándose a los nuevos tiempo, ha establecido una casa rural en las zonas de la geografía salmantina y ama el medio natural tanto como su padre, que no dudaría ni un segundo en retroceder en el tiempo y vivir de nuevo en aquel ambiente enriquecedor donde cada día veía nacer y ponerse el sol. 

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