Trabajador incansable, siempre tuvo clara su vocación, aunque pudo lograr su sueño comenzada la madurez. Julián García, el más pequeño de siete hermanos, dejó los estudios para ser cerrajero hasta que el destino le brindó la oportunidad de ser bombero, su sueño. A sus 32 años, permaneció la misma cantidad de años al servicio de los salmantinos, llegando hasta sargento mientras forjaba una familia con dos hijos “a los que le he dado carrera y los he podido casar a los dos”.

Eran otros tiempos en una profesión que también refleja a la perfección la evolución de la ciudad y sobre todo de la sociedad charra. Primero, por la forma de acceder al Cuerpo de Bomberos, pues las pruebas teóricas era básicas, un dictado y un problema, mientras que ahora el temario es amplísima, además de que las pruebas físicas han pasado de carreras y flexiones a solicitarse incluso un mínimo en natación.

Pero donde se nota la evolución es en la percepción de la figura del bombero. “Éramos tres turnos de once personas cada uno y había la percepción de que los bomberos íbamos a echar la partida, y no era así, en el parque de Campoamor teníamos hasta un gimnasio donde siempre entrenábamos. Ahora se está más en contacto, antes no salíamos si no había un siniestro, mientras que ahora hay cursos, charlas a escolares y muchas actividades de cara al público”.

De Campoamor a la vanguardia de Castilla y León

Como en todas las profesiones, el progreso también ha jugado un papel destacado en el Cuerpo de Bomberos. En Salamanca, los profesionales del servicio de extinción de incendios pasaron del antiguo parque en la avenida de Campoamor, donde debían cubrir hasta los incendios forestales de la provincia, a un moderno parque en la avenida de Salamanca, dedicado sólo a la ciudad y con las instalaciones más vanguardistas de Castilla y León.

Pero, como asegura Julián, el factor humano siempre resulta imprescindible. “Sin el bombero, por mucha tecnología que haya, no se sofoca un incendio”. No obstante, el cambio es palpable. “Antes había cuatro o cinco equipos para todos, ahora son personalizados, y las mascarillas había que desinfectarlas cada vez con alcohol, y los fuegos eran más sanos, de madera, ahora son por fibra, gomaespuma y el humo es más tóxico, hemos pasado de incendios de brasero a sartenes, del salón a la cocina”.

Fueron décadas de sacrificio, de momentos duros por ver situaciones difíciles, como una mujer en llamas en una vivienda del barrio San José, pero también de satisfacciones por lo gratificante de salvar vidas. Y sobre todo anécdotas de tener que abrir puertas a señoras que fueron a hablar con la vecina y se olvidaron de las llaves, o gatos subidos a árboles que parecían ardillas. “Al principio entras por tener algo seguro, pero después disfrutas, a veces se me hacía corto un turno de 24 horas”.

El gusanillo del servicio a los demás

Después de tres décadas de servicio, Julián se jubiló. “Lo hecho de menos, pero de lo a gusto que estoy”, bromea. “Me decían, te vas a aburrir, y al principio extrañas no estar pendiente del reloj, pero ahora tengo tiempo para mi familia”. Y es que las fiestas eran momentos difíciles, Nochevieja, Nochebuena, “además siempre pasaba algo gordo esos días y había más trabajo. Y en verano me pasaba hasta días enteros en el momento apagando incendios forestales”.

Pero no pierde el contacto con sus antiguos compañeros y siempre que ve un camión en la calle, se acerca por si fuera necesaria su experiencia. Porque el servicio hacia los demás es una llama que no se apaga nunca.

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