Salamanca rezuma historia, con mayúsculas, pero también de esos pequeños relatos que forjan el devenir de una gran ciudad. El día a día que construyen hombres como Luis Calvo Rengel, con una vida repleta de anécdotas a lo largo de décadas de trabajo en la fábrica de Mirat y en su faceta política, una profesión ahora tan denostada.

Nació con la República en la calle Meléndez, un 7 de marzo de 1931. “Entonces era corriente que la gente humilde viviera en la ciudad”, añade. Allí transcurrió su infancia, contemplando pasar cada día a Miguel de Unamuno, “siempre con cara pensativa”. Pero siendo niño le sorprendió la Guerra Civil, algo que le marcó para siempre al ver cómo era detenido su padre, afiliado al sindicato UGT y al Partido Socialista. “Era lo más importante para mí”, quien tomó como modelo a seguir en el seno de una familia que, pese a su ideología progresista, también era profundamente católica y practicante.

Luis Calvo fue protagonista principal del movimiento obrero durante los duros años del franquismo. Estudió para ingresar en Magisterio, pero él quería ser mecánico. Así comenzó su carrera desde aprendiz en la fábrica de Mirat hasta llegar a ser encargado de la planta química después de que decidiera marcharse una temporada a Francia pero tuviera que regresar a los dos meses al ofrecerle la empresa un puesto mejor. “Tuve que aprender todo sobre química en tres meses”, recuerda.

Hasta se compró un piso en la zona alta del Rollo “para ver que la fábrica siempre funcionaba bien”. Fueron años de compromiso, pues, como amante del deporte, consiguió que se contruyera el campo de fútbol de Mirat, fundando el club que durante tantos años jugó en Salamanca, siendo la mejor cantera de la UDS. Hasta creó un equipo ciclista, ganando la Vuelta a Salamanca.

Salto a la política

El destino quiso que su compromiso con el movimiento obrero le condujera hasta la política, un camino que no deseaba seguir después de que su padre fuera represaliado al estallar la Guerra Civil. Sus reuniones clandestinas con el PSOE y la UGT durante el franquismo propiciaron que llegara a ser secretario provincial. “Estábamos vigilados por la policía secreta, la bofia, como decíamos”.

Entonces tuvo de oponente a Jesús Málaga en la unión local del sindicato. “Le pegué una barrida...”, bromea. Luis Calvo consiguió apaciguar las relaciones entre PSOE y UGT, algo distanciados, y entonces el que después sería el primer alcalde de la democracia, precisamente Jesús Málaga, le convenció para incluirlo en las papeletas socialistas. “Yo no tenía aspiraciones a nada en política, no quería dejar la fábrica por la política”. Pero después de negar hasta tres veces, como San Pedro, le convencieron. “La familia no quería por miedo a que terminara como mi padre”.

Siguió compatibilizando su puesto de trabajo en la fábrica de Mirat con la política, “sin cobrar nada, y el alcalde tampoco, porque Jesús seguía como médico, qué diferencia con los alcaldes de ahora”. Mientras ejercía como concejal de Policía y Parques fue también diputado provincial. Y el destino de nuevo lo envolvió en la ruleta de las oportunidades, al prosperar una moción de censura que otorgó la Diputación al PSOE y le convirtió de la noche a la mañana en vicepresidente. Entonces fue uno de los promotores para que se creara el recinto deportivo de La Aldehuela. “Lo que nos costó talar los árboles viejos que había, se nos echaban encima”, recuerda.

En la siguiente legislatura también pudo ser senador, pues así fue designado. “No me hacía mucha gracia lo de ir a Madrid, yo me veía mucho más útil en Salamanca en lugar de ir a un sitio a sentarme y nada más”. Sin embargo, una noche sonó el teléfono: “De repente me dicen, hola Luis, soy Alfonso Guerra, y yo voy y le digo, y yo Juan XXIII, y colgué. Luego caí en la cuenta de que estaba pendiente lo del Senado, menos mal que era para comunicarme que Felipe González quería que el senador fuera Miguel Cid. Fue un alivio, sobre todo para mi mujer, y eso noche dormimos la mar de a gusto”.

En primera línea de la batalla política

Hubo un tiempo en que los políticos anteponían su compromiso con los ciudadanos a los intereses de su partido y los suyos propios. Luis Calvo Rengel permaneció secuestrado durante treinta horas en Aldeadávila de la Ribera hace ya veinticinco años. Siendo vicepresidente de la Diputación de Salamanca, se dirigió a comunicar a los habitantes de Las Arribes la oposición al proyecto del Gobierno para instalar un cementerio nuclear en la zona, pero los vecinos no lo interpretaron así y lo retuvieron hasta que la llegada de los GEOS apaciguó los ánimos.

“Era el único socialista del comité antinuclear y jamás esperaba lo que me iba a suceder. Las pasé más putas que dios, me decían te vamos a fusilar, pero gracias a dios todo se quedó en una anécdota”. La revuelta impidió que el Gobierno de Felipe González llevara adelante el proyecto, pero quedó grabado para siempre en la memoria de Luis Calvo, y Alfonso Guerra volvió a llamarle, en esta ocasión para mostrarle el respaldo del partido pese a su oposición al proyecto nuclear. “Siempre que ha venido a Salamanca, o Felipe González, nos hemos saludado afectuosamente, hasta tengo una foto firmada por el presidente cuando decidió retirarse de la política”.

Por su fuera poco, Luis Calvo también fue el responsable de que los restos de Julián Sánchez El Charro regresaran a Salamanca. Desde pequeño le había fascinado su figura, pese a ser denostada por los escritos de la época. “Tenía muchas inquietudes con él”. Por eso, al averiguar dónde estaba enterrado, decidió que dentro de su responsabilidad política había que devolver los restos de El Charro a Salamanca.

“Nos fuimos hasta la ermita de Etreros, un pequeño pueblo de Segovia, para intentar convencer al obispo”, relata Luis Calvo. “Fueron días de muchos viajes y trámites, y al final todo se resolvió con una comida. El obispo quedó tan satisfecho, que nos dio su consentimiento para buscar los restos de Julián Sánchez”. No fue fácil, pues estaba enterrado más debajo de donde pensaban. “Escarbamos con las manos hasta que encontramos un fémur. Levantamos la tapa de madera y estaba intacto, hasta con unos ropajes de lana, una casaca roja que la que le enterraron, lo vistieron de inglés, hasta con un espadín. Nos trajimos todo, hasta los pelos rojizos de la barba que se habían conservado”. Además, consiguieron el sable, entonces propiedad de un vecino de la zona, a cambio de una filigrana charra para su madre.

Apartado de la vida política, Luis Calvo emprendió la ardua tarea de rescatar la memoria de una época convulsa como la Guerra Civil. Al frente de la Asociación Salamanca Memoria y Justicia, ha conseguido recuperar numerosos cadáveres y facilitar que cientos de salmantinos pierdan la incertidumbre de desconocer dónde se encontraban sus familiares, recuperando el paradero de sus antecesores. Porque la historia de un pueblo no sólo se construye con los grandes nombres, sino con las gestas de sus habitantes, ésas que no deben quedar relegadas allá donde habita el olvido.

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