La malaria aviar en buitres y milanos: “Muchas especies pueden estar infectadas sin mostrar síntomas aparentes”

El contagio no se produce directamente entre las aves, sino a través de insectos vectores como los mosquitos, por lo que un ave infectada no supone un riesgo inmediato para otras si no están presentes estos vectores

Antoni Margalida, investigador científico del CSIC, cogiendo muestra a un buitre negro
Antoni Margalida, investigador científico del CSIC, cogiendo muestra a un buitre negro | IREC

Un estudio publicado por el Instituto de Investigación en Recursos Cinegéticos (IREC) ha puesto el foco en la malaria aviar después de haber sido detectada en seis aves carroñeras de la Península Ibérica.

Ahora, alrededor de esta enfermedad, que no es nueva, rondan diferentes cuestiones: qué es, cómo se transmite, cuáles son las aves más sensibles al contagio, qué sucede con los ejemplares que tienen la enfermedad, cuál es la relación con la malaria en humanos o con la gripe aviar.

Antoni Margalida, investigador científico del CSIC, y Jaime Muriel, profesor ayudante doctor en el Departamento de Zoología de la Universidad de Córdoba e integrante del Grupo de investigación en educación y gestión de la biodiversidad (GESBIO), son los dos encargados de dar respuesta a estas cuestiones tras participar en el proyecto del que se tomaron 383 muestras de sangre entre 2017 y 2022 a seis aves carroñeras.

‘Desentrañando patrones de ocurrencia y diversidad de parásitos de la malaria aviar en aves carroñeras obligatorias y facultativas ibéricas’ es el artículo que recoge detalladamente cómo tuvo lugar, tanto la toma de las muestras como las conclusiones a las que se llegaron, y donde también se ha contado con la aportación de investigadores post-doctorales, la colaboración de técnicos de las administraciones de Cataluña, Navarra, Aragón y País Vasco, y de agentes forestales que han participado estrechamente en el seguimiento poblacional y en tareas de anillamiento o marcaje satelital.

Antoni Margalida, investigador científico del CSIC, muestreando un alimoche
Antoni Margalida, investigador científico del CSIC, muestreando un alimoche | IREC

Margalida es justamente el investigador principal, que afirma que este estudio forma parte de una investigación a largo plazo que se inició en la década de los años 90 y donde se ha estudiado la ecología y el comportamiento de las cuatro especies de buitres que se crían en Europa. A parte del estudio de la malaria, con las muestras obtenidas se están analizando la presencia de fármacos veterinarios y metales pesados.

Junto con Muriel, ambos aseguran que la malaria aviar está presente en muchas zonas, que está muy extendida en las aves y que se trata de una enfermedad que ha sido bastante estudiada en los paseriformes como los gorriones, aunque de la que se conoce menos en los carroñeros.

¿Qué es lo que provoca la malaria aviar?

Muriel, experto en este campo, explica que “está causada por parásitos microscópicos del grupo de los hemosporidios, principalmente del género Plasmodium, aunque también incluye otros como Haemoproteus y Leucocytozoon”.

Todos ellos se tratan de parásitos que se transmiten a través de la picadura de “insectos hematófagos” como mosquitos o moscas negras.

Algo importante a tener en cuenta es la diferencia entre la malaria aviar y la humana. Aunque comparten nombre, estos investigadores aseguran que “están causadas por especies de parásitos diferentes” y manifiestan que “en España, la malaria humana está erradicada desde hace décadas, pero la malaria aviar es común en aves silvestres y lleva detectándose desde hace mucho tiempo, aunque en los últimos años se ha estudiado con mayor detalle gracias a técnicas moleculares”.

Se trata también de una enfermedad que, aunque esta muy extendida entre las aves, tanto en las carroñeras obligadas, que son los buitres que dependen casi exclusivamente de la carroña, como en las facultativas, que son los milanos que combinan la carroña con presas vivas, “es una enfermedad que apenas se había investigado hasta ahora” y por eso, durante mucho tiempo se pensó que estas especies podían estar relativamente protegidas frente a estos parásitos.

En este estudio, por primera vez, se demuestra que estos parásitos también están presentes en especies emblemáticas como el quebrantahuesos.

¿Cuál es el riesgo real de contagio entre aves?

Antes de explicar cómo se produce el contagio, Jaime Muriel, deja claro que la malaria aviar es una infección frecuente en muchas comunidades de aves, pero que no siempre provoca enfermedad grave. Sin embargo, confirma que “muchas especies pueden estar infectadas sin mostrar síntomas aparentes” y que el impacto real “depende de factores como la especie, el estado fisiológico del individuo o las condiciones ambientales”; por eso es tan importante estudiar caso a caso.

No todos los insectos transmiten igual de bien el parásito, ni todas las especies de aves son igual de adecuadas para que el parásito se desarrolle en ellas

Reconoce que el contagio es un proceso natural entre especies, es decir que los parásitos circulan de forma habitual entre las aves y pueden pasar de unas a otras a través de insectos vectores. También destaca que “no todos los insectos transmiten igual de bien el parásito, ni todas las especies de aves son igual de adecuadas para que el parásito se desarrolle en ellas”.

Para entender mejor este punto, pone como ejemplo que “un mosquito puede alimentarse de un pequeño pájaro y después de una rapaz carroñera, pero eso no siempre implica que el parásito se establezca con éxito en la nueva especie”. Jaime pone de manifiesto entonces que “nuestro trabajo demuestra que las aves carroñeras también forman parte de esa red de transmisión”.

Los “puntos calientes” de transmisión

El contagio se produce a través de insectos vectores, pero no todos los parásitos utilizan los mismos. Por ejemplo, los parásitos del género Plasmodium se transmiten principalmente por mosquitos (como los del género Culex), Haemoproteus por moscas picadoras como los simúlidos o culicoides, y Leucocytozoon por moscas negras del género Simulium.

Esto hace que la distribución de estos parásitos esté muy ligada al tipo de hábitat y los llamados “puntos calientes” suelen ser zonas donde estos insectos son abundantes, como áreas húmedas, riberas, cursos de agua o zonas con agua estancada.

El aumento de las temperaturas podría favorecer la llegada y establecimiento de los parásitos en áreas donde antes eran poco frecuentes, incrementando el riesgo de infección en especies

Además, factores como la temperatura y la altitud son clave porque condicionan la presencia y actividad de los vectores. Por eso, cambios ambientales como el calentamiento global pueden modificar dónde y cuándo se produce la transmisión de estos parásitos.

“El aumento de las temperaturas puede hacer que zonas de alta montaña, que hasta ahora actuaban como refugios naturales frente a estos parásitos, se vuelvan más adecuadas para la presencia de insectos vectores; esto podría favorecer la llegada y establecimiento de estos parásitos en áreas donde antes eran poco frecuentes, incrementando el riesgo de infección en especies, que históricamente han estado más protegidas, como el quebrantahuesos. Por eso, más que una expansión geográfica clásica, lo que podríamos ver es un cambio en la distribución y en la intensidad de las infecciones”, apunta.

Jaime Muriel, profesor ayudante doctor en el Departamento de Zoología de la Universidad de Córdoba e integrante del Grupo de investigación en educación y gestión de la biodiversidad (GESBIO)
Jaime Muriel, profesor ayudante doctor en el Departamento de Zoología de la Universidad de Córdoba e integrante del Grupo de investigación en educación y gestión de la biodiversidad (GESBIO)

¿Por qué unas aves están más expuestas que otras?

Esta es una de las cuestiones que más interrogantes desencadena, puesto que no todas las aves se contagian y, por supuesto, no todas están igual de expuestas ante esta enfermedad.

El profesor Muriel explica que “depende sobre todo de factores ecológicos como el hábitat, el comportamiento, la altitud o la presencia de vectores. Pero también influyen lo que conocemos como competencia vectorial y competencia del hospedador; no todos los insectos son igual de eficaces transmitiendo el parásito, ni todas las especies de aves permiten que el parásito se desarrolle y complete su ciclo de vida. Esto hace que algunas especies actúen como mejores reservorios del parásito, mientras que otras pueden infectarse de forma más puntual o con menor éxito del parásito”.

En Salamanca, donde hay abundancia de aves carroñeras, lo más relevante sería vigilar cómo cambian las condiciones ambientales que favorecen a los insectos vectores

A mayores, acentúa que “no es cuestión de que unas aves sean más débiles que otras, sino de cómo interactúan con los vectores y con el propio parásito dentro de esa red de transmisión”. Además, puesto que la malaria aviar está ya presente en muchas zonas, “el mayor riesgo sería para especies más sensibles o con un estado de conservación comprometido”.

En zonas como Salamanca, donde hay una gran abundancia de aves carroñeras, dice que lo más relevante sería “vigilar cómo cambian las condiciones ambientales, especialmente aquellas que favorecen a los insectos vectores”.

Otras de las preguntas que más sentido cobra llegando a este punto es ¿qué sucede con aquellas aves que dan positivo en malaria aviar; hay tratamiento para ellas?

Muriel describe que “en nuestro estudio, las aves forman parte de programas de seguimiento y conservación, por lo que tras la toma de muestras son liberadas en su entorno natural. En la mayoría de los casos, las infecciones por malaria aviar no implican síntomas graves, por lo que las aves pueden continuar su vida con normalidad. De hecho, es relativamente común que aves silvestres estén infectadas sin mostrar signos evidentes de enfermedad. Además, hay que tener en cuenta que el contagio no se produce directamente entre aves, sino a través de insectos vectores como los mosquitos, por tanto, un ave infectada no supone un riesgo inmediato para otras si no están presentes estos vectores, lo que también condiciona la dinámica de la enfermedad en el medio natural”.

En poblaciones salvajes no es viable aplicar tratamientos de forma generalizada

Los tratamientos sí existen, pero son limitados al tratarse de aves silvestres. Concretamente, hay tratamientos antipalúdicos, como la primaquina o combinaciones como atovacuona-proguanil (conocido comercialmente como Malarone) que se emplean principalmente en contextos experimentales o en centros de recuperación de fauna, donde es posible controlar al animal y hacer un seguimiento.

Sin embargo, en poblaciones salvajes “no es viable aplicar tratamientos de forma generalizada, ya que el contagio depende de insectos vectores y no de la transmisión directa entre individuos. Y para ello, más que tratar a los individuos, la investigación se centra en entender la dinámica de la enfermedad y sus posibles efectos sobre las poblaciones”.

Buitres leonados, negros, barbudos, egipcios, milanos reales y negros muestreados en el noreste y el centro de España (Toledo) durante el estudio
Buitres leonados, negros, barbudos, egipcios, milanos reales y negros muestreados en el noreste y el centro de España (Toledo) durante el estudio | IREC/Ilustraciones de Juan Varela

383 muestras de sangre a buitres y milanos

Durante un periodo de seis años, que comprende desde 2017 a 2022, se realizó un monitoreo activo, donde se recolectaron muestras de sangre de 383 aves carroñeras que vivían en libertad. Un estudio que se centró en el buitre leonado, el buitre negro, el buitre barbudo, el buitre egipcio, los milanos reales y los milanos negros.

El estudio se llevó a cabo principalmente en los Pirineos y Prepirineos españoles (Aragón y Cataluña), la región que alberga las cuatro especies de aves carroñeras estrictas (buitre leonado, quebrantahuesos, alimoche y buitre negro) y abundantes poblaciones de carroñeros facultativos como milanos reales y negros.

Las muestras de sangre se recolectaron cuando las aves fueron manipuladas para ser anilladas y marcadas con etiquetas patagiales o equipadas con transmisores satelitales. El análisis se llevó a cabo en individuos de todas las edades, desde polluelos hasta aves adultas.

Fruto de este muestro se detectaron parásitos hemosporidios en las seis especies muestreadas, pero solo de dos de los tres géneros objetivo: Plasmodium y Leucocytozoon. No se encontró Haemoproteus.

La prevalencia general en todas las especies fue del 3,4 %, observándose la tasa de infección más alta en los milanos negros (8,3 %), seguidos por los buitres negros (5,3 %), los milanos reales (4,8 %) y los buitres egipcios (4,6 %), barbudos (1,9%) y leonados (1,3 %).

Además del estudio de la malaria, con las muestras obtenidas se está analizando la presencia de fármacos veterinarios y metales pesados.

La conclusión de estos resultados muestra que hay diferencias entre especies, según indica el profesor Muriel, que más que susceptibilidad, dice que lo que observan es diferente exposición. Por ejemplo, especies carroñeras facultativas como los milanos, que utilizan hábitats más abiertos y húmedos, pueden estar más expuestas a los vectores. En cambio, especies de alta montaña como el quebrantahuesos han estado tradicionalmente menos expuestas, lo que hace especialmente relevante que hayan detectado estos parásitos en ellas por primera vez.

Diferencia entre malaria aviar y gripe aviar

Como en los últimos meses ha habido bastante inquietud en gran parte del país, que también se ha hecho notar en Salamanca, por los casos de gripe aviar detectados en especies silvestres que ha mantenido confinadas a las aves de corral durante un gran tiempo, se hace necesario aclarar la diferencia existente entre ambas enfermedades.

El profesor Muriel explica que “la gripe aviar es una enfermedad mucho más aguda y puede provocar mortalidades masivas en poco tiempo, mientras que la malaria aviar suele ser una infección más crónica. Se trata, en cualquier caso, de patógenos con una ecología y una dinámica de transmisión muy diferentes, que se transmite principalmente por contacto directo entre aves o a través del medio, mientras que la malaria aviar depende de la presencia de insectos vectores, lo que hace que su distribución esté muy ligada a factores ambientales. En muchos casos las aves pueden convivir con los parásitos de malaria sin síntomas evidentes, aunque en determinadas condiciones sí pueden tener efectos importantes. Además, es posible que estemos subestimando su impacto real en poblaciones silvestres. Muchos estudios se basan en la recaptura de individuos previamente muestreados, y en especies migradoras esto es especialmente complicado. Si un ave infectada tiene menor probabilidad de sobrevivir o regresar, simplemente no vuelve a ser detectada, lo que puede hacer que los efectos negativos de la infección pasen desapercibidos. Por tanto, aunque no sea tan llamativa como la gripe aviar, la malaria aviar puede tener implicaciones importantes a largo plazo para la dinámica de las poblaciones”.

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