Javier Sierra vuelve a Salamanca: "Aquí el Maestro del Prado tendría muchas historias que contarnos"
El novelista, ganador del premio Planeta en 2017, embajador del misterio y colaborador de Cuarto Milenio, ha visitado la capital del Tormes para acompañar al premiado poeta Luis Alberto de Cuenca en un coloquio en la USAL
Charlar con Javier Sierra es hablar, directamente y en persona, con el mismísimo Maestro del Prado. O con un maestro, a secas. Un maestro del mirar “dos veces”, más allá de lo simple y de lo aparente.
Por eso, cuando regresa a Salamanca no lo hace solo como escritor, sino como alguien que vuelve a un territorio propicio para la intuición y para ese ejercicio tan peculiar y particular que atraviesa toda su obra.
En esta ocasión, su visita tiene un componente especial. No es únicamente el vínculo con la ciudad, sino el hecho de ser acogido por la Universidad de Salamanca, a la que define como “la gran institución cultural, no solo de la ciudad, sino del país”. A eso se suma la compañía de Luis Alberto de Cuenca, Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, con quien comparte conversación en torno a temas que, en apariencia, pueden parecer dispares, pero que terminan confluyendo en un mismo punto: el misterio como motor de la cultura.
Sierra no tarda en llevar el cauce de la conversación hacia una idea que funciona como clave de todo lo demás: la segunda mirada. Lo hace apoyándose en la experiencia de recorrer la Biblioteca de la Universidad de Salamanca donde, relata, ha tenido acceso a manuscritos medievales, incunables como el Liber Chronicarum o antiguos catálogos de criaturas fantásticas. “Todo eso”, explica, invita a mirar con detenimiento, a no quedarse en el vistazo rápido que caracteriza a los tiempos que corren.
Ahí aparece inevitablemente la referencia a su universo narrativo. El autor imagina al protagonista de El maestro del Prado caminando por Salamanca con absoluta naturalidad. “Sin lugar a dudas”, afirma, “y si hiciera la ruta que nos han enseñado, tendría muchas historias que contarnos”. No es una imagen gratuita: en su obra, ese maestro defiende precisamente la necesidad de detenerse en el detalle, de descubrir lo que se esconde detrás de lo evidente. Y Salamanca, ante el ojo experto, parece haber sido diseñada para ese ejercicio y ese propósito.
Sierra insiste en que esa forma de mirar no es un lujo intelectual, sino una necesidad. Frente a la rapidez con la que hoy se consumen imágenes y relatos, reivindica una observación pausada, capaz de descifrar lo que aparentemente no está. En esa línea, el misterio no es un adorno, sino un elemento esencial. “El ser humano necesita misterio para avanzar”, sostiene. Es lo que despierta la curiosidad, lo que agudiza el pensamiento y lo que permite emocionarse con lo invisible.
Esa defensa del misterio atraviesa también su concepción de la literatura. Para él, una novela sin misterio pierde parte de su verdad. No se refiere a un género concreto, sino a una condición profunda del relato. Desde los textos más antiguos, como la Epopeya de Gilgamesh, hasta la narrativa contemporánea, el misterio ha sido una constante porque forma parte de la propia experiencia humana. Vivimos rodeados de preguntas que no tienen una respuesta definitiva y es ahí, justo ahí, donde la literatura y el arte encuentran su terreno.
Durante la conversación, Luis Alberto de Cuenca introduce la idea de la segunda mirada en la poesía, reforzando el planteamiento de Sierra. Pero es el escritor turolense quien vuelve a ese concepto como si fuera una brújula. Mirar bien implica ir más allá de lo inmediato, pero también recuperar cierta disposición casi infantil ante el mundo.
No es casual que Sierra conecte el misterio con la infancia. Junto a Luis Alberto de Cuenca, plantea tres conceptos que funcionan como símbolos: dinosaurios, héroes y superhéroes. Lejos de ser un desvío anecdótico, el tema sirve para explicar cómo se construye la imaginación. Sierra recuerda sus primeros contactos con el cómic, su entrada en una biblioteca infantil en Teruel o los cuadernos en los que dibujaba historias propias. Todo eso, sugiere, forma parte de un mismo proceso: el despertar de la curiosidad.
Incluso los dinosaurios, aparentemente lejanos del terreno literario, acaban conectando con su visión del mundo. Sierra apunta que muchas criaturas mitológicas del pasado podrían haber surgido de la interpretación de fósiles antiguos. Es decir, que el ser humano siempre ha intentado dar sentido a lo desconocido, ya fuera a través del mito o de la ciencia. En ambos casos, lo que hay detrás es la misma necesidad de comprender.
La conversación deriva también hacia los sueños, otro territorio que Sierra considera fundamental. La vida onírica, dice, no es un espacio menor. Al contrario, es una fuente constante de inspiración. De ahí esa costumbre, compartida por muchos escritores, de dormir con una libreta cerca. “La mitad de la vida la pasamos durmiendo”, recuerda. Lo que ocurre en los sueños, por tanto, también forma parte de nuestra realidad.
Esa reflexión desemboca en una idea más amplia sobre la verdad. Sierra rechaza la noción de una verdad absoluta, cerrada, inamovible. Frente a ello, defiende una verdad más compleja, cambiante, que depende del punto de vista. Y lanza una advertencia que resume bien su pensamiento: hay que desconfiar de quien afirma tener la verdad. En tiempos en los que se intenta imponer una única forma de interpretar el mundo, reivindica la duda como una herramienta imprescindible.
A lo largo del encuentro, Luis Alberto de Cuenca aporta matices desde la poesía, la historia y la cultura clásica. Pero el hilo conductor sigue siendo el mismo: la necesidad de mirar más allá de lo evidente. Sierra, fiel a su trayectoria, insiste en que el arte tiene una función clara: hacer visible lo invisible.
Quizá por eso su imagen del maestro del Prado caminando por Salamanca resulta tan poderosa. No es solo un guiño literario, sino una forma de entender la realidad. Porque, como sugiere el propio Sierra, todo está ahí, esperando a ser visto.
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