“Por el bien de cada uno y el de todos, seamos prudentes al salir a la calle”

Ella es acólita de la Catedral, y laica comprometida en la Unidad Pastoral Centro-Histórico,  y cofrade, en sus dos hermandades, la del Amor y de la Paz, y la del Cristo Yacente de la Agonía Redentora. Marisa Beltrán ha tenido que enfrentrarse durante semanas al virus que ha paralizado a la sociedad desde hace casi tres meses. “He superado el coronavirus, o eso creo”, comienza en un vídeo donde comparte su testimonio a través del canal oficial de YouTube de la Diócesis de Salamanca

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La página web de la Diócesis de Salamanca cuenta la experiencia de Marisa Beltrán con el Covid-19. “Tengo una cierta edad, y asma crónica, por lo tanto, era una candidata firme a cogerlo y a que las cosas no salieran demasiado bien”, admite emocionada. Marisa Beltrán empezó con fiebre, en casa, y con estos síntomas lo primero fue llamar al centro de salud, “donde me dijeron que tomara paracetamol”, pero la fiebre seguía, “y después de unos días, empecé a respirar mal, y entonces, me fui a Urgencias”.

Una vez allí la diagnosticaron una neumonía bilateral, “y me dijeron que era positivo de la covid-19, y me dejaron ingresada”.  Esta laica confía en que gracias a Dios puede decir que en ningún momento ha estado grave, “y como estoy ciertamente acostumbrada a episodios asmáticos, verme un poco sin respirar no me asusta demasiado”, admite.

Diez días en el Hospital

Pero también reconoce que lo he pasado mal, “y me da verg¨enza decirlo porque realmente a mí sólo me ha costado un mes y 10 días en el hospital, sé que hay gente que lleva mucho más tiempo, que incluso está en la UCI, pelea por su vida, y también que la pierde”. Sin embargo, Marisa cuando cierra los ojos, “todavía veo la habitación del hospital, la pared blanca enfrente de la cama, las taquillas marrones con la letra impresa, la C, donde solo había guardada la ropa que había llevado puesta”. También ve la ventana de la que fue su habitación, “pequeña, a mi izquierda, lejos, donde solo se veían otras ventanas, por la que de vez en cuando se colaba un rayito de sol”.

Y recuerdo rostros  anónimos, “imposibles de identificar con las gafas, las mascarillas, los guantes, agobiados. Y veo manos enguantadas, que me sacan sangre, me ponen el termómetro, me limpian,… y oigo porrazos en la puerta de la gente que ha entrado a ayudarnos, y que para salir necesitan que les abran desde el pasillo”. Marisa también recuerda haber sentido angustia, “mucha angustia, por no saber, no sé cómo está mi marido, con el que he convivido estrechamente hasta el día que me ingresaron, no sé si está contagiado, puede estar en la habitación de al lado y no lo sé, nadie me cuenta nada, siento también las náuseas cada vez que me traen la comida, no pude probarla, ni una sola vez”.

En su mente tiene los recuerdos de ese ingreso, muy presentes. “Siento el tirón del tubo de oxígeno que no me deja dar dos pasos, solo me puedo mover en tres baldosas para adelante y para detrás. De la cama al sillón y del sillón a la cama, no tengo nada que hacer, solo mirar la pared”.



Convivir con la soledad

Ella también habla en su testimonio de la soledad, “la profunda soledad, el lento transcurrir de las horas, que pasan, por la pequeña ventana se ve cómo oscurece, pero los días no pasan, y estoy sola”. E insiste que de verdad siente vergüenza al decir que lo ha pasado mal, “pero cada uno tenemos una manera de sentir las cosas, y cada uno vivimos lo que nos toca de una manera diferente”. Marisa ahora está bien, “en casa mejor, recuperada, hago ejercicios respiratorios, paseo y puedo decir que lo he superado”, aunque le han dicho que no está libre de volverlo a coger, “no me han hecho prueba de anticuerpos, por lo tanto no lo sé”. Y confiesa que tiene un poco de miedo, “pero hay que vivir, hay que tomar esto con optimismo, seguir adelante, ahondar esta nueva normalidad que tenemos”.

Prudencia y responsabilidad

Por último, una vez vivido el proceso del coronavirus, Marisa Beltrán pide a la gente que se lo tomen en serio, “sobre todo para los que salen a la calle sin mascarilla, sin tomar precauciones, pensando que son bobadas, que a ellos no les va a tocar, que tengan cuidado, que a lo mejor es cierto que a ellos no les toca, pero  si llevan el virus a su casa, puede que contagien a los que tiene alrededor, a los seres que más aman, e incluso, que se estén jugando su vida“.

Ella pide responsabilidad, “no es agradable ni cómodo llevar la mascarilla, ni guardar una distancia, somos seres sociables, nos gusta abrazarnos, besarnos, pero esperemos que esto pase, y mientras tanto, por el bien de cada uno, el de todos, seamos prudentes”, termina.

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