La escarpada frontera entre la guerra y el ‘cole’

Tras recalar en un campo de refugiados en Rumanía y vagar por varias estaciones de tren alemanas, una familia ucraniana de seis miembros logró llegar hasta Salamanca, y escolarizar a los más pequeños, gracias a una ola de solidaridad ciudadana

Javier A. Muñiz / ICAL

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Niños ucranianos | ICAL
Niños ucranianos | ICAL

Apenas tres días de invasión bastaron a la familia de Dasha, una joven estudiante ucraniana de 18 años, para tomar la decisión más dura de sus vidas. Empaquetarían las cosas y huirían de su país. Sin mirar atrás y sin más celo que su supervivencia y, especialmente, la de los dos más pequeños de la casa: Nazar, de 16 años, y Mark, de tan solo 12. Súbitamente, informaciones confusas comenzaron a alertar sobre la inminencia de bombardeos por parte de las tropas rusas sobre su propia ciudad, Jmelnitsky, ubicada en la parte occidental de Ucrania, y cuya importancia estratégica es clave por su central nuclear, construida tras el desastre de Chernobyl, y que abastece de energía a todo el país. No hubo tiempo para nada.

Ni si quiera para que su madre, Galya, se llevara consigo las gafas de ver. “Simplemente nos marchamos”, comenta la joven estudiante a Ical en un inglés fluido que aprendió gracias a una estancia becada por un año en Los Ángeles. No en vano, Dasha, quien cursa primero de Ingeniería Informática, es de las alumnas más brillantes de toda su región. Así, prácticamente con lo puesto, huyeron pasando antes por el pueblo para recoger a su prima Inna y al hijo de ésta, el pequeño Volodar, de solo diez años. Llevaban allí apenas unas horas, conducidos por la convicción de que las zonas rurales serían más seguras que las áreas urbanas. “Justo entonces, recibimos la noticia de que ya había sonado la primera alarma aérea en Jmelnitsky y comprendimos que habíamos tomado la mejor decisión”, rememora.

Emprendieron camino entonces hacia la frontera con Rumanía. No recuerda el tiempo exacto que les tomó llegar, pero sí que tardaron unas 12 horas en recorrer apenas 45 kilómetros. Es el tráfico que uno se encuentra cuando huye de la guerra. Tras aproximadamente un día en el coche, lograron acercarse a las inmediaciones del paso fronterizo y se toparon de golpe con una fila de ocho kilómetros de coches. Así que cogieron las maletas y las provisiones, y abandonaron el vehículo para marchar a pie. Al llegar a la frontera, el drama. Las autoridades impidieron a su padre, taxista de profesión, abandonar el país por tener entre 18 y 60 años. La edad para combatir. Para colmo, una diferencia los pasaportes también les separó de su prima y del pequeño Volodar, y la incertidumbre dejó pasar al miedo.

Con todo, pudieron reunirse en el campo de refugiados, ya en territorio rumano. Allí, la desinformación sobre los documentos que debían o no firmar volvió a generar "mucho estrés" en el seno de la familia. Se trataba de los papeles que necesitaban para no quedar atrapados en aquel espacio, y regresar, si lo deseaban, a Ucrania o partir hacia otro país, como finalmente hicieron. Cuenta Dasha que, por entonces un hombre bielorruso "muy simpático", a quien no conocía pero que la contactó, les proporcionó ayuda para llegar hasta a Bucarest, a unos 400 kilómetros de la frontera. Una vez en la capital rumana, debieron separarse en dos viviendas y se involucraron en la burocracia con su embajada para regularizar todos los pasaportes. El Gobierno de Zelenski había permitido a los refugiados la extensión por cinco años de esta documentación, aunque solo Dasha logó tramitarlo.

A pesar de no haberlo conseguido todos, gracias a unos amigos pudieron enrolarse en un vuelo especial a Alemania que trasladaba a un doctor para tratar a niños enfermos. “Al final, todo es por contactos”, reconoce con resignación. De nuevo, en territorio teutón pudieron contar con la ayuda de voluntarios alemanes que les proporcionaron lo necesario para ser acogidos por dos familias. Sus esfuerzos desde entonces se centraron en conseguir validar los pasaportes biométricos de todos ellos que les permitieran volver a tomar un vuelo. Esta vez sería a España. Querían llegar a Salamanca, donde sabían que aguardaba su esperanza más duradera. Con nombres y apellidos, La promesa de una vida mejor. Muy lejos de casa, sin su padre ni sus cuatro abuelos, pero lejos también de la violencia indiscriminada.

Tenemos que hacer algo

“Nada más estallar la guerra, mi hermano llegó a casa y me contó que llevaba ocho o nueve años haciendo intercambios de inglés con una mujer ucraniana por internet”. Así comienza el relato solidario de la profesora Mariam Fernández y su familia. Al parecer, aquella mujer, cuyo país acababa de saltar literalmente por los aires, hablaba a menudo de su hija de 18 años, y de su brillante futuro en el campo de la Informática. “Llámale y dile que si quiere que venga a vivir conmigo, yo le pago la carrera”, contestó la docente sin atisbo de zozobra. Así que contactaron por videollamada con el campo de refugiados en Rumanía y el impulso del corazón volvió a hacer de las suyas. “Sentimos que no era suficiente”, explica.

Resultaba que Dasha tenía dos hermanos pequeños, así que convinieron el asunto con su marido y ‘voilá’: cada vez más corazones salmantinos involucrados con la justa causa del asilo internacional. “Pensamos que había que traerlos a todos y así se lo dijimos a la madre”, recuerda a Ical. “¿Me too? ¿Me too?”, repetía ella. Galya se había sorprendido por la prometedora oportunidad que le brindaba aquella familia también a ella. Podría viajar con todos sus hijos a un país seguro. Pero no era todo. Al día siguiente, otra difícil llamada sirvió para revelar que, en efecto, con ellos viajaban Inna y Volodar. “Que se vengan también”. Decididos a traer a los seis a España, Mariam y su familia comenzaron a tejer un red entre sus amistades que se volcó sin dudar. Enseguida encontraron casas para todos. Su hermano, incluso, estaba ya dispuesto a volar a Alemania para traerlos por carretera en un furgón alquilado, cuando por fin la compañía Lufthansa les dio luz verde para volar sin el pasaporte biométrico.

Los billetes, por cuenta de Salamanca. Fluyeron los ‘bizums’ entre su círculo de amistades y lograron reunir dinero suficiente, no solo para costear el viaje, sino para que aún tengan algo de “dinero de bolsillo” para subsistir. “La verdad es que la gente de nuestro entorno se ha volcado”, insiste la profesora, quien destaca que han logrado generar “una red protectora" con "personas que les quieren y les acompañan” que, desde su punto de vista, "es lo más importante". Finalmente, fue Cáritas Diocesana quien les ofreció una solución habitacional para residir todos juntos en Salamanca y la solidaridad de la sociedad salmantina lleva haciendo el resto desde su llegada a la ciudad en la noche del sábado 12 marzo.  

Como Isa y Jesús, un matrimonio jubilado que se dedica a llevarles cada mañana de acá para allá a hacer los trámites necesarios para su estancia. Incluida, por supuesto, la solicitud de Protección Internacional, cuya resolución siguen esperando. O los amigos de Mariam que organizaron campañas para que estudien con tabletas electrónicas, incluso cocinando y vendiendo galletas caseras. Alguien les bordó unas toallas para que, tras vivir el horror, pudieran ahondar en el reconfortante sentimiento de haber llegado por fin a un lugar donde son bienvenidos. Sin olvidar, claro, que había que reponer las gafas de Galya. Así, acuden a hacer deporte gratis al María Auxiliadora y asisten al Centro Juvenil del colegio Salesianos San José, donde los más pequeños están matriculados. “Se han integrado bien porque no les hemos dejado en la casa. Nos hemos movido para que puedan hacer una vida como la que podrían hacer mis hijos”, comenta la docente, quien también da clases en el centro.

Sus hijos, por cierto, también comparten tiempo con los recién llegados a pesar de la barrera idiomática y de que son todavía más pequeños. Mario tiene una “conexión especial” con Volodar; y Ana, con Nazar, que corre a buscarles para posar juntos. Las evidentes muestras de cariño al verse en el patio revelan la intensidad de los lazos que, de modo natural, han brotado entre ellos. Vienen de una guerra, sí, pero son niños. Por eso el conflicto es un tema delicado que procuran no tocar demasiado para no herir sensibilidades. “El otro día estábamos con Galya esperando a los niños en un bar que tenía puestas las noticias en el televisor. Percibí que ella se puso muy triste y pedí el favor de que las quitaran”, ejemplifica Mariam.

Integración ejemplar

El plano emocional alberga heridas profundas. Resultó revelador cómo, según cuentan, Inna se derrumbó al llegar a la nueva casa y rompió a llorar durante largo rato. Había estado entera como nadie durante toda la odisea, pero la perspectiva de un horizonte seguro le permitió relajar esa férrea coraza que se había visto obligada a forjar. El poder del instinto de supervivencia es insospechado, especialmente cuando huyes de bombas con niños. Como ese extraño sentimiento de pequeña traición que confiesa Galya en su intimidad con Mariam tras verse forzada a dejar atrás a su marido, quien, por supuesto, lo tuvo muy claro. Ahora, tratan de comunicarse con él cada día, aunque no siempre es posible por las dificultades de conexión. Por fortuna, de momento no ha tenido que entrar en combate y, actualmente, convive con otras dos familias a quienes presta techo tras haberse visto en la calle. 

Las dos mujeres adultas aprenden español para poder ingresar más temprano que tarde en el mercado laboral. “Hay opciones, pero no son como las que ellas podían tener en Ucrania”, reconoce Mariam. Dalya es osteópata e Inna regentaba un centro de estética. Dasha continúa a distancia con sus estudios de Informática en la Universidad Nacional de Jmelnitsky, que sigue abierta y ofreciendo lecciones por vía telemática. El objetivo es que, una vez domine el castellano, pueda matricularse en la Usal para seguir labrando su prometedor futuro. Mientras, el colegio Salesianos, en el corazón de Pizarrales, es el epicentro de esta historia y la otra 'nueva casa' de los más pequeños. Allí acuden cada mañana, de momento, con dos claros objetivos: avanzar con el idioma y socializar.

Así lo explica el profesor de Secundaria Mateo González, quien reconoce que la pandemia les obligó a avanzar en algunos protocolos que ahora son de utilidad a la hora de compartimentar contenidos y contar con cierta versatilidad a la hora de impartirlos. Además, recuerda que ya integraron con éxitos a otros alumnos extranjeros de procedencia rumana o paquistaní. Están preparados. “Los niños han sido repartidos únicamente en función de su edad, no por sus intereses ni su historial académico. Por ahora, se dedican, sobre todo, a estudiar español aunque sí participan en asignaturas de índole más práctica, como Educación Física y Tecnología”, resume el docente. De hecho, su escaleta lectiva comienza directamente a media mañana con el recreo. “Ahora mismo, lo más importante es que socialicen con el resto”, certifica.

Y es que la acogida por parte de sus compañeros está siendo impoluta. Basta comprobar cómo arropan al adolescente Nazar en su aula o cómo corretean junto a Mark y Volodar por el patio, sin importar quiénes son ni de dónde vienen. O, más bien, todo lo contrario. Todos en el ‘cole’ están al tanto de la tragedia y, ahora, la sienten un poco más suya. De hecho, los alumnos de Mariam en FP Básica, más mayores, estuvieron al hilo de los acontecimientos durante todo el viaje. Estos profesores, muy conscientes de que no todo lo que se debe aprender está en los libros, saben otorgar el valor preciso al enriquecimiento mutuo que les proporciona esta experiencia.

Del otro lado, el sentimiento de agradecimiento es infinito. Mariam repite lo mucho que le gusta a Galya el carácter de la gente local, y más procediendo de un lugar donde su idiosincrasia les inclina a mostrarse distantes. Es algo cultural. Cuenta entre sonrisas que Dasha llegó a preguntar con cierta preocupación si la avalancha de cariño sería solo al principio, “por la novedad”, o si realmente los españoles son así. La joven, que cruza las manos sobre el pecho y respira bien profundo al explicar la inmensa sensación de alivio que experimentó al verse por fin en Salamanca, solo tiene "gracias" para repartir. “Estamos todo lo felices que podemos estar. Es increíble ver la cantidad de gente que nos ayuda. Simplemente, está siendo todo más fácil”. Objetivo cumplido.

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