Saturnino Charro, el gran empresario olvidado que transformó el corazón de Salamanca
Francisco J. Barragués Tapia ha reconstruido su trayectoria vital y profesional en una obra que le ha valido el Premio Villar y Macías 2025
Conocer la figura de Saturnino Charro Álvarez es aproximarse a los cambios que experimentó Salamanca a lo largo del siglo XIX. Pese a ser uno de los empresarios más notables de su tiempo junto a Juan Casimiro Mirat o Anselmo Pérez Moneo, apenas se menciona su nombre en la historiografía local. Francisco J. Barragués Tapia ha querido revertir la situación y reconstruir la trayectoria vital y profesional del que fuera curtidor, comerciante y propietario en la capital del Tormes. Labor que ha sido recompendada con el Premio Villar y Macías 2025.
El salmantino desarrolló su dinamismo comercial y empresarial por dos vías. Su padre, Pedro Charro, era 'curtero' de profesión, y su madre, Ana María Álvarez, había frecuentado una pequeña tienda en la plaza del Peso. "Fue sin duda la persona más influyente en su hijo. Siempre lo mantuvo involucrado en las actividades empresariales", recoge la obra 'Saturnino Charro Álvarez (1818-1902). Comercio, industria y vida pública en la Salamanca del siglo XIX'.
Influencia de sus padres
Pedro Charro "supo aprovechar las oportunidades que surgían en un contexto de inestabilidad política, agravada por los conflictos que a finales del siglo XVIII y principios del XIX golpearon con dureza a Salamanca" e invirtió en la compra de tierras e inmuebles que destinaba a diversos usos fabriles. Entre ellos, la casa número 18 de la plaza del Pozo del Campo. También contaba con un par de fábricas en la Ribera del Tormes dedicadas al curtido tradicional. La de mayor dimensión albergaba la vivienda familiar.
El patriarca murió el 11 de diciembre de 1830 a la edad de 63 años. Su viuda, Ana María Álvarez, "tomó el mando de las fábricas y a sus 43 años demostró una asombrosa determinación para los negocios". Creó diversas compañías y sociedades mercantiles. La primera se estableció en 1935. Un año después, "ya tenía acordado ceder las factorías a sus hijos Saturnino y Fidel".
A los 22 años, Saturnino ya era un empresario "querido y respetado" en la ciudad. Había logrado adjudicarse el convento de los Capuchinos "no sin dificultades" durante la desamortización de Mendizábal. Vendió parte del mismo y siguió acumulando tierras, fincas y propiedades, como la fábrica parroquia de Santa María de Alba, ubicada entre Valdemierque y Martinamor, y los terrenos de la zona de Los Montalvos.
La isla de la Panadería y 'La Salmantina'
Otra de sus propiedades adquiridas fue la casa-tienda de la isla de la Panadería -entre las calles San Justo y San Pablo- que había pertenecido a su abuelo materno don Francisco Álvarez. Saturnino y su mujer, Magdalena, la convirtieron en su vivienda habitual en 1943. "Fue el núcleo de la famlia en los primeros años. Entre sus paredes se gestaron los proyectos, se consolidaron unos negocios y cimentaron otros", mantiene Barragués Tapia en su premiada obra.
La tienda, denominada comunmente de quincalla, estaba situada en la parte baja del edificio y ofreció una gran variedad de productos: de artículos para ganadería y de ferretería a herramientas, pasando por papel, cubiertos, piezas de curtido, tejidos, munición, semillas e incluso "escocia" (bacalao) de buena calidad. Algunos de ellos eran transportados a Salamanca gracias a la Compañía de Saturnino y Morán, que realizaba viajes mensuales hacia Valladolid y Burgos. El comerciante intentó afianzarse en el negocio del transporte y en 1868 creó la compañía de diligencias 'La Salmantina'.
Paralelamente, continuó en la producción de curtidos e incluso amplió sus horizontes empresariales al crear una fábrica de calzado. También asumió el compromiso de abastecer durante un año a los establicimientos de Beneficiencia, las Casas de Expósitos y el Hospital de Dementes "con toda la suela y baquetilla que necesitaran".
Proyecto en la Plaza Mayor y la fábrica en Vistahermosa
"Desde el inicio de la década de 1870, Saturnino comenzó a sentir una creciente presión y la necesidad de ampliar tanto sus negocios como su espacio vital y el de su familia". Adquirió cuatro casas: una en plena Plaza Mayor que se conocía como el Mesón de la Solana (actual cafetería Las Torres), otra en la calle Zamora y las dos restantes en la calle Concejo. "Con estas compras daba el primer paso en un ambicioso proyecto inmobiliario: la demolición de todas las edificaciones para levantar sobre el solar un conjunto de inmuebles con tiendas, almacenes, oficinas, bodega y vivienda".
Saturnino adquirió aún más inmuebles para el proyecto, que no estaba exento de polémica. Dos concejales del Ayuntamiento presentaron una denuncia, "señalando que la edificación de Charro se elevaba por encima de los tejados, rompiendo la estética y el equilibrio de la Plaza Mayor". No fue la única. "El ambiente, lleno de preocupaciones y obstáculos inesperados, empezaba a hacer mella en el avance de la obra". Uno de los informes contrarios a los intereses del comerciante señalaba que en el siglo y medio de historia del ágora salmantina "ni un solo propietario se ha atrevido a alterar las líneas de su arquitectura y lo que no sucedió en tan largo espacio de tiempo, se ha de tolerar hoy que lo realice el egoísmo individual". El aludido, por su parte, se presentaba como un benefactor de la comunidad y alegaba que sus construcciones no solo cumplían un propósito comercial, "sino que ofrecen un servicio notorio al pueblo".
En 1873, el comerciante salmantino alquiló la bodega, la tienda, el almacén, el primer patio que lindaba con la casa de María Villar y un piso en el ágora a la sociedad mercantil Junquera Buxaderas y Compañía, dedicada principalmente a la venta de todo tipo de tejidos nacionales y de importación, así como de objetos de bisutería, perfumería y quincalla. "Saturnino iniciaba la explotación de su inversión inmobiliaria" y acabó arrendando buena parte de sus instalaciones en la Plaza Mayor.
Su siguiente objetivo fue la Fábrica de Curtidos de Vistahermosa. "Adquirió una alameda en Tejares. Esta adquisición reforzaba su presencia en la zona, ampliando sus propiedades vinculadas a la explotación agrícola, y complementaba sus compras anteriores en la misma área, donde ya había adquirido varias yugadas de tierra". El nuevo negocio se erigió en aproximadamente cuatro años y contaba con "innovaciones tecnológicas en la producción de correas de transmisión, esenciales para la maquinaria industrial".
La vida de Saturnino transcurrió entre la residencia de la calle Concejo que sustituyó a la de la Isla de la Panadería y su hacienda en Vistahermosa, "a la que acudía más como un espacio de recreo con sus palomas que como director de la fábrica". Murió el 26 de enero de 1902, pero su figura continuó siendo recordada en la vida pública de Salamanca. "Durante el acto de inauguración del edificio de la Cámara Oficial de Comercio e Industria su nombre fue evocado" por saber "estimular las energías industriales y productoras" de la ciudad.
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