La Semana Santa desde el punto de vista joven: ¿Tradición y cultura?

Las discrepancias en torno a las vacaciones 'religiosas' en un Estado laico y las procesiones son palpables en la sociedad. Los alumnos de Sociología Íker Uriarte y Miguel Núñez preguntan por ello en un nuevo reportaje

 Procesión de la soledad (57)
Procesión de la soledad (57)

Con las vacaciones de Semana Santa a la vuelta de la esquina aparece un debate sempiterno entre tradición y modernidad. Por un lado está el tema de las procesiones, mientras unos las defienden como una manifestación cultural de valor y son sagradas para aquellos que participan con entrega en ellas; otros tienden a verlas como una tradición casposa que debería ser retirada en pos de la modernización de la sociedad, que eso no podría ser cultura (o al menos no una cultura de la que sentirse orgulloso). Por otro lado tenemos el asunto simbólico de que unas vacaciones, que por calendario laboral tendrían que existir si o si, sigan ligadas a la religión y no sean unas fiestas laicas declaradas y reconocidas por el Estado.

Para ello hemos salido a la calle a preguntar la opinión a la gente a cerca de estos dos temas. De un lado sobre las procesiones y por otro de que las vacaciones de “primavera” sean las de “Semana Santa”

Era una tarde de primavera calurosa en el campus Miguel de Unamuno, oleadas de jóvenes pasan por el campus, unos se dirigen a clase otros salen de las aulas hacía su casa. Una chica se encontraba en uno de los bancos próximos a la biblioteca Francisco Vitoria, le preguntamos si accedía a una entrevista. Accedió.

La chica se encontraba en cuarto curso de sociología. Cuando le preguntamos sobre las procesiones nos dice que “nunca ha ido” para acto seguido precisar y decir “bueno sí, de pequeña”. Esta primera respuesta acompañada del matiz nos indica que aunque realmente haya asistido nunca le ha dado importancia; de hecho nos sigue diciendo: “ no me considero religiosa, además mi círculo no le daba importancia a las procesiones, entonces yo me he criado sin darle importancia”. Aquí el entrevistado nos está dando la propia razón de la falta de interés por las procesiones y que no es el ser religioso, pues el ser o no ser religioso estaría relacionado con la misma cuestión: se ha criado en entornos donde no se le han dado importancia a las procesiones. Por otro lado llama la atención, por omisión, que no ha hecho alusión a ninguna condena moral sobre las procesiones, aunque no le interesen parece verlo como un asunto que concierne a cada uno el decidir si participar o no, el emocionarse o no.

Posteriormente cuando le preguntamos a cerca de que las vacaciones de “primavera” sigan ligadas a la religión nos responde: “no me parece bien”, aunque lo matiza en la línea de la indiferencia mostrada anteriormente por las procesiones: “aunque ya me he acostumbrado, me parecería raro el cambio debido a la costumbre”. Por lo que parece no le da una gran importancia a este asunto, debido de un lado a que ha vivido con ello toda la vida y, de otro lado que para ella estas vacaciones para nada tienen una connotación religiosa (al menos tal como lo siente y lo vive ella). Aunque finalmente si expresa su preferencia, que es que las vacaciones de Semana Santa sean reconocidas, aunque sea solo por lo simbólico, como laicas. De este modo nos dice: “si cambiarán a la larga me haría a ello y me parecería mejor”.

En el mismo campus Miguel de Unamuno esa misma tarde nos encontramos a un chico disfrutando del sol sentado en el césped, le preguntamos si accedía a una entrevista. Accedió.

El chico se encontraba matriculado en la universidad de Salamanca y su denominación religiosa es evangelista. Cuando le preguntamos a cerca de su opinión sobre las procesiones nos dice lo siguiente: “ que le parecen una manifestación arcaica de tiempos pasados”. De este modo, en su opinión, el sentir religioso debería también “modernizarse”; de hecho nos lo dice explícitamente: “no se corresponden con el sentir religioso de la mayoría de la población de hoy”. Por otro lado la visión que tiene de ellas es una visión negativa, pues nos dice: “que son una lacra de fanatismo y formas religiosas que no tienen base bíblica y son fruto de intereses particulares”. Por lo que parece, según su concepción de lo sagrado, la devoción por los objetos sagrados y la responsabilidad de un creyente es un asunto diario para el que no se necesitarían fechas especiales que hagan apología de dicho sentimiento.

Más tarde tocó sacar el tema de la opinión que le merecía que las vacaciones de “primavera” sean ligadas a la iglesia católica. Nos dice en primer lugar: “ que es un tema que recientemente ha reflexionado sobre él”. Esto nos llama la atención porque al otro sujeto que entrevistamos no parecía haber reflexionado ni pensado mucho acerca de ello. Esto se debe a que uno es religioso y el otro no, por tanto es de esperar que este tema no le provoque tanta indiferencia. De este modo nos dice que “tiene una sencilla explicación”. Esta explicación, según él, tiene que ver con ” un acuerdo de España con el vaticano en 1978 que sustituye las fiestas de carácter folclórico y cultural por las de santos y vírgenes y eventos católico romanos” y que esto sería “la evidencia de una injusticia de un estado que se supone aconfesional y que, sin embargo, apoya a la poderosa Iglesia Católica en detrimento de la pluralidad de las distintas manifestaciones religiosas existentes en el país”. Por lo que parece no le da importancia a la definición de fiestas “santas”, aunque sea algo que no le gusta porque “santos” en cierto sentido deberían ser todos los días. Lo que parece molestarle en mayor grado es que sea la iglesia católica es la que se lleva la mayor parte del pastel en detrimento de otras manifestaciones religiosas (que ya de por sí, en su opinión, ya partiría en una posición ventajosa). Su razonamiento vendría a ser algo así como: si es un Estado aconfesional no debería haber ventajas para ninguna religión, pero en caso de que el Estado apoyase la religión debería apoyar no solo a la “poderosa “Iglesia católica”.

Como conclusión destacar que las personas no religiosas parecen presentar cierta indiferencia hacía la denominación de las “vacaciones de primavera”, aunque en su opinión le parecería más justo y mejor la secularización de estas vacaciones. En cambio aquella persona religiosa, en nuestro caso un evangelista, si parece darle importancia y haber pensado sobre ello largo y tendido, aunque sea para criticarlo. De hecho lo curioso es que es más crítico con las procesiones la persona que es religiosa, aunque esta opinión sería normal debido a su denominación debido a que parten, en ciertas aspectos que no cabe explorar aquí, de doctrinas distintas 

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